zzzznacg2NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, MARZO 24: Personal policial realiza el control de tránsito en las inmediaciones de Plaza de Mayo, para controlar el cumplimiento de la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la propagación del coronavirus. FOTO NA: MARCELO CAPECEzzzz
zzzznacg2NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, MARZO 24: Personal policial realiza el control de tránsito en las inmediaciones de Plaza de Mayo, para controlar el cumplimiento de la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la propagación del coronavirus. FOTO NA: MARCELO CAPECEzzzz

La rapidez en la toma de decisiones del presidente Alberto Fernández llamando a la cuarentena obligatoria ha sido percibida positivamente por la gran mayoría de nuestra sociedad, la que entiende que el acatamiento a la medida acrecentará su posibilidad de evitar el virus y finalmente su supervivencia.

Estas medidas han sido implementadas con todo el rigor de la ley vigente y están siendo enforzadas también de manera correcta por el Ministerio de Seguridad y las fuerzas dependientes.

Ello, independientemente del resultado puntual de la coyuntura, debe hacernos reflexionar para el día después. Las pandemias pasan, las curas y las vacunas llegan.

Y el día después hará que las viejas “epidemias” vuelvan a estar presentes. Entre ellas la del crimen, que a números benignos produce cerca de 3.000 muertes de víctimas al año. Sin contar las otras 10.000 muertes ocasionadas por delitos viales.

El coraje demostrado por el Presidente en la pandemia y la aceptación social al orden enforzado por las fuerzas de Seguridad ameritarán que el mismo empeño mute a, por ejemplo, la búsqueda activa de criminales con órdenes de captura, la vigilancia estricta del espacio público, el control efectivo del tránsito tanto en ciudades como en rutas y autopistas, el seguimiento cuasi personalizado de quienes ejercen violencia de género y de quienes son liberados prematuramente, especialmente los delincuentes sexuales. Y varios etcétera.

Nuestra libertad y movimientos ya estaban restringidos desde hace un tiempo, cuando salimos o vamos a llegar a casa, cuando salen nuestros hijos. Miedo a dejar la casa sola, sin rejas o alarmas.

Miedo a la muerte vial, por la cantidad de conductores ebrios o drogados que circulan sin que exista una policía vial activa que los controle.

¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esta infra-vida? No hace tanto, dos o tres décadas, coincidentes con el desembarco masivo de la droga, como dijimos, principal productora de criminalidad violenta. Antes de ello, los pocos delincuentes que había no estaban en la calle victimizándonos, estaban mayoritariamente en prisión.

Vivimos en Argentina en una sociedad con más crimen violento per cápita que el de Estados Unidos pero con un nivel de presos de Australia (país con un tercio de nuestra criminalidad). Así, consecuentemente, codeándonos día a día con miles de prófugos de la justicia que nadie busca, con otros miles de delincuentes excarcelados por cualquier razón, a los que nadie controla, y con nuevos criminales creados día a día por el narco-uso y el imperio de la impunidad.

Hoy aprendimos lecciones buenas y malas de los países afectados por el coronavirus. Hagamos lo mismo con el crimen.

Podemos pretender, sin espantarnos, por ejemplo, imitar a Estados Unidos. Los planes de seguridad comunitaria basados en información y predictibilidad, conocidos aquí como de "tolerancia cero" con el delito, cumplen más de un cuarto de siglo de vigencia. Su éxito es palpable, por ejemplo, hoy Nueva York tiene el 10% del delito violento de principios de los 90.

O a Cuba, según la preferencia ideológica de cada uno, pero que sea un modelo de orden, con premios y castigos, para que la calle vuelva a ser de todos.

No perdamos la oportunidad que la crisis del coronavirus nos muestra. La sociedad en su mayoría se está dando cuenta que el orden, aún impuesto férrea, unilateral y constitucionalmente por la autoridad, trae beneficios para el conjunto social.

El autor es abogado, doctor en Ciencias Penales y ex fiscal