En cuestión de semanas, la pandemia confinó a mil millones de personas a quedarse a sus hogares sin más recursos que el celular y la red de wi-fi para “conectarse” con los afectos, el trabajo, las noticias y el resto de la sociedad.

Esta nueva dependencia digital, puso en evidencia la fragilidad regulatoria y ética de internet donde resuena con fuerza la pregunta esbozada por Thomas Friedman, ¿hay dios en el ciberespacio?

Thomas Friedman, es columnista del New York Times, ganador de tres premios Pulitzer y autor, entre otros títulos, de Gracias por llegar tarde, donde dedica un capítulo entero a los dilemas éticos del ciberespacio.

Conversé con él en la oficina del New York Times en Washington sobre este tema y me comentó que, los avances tecnológicos dotan a las personas de poderes casi divinos. Nunca en la historia de la humanidad, habíamos tenido la posibilidad técnica de llegar a 2.400 millones de usuarios. Hoy, sí.

Sin embargo, en tiempos de cuarentena donde internet se convierte en el único canal de comunicación con el “mundo exterior”, esta posibilidad puede ser muy riesgosa porque expone a la población a campañas de desinformación, ciberataques, mal uso de datos personales y acciones de manipulación.

Mientras, las regulaciones brillan por su ausencia, las gigantes tecnológicas siguen esquivando la responsabilidad sobre los contenidos que circulan a través de sus plataformas.

La única excepción, parece ser Twitter. Jack Dorsey, su CEO, anunció que Twitter no permitirá anuncios de políticos porque “el alcance de un mensaje político debería ser algo que se gana, y no que se compra”. Y ahora, en medio de la pandemia, se comprometió públicamente a frenar la propagación de información que vaya “directamente en contra de lo instruido por fuentes autorizadas de información de salud pública global y local” y por eso, borró un tuit del Nicolas Maduro, Presidente de Venezuela, en el que daba un supuesto antídoto contra el covid-19.

Este tipo de decisiones corporativas parecen ser un primer paso hacia lo que Thomas Fridman llama “el surgimiento de una nueva innovación moral basada en valores sustentables, construidos y consolidados a través de la colaboración”.

Pero si bien los esfuerzos corporativos son esenciales, no son suficientes. Son fundamentales también, legislaciones nacionales y acuerdos de cooperación entre países para regular el ciberespacio.

Este círculo virtuoso se completa con la responsabilidad individual. Como dice Friedman, son las personas las que, a partir de sus propios sistemas de valores y creencias, impregnan el carácter ético de la red y definen las buenas prácticas del ciberespacio. Es que la inteligencia colectiva es muy superior a la individual y permite abarcar la complejidad que generan los cambios en permanente aceleración.

La participación y colaboración activa de personas y grupos impulsan las decisiones políticas y corporativas para regular la actividad en la red de una manera justa, equilibrada, sin poner en jaque la libertad de expresión, preservando la democracia y la veracidad de la información.

Sobre el final de nuestra charla, le pregunté a Friedman qué era lo que más le preocupaba sobre el futuro: “Temo el surgimiento de hombres y mujeres súper empoderados e interdependientes, pero sin los valores éticos para gestionar tal poder. Le temo también a una tecnología que avanza muy rápido sobre nuestras vidas, nuestra privacidad y nuestro ADN, frente a una legislación que avanza muy lentamente. En síntesis, temo a que, en el futuro, tengamos un ciberespacio sin dios.”

Les confieso que esa también es mi preocupación.