Existe en la filosofía moral la antinomia discutiendo si los valores son descubiertos o inventados, es decir, si se parecen más a la ciencia o al arte. En el primer caso, el valor norma la libertad como una esencia o presunción ontológica dada y que subyace en una conducta específica, diferencial y objetivamente humana. En el segundo, el valor es obra de la libertad expresada en su espontaneidad creativa.

Sin adentrarnos en escuelas y autores de estas filosofías antagónicas, claramente es posible observar que esta dicotomía se manifiesta en el presente, entre la exegética de la fe constitutiva de la religión, cuya desviación es el integrismo, y la hermenéutica de la secularización constitutiva de la utopía, cuya desviación es la ideología.

El problema radica cuando estas dos áreas de incumbencia se asimilan viciándose entre ellas, pudiendo la secularidad o las ideologías devenir en cuestión de fe o bien reducir el fenómeno religioso a una utopía.

Y esto es precisamente lo que hoy acontece, donde las utopías devenidas en ideologías toman el lugar de la fe, mientras que esta última compite con instrumentos de una ética secular autónoma que se agota en el individuo y su presunción de verdad. Esta homogeneización provocó una transvaluación, entendida como una regresión por ejemplo del otrora progreso resultante en la justicia en detrimento de la venganza, o el surgimiento del gobierno de las leyes superando la arbitrariedad del de los hombres. El denominador común en aquel progreso fue la concepción de una autoridad como tradición anterior a uno mismo y que limita al ser humano, pero en el presente, al no funcionar la justicia creando no sólo impunidad y caos, sino también el consecuente ajusticiamiento por mano propia, y donde la esfera gubernamental es reducida a un solo tipo de interés, la emancipación de toda autoridad fuera de sí mismo para su preservación y perpetuación, nos encontramos en la fuente del origen creativo de los valores, asimilándolos naturalmente a los intereses, diluyendo la esencial diferencia entre ellos. El primero como apreciación suprema que rige la conducta de los hombres, siempre demandando y nunca pospuesto sino por el contrario, respecto del cual todo es cancelado; fundamental para la convivencia pacífica en una sociedad. Mientras que el interés, es aquello por lo cual se acciona u omite sólo si se obtiene una utilidad o beneficio, siempre satisfaciendo.

Esta distorsión enajenante, reduciendo unidimensionalmente el valor al interés, la autoridad al poder, la realidad al relato y la religión a la secularidad, lleva a la ciudadanía a una escena primitiva disolviendo todo principio y orden jerárquico que conforma un marco de convivencia y respeto, promoviendo sólo lo instrumental coyuntural como único espacio de significación. Y en esta tergiversación se ha afectado hasta el propio lenguaje, dejando de ser el lugar subordinado a la experiencia que lo sustenta y para su articulación, pasando ahora a ser el reemplazo de la obra logrando un lugar de privilegio respecto de esta. Es precisamente éste el fenómeno al que se llama relato, la inversión de términos resultante en donde los hechos ya no son la ratio essendi del lenguaje, sino ahora su ratio cognoscendi.

Esto explica el por qué las disputas ya no son sobre contenidos concretos sino por la posibilidad práctica comunicativa. Explica también el actual albedrío esclavo del ciudadano, donde si bien éste no carece de elección, su capacidad de elegir está severamente afectada estando a su vez al servicio de la nada, de la vanidad. Explica también el hecho de que la tecnología, puesta al servicio de las pasiones desiderativas, asuman una función ideológica, encubriendo las disfunciones sociales que provocan en nombre de una preservación de los derechos individuales y auto postulando una libertad como exigencia fanática negando toda mutualidad entre humanos. Y para ello consecuentemente, pretendiendo eludir todo valor o autoridad, así como también la conciencia, desarrollando un conjunto de medidas represivas respecto de cuanto pudiera cuestionar, teórica o prácticamente la perpetuación de aquella ideología como sistema y manipulación de la vida cultural. En este respecto ya ni siquiera es tan relevante lo que el hombre hace sino lo que está deshaciendo, debido a que estamos hablando de uno privado más de orientación y sentido que de recursos.

Es por ello que hoy la tarea de una crítica a la cultura fundada en lo religioso no consiste en una apología de la fe ni en un proselitismo y menos aún en reivindicar utopías como ideales novelados propias del dominio secular, dado que ratificaría las mismas categorías que llevaron a la fatal asimilación entre aquellas incumbencias. La tarea consiste en reconocer qué tipo de vanidad e idolatría caracteriza a la empresa humana en el presente, tal como oportunamente la Torá desacralizó y desencantó la naturaleza, los Baales, los ídolos, los faraones, las monarquías absolutistas divinizadas y los hombres dioses. La labor es la de promover ante todo concepciones fundamentales permitiendo luego generar valores, para la comprensión y aprovechamiento de los avances tecnológicos y culturales, más allá de las habilidades. De lo contrario, seguiremos como aquellos pueblos que al ser confrontados con herramientas avanzadas o máquinas, han sido incapaces de absorberlas, no por falta de habilidades, sino por sus concepciones del tiempo, espacio y relaciones interpersonales que les impedían valorar un conjunto de preferencias tales como el rendimiento, el bienestar y la capitalización.

Así, lo instrumental emergente de una utopía no debe operar a través de una ideología, sino de una axiología expresada en una moralidad manifiesta en instituciones tradicionales que representan el pensamiento, la voluntad y el sentir de un pueblo. Esta es la forma donde la tradición y el progreso son solidarios y no antagónicos, tal como la memoria y el proyecto, resguardando los valores ante la invención o el descubrimiento.

Pero para ello, no hay que olvidar que los valores de las civilizaciones históricamente han sido garantizados por las religiones, incluso los hoy considerados seculares como la educación, salud, seguridad, la propiedad privada y la defensa de la vida. Estos siempre han decaído pervirtiéndose cuando se los pretendió escindir de su horizonte el cual trascendía el bienestar individual y social. Allí, el hombre se abandonó a sí mismo, a un prometeísmo conducente a una autonomía técnica que hizo al hombre cautivo del deseo y por ende librándose a la codicia, corrompiéndose por profanar su raíz divina. Última y más cruel prueba patente de ello se manifestó durante todo el siglo XX, donde el matar por utilidad o factor reforzador no fue el límite fundamental para cualquier tecnología o conducta, perdiendo no sólo la noción religiosa del ser humano creado a imagen divina sino también la atea como un fin en sí mismo. Ambas por igual, constitutivas del concepto de dignidad, similarmente basadas en un valor, nunca en un interés.

Rabino y Doctor en Filosofía. Miembro Titular de la Pontificia Academia para la Vida, Vaticano. “Mención de Honor Domingo F. Sarmiento” 2018 y “Personalidad Destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el Ámbito de la Cultura” 2019