Las calles de la ciudad de Buenos Aires, vacías (Thomas Khazki)
Las calles de la ciudad de Buenos Aires, vacías (Thomas Khazki)

La codicia enfrenta su sinsentido frente a la muerte. Ese materialismo que no asume su absurdo cuando las vidas parecen eternas queda al desnudo si la naturaleza lo confronta con la imbecilidad de su omnipotencia.

Los optimistas imaginaban la globalización como una autopista para el comercio universal. Hubo tiempos de dudas. Obama transitaba un mundo menos conflictivo; Trump vino a imponer la defensa de su economía, una política que convocaba a enfrentar el vaciamiento de los Estados por las grandes empresas. Muy simple: Trump recupera la idea de nación frente a los inversores que solo piensan en sus negocios y China es la competencia. La política debe instalar al Estado por sobre la codicia de los privados. El mundo chocó contra el idilio del libre mercado y la globalización aportó un virus antes que el prometido enriquecimiento universal.

Ahora, el Estado termina recuperando su lugar y queda claro que lo esencial, como la salud, no puede ni debe estar en manos privadas, porque en situaciones difíciles, el único que las resuelve es el Estado. Sobran ejemplos de servicios privatizados que empeoraron; mejoraron sus ganancias, no los servicios. Los mercados son el Vaticano de los ateos, el templo de los codiciosos, el lugar donde la riqueza pierde apellido y se transforma en oscura, permite mezclar los negocios de la droga con los bancos y las coimas. El dinero anónimo es eso, la tecnología que se ocupa de la destrucción de los necesitados en tanto que la acumulación de riquezas genera admiración y respeto. Por suerte, Estados como Francia limitan la venta de las grandes empresas para no terminar en una situación colonial como la nuestra. El cuento del “inversor extranjero” es resultado de la decisión de extranjerizar aquello que era nuestro y llevarse las ganancias, que retornan con ese absurdo disfraz porque la muerte del patriotismo hace que seamos buenos para generar riquezas y no para acumularlas. La opción británica fue otra: hubo un Brexit para separarse de Europa y ser originales; otro para intentar seguir siendo distintos, chocando contra la realidad, que suele humillar los actos de soberbia.

La pandemia redefine el lugar del Estado y el valor de las instituciones. China demostró con creces que el capitalismo no necesita de la democracia ni mucho menos de esa falacia de libertad que desnuda el poder del dinero y la debilidad cada vez mayor de la misma democracia. Hay un nivel de concentración de la riqueza al que estamos arribando, donde el voto ya decide poco y nada y lo electoral no tiene poder para cuestionar la injusticia de la distribución.

En nuestro país, Perón había enviado al Congreso un proyecto que supimos llamar “la ley Liotta”, que dejaba la salud en manos del Estado. Recordemos que Domingo Liotta fue responsable del primer implante de un corazón artificial en los Estados Unidos. Antes, dos grandes ministros habían diseñado políticas de salud dignas de admiración, Ramón Carrillo y Arturo Oñativia, ambos cuestionados por los negociados privados. En aquel tiempo, el sindicalismo se opuso; mi generación soñaba con revoluciones mientras dejaba pasar las reformas profundas. Nuestro sistema de salud acompaña la injusticia y el desorden del resto de nuestras instituciones. Los negocios privados fueron más poderosos que las necesidades colectivas.

El virus nos puso en igualdad con los exitosos y los organizados, a nosotros que transitamos el fracaso en el desorden. Hoy nos duele la cantidad de personas necesitadas de su salario diario, de su esfuerzo cotidiano. Esa injusticia tiene 44 años. Antes hubo una sociedad, con peronistas, radicales, hasta golpistas que crecía e integraba ciudadanos. El golpe del 76, la dictadura, destruyó una sociedad con cinco por ciento de pobreza; hoy nos acercamos al cuarenta, con seis mil millones de dólares de deuda. Mejor ni comparar.

El virus nos enfrenta con la muerte, obliga a madurar a nuestros políticos -un hecho positivo-, a reflexionar a los ciudadanos, a intentar salir del odio y la denuncia para asumir la obligación de la propuesta. El mundo se ha encontrado con esa igualdad que le pone límites a su omnipotencia.

Ante la muerte, allegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos, decía el poeta. Esperemos que el dolor y el temor permitan sacarle aprendizaje a la experiencia.

En lo personal, el virus desnuda características que no imaginábamos, nos muestra en una faceta que solo el riesgo suele poner a la luz.