Los acusados están alojados en el penal de Dolores (Ezequiel Acuña)
Los acusados están alojados en el penal de Dolores (Ezequiel Acuña)

Nuestro país parece atravesado por grandes decepciones y tragedias permanentes. En el fondo, pone de manifiesto un componente social que nos negamos a ver y lo peor hace mucho tiempo que estamos inertes, casi anestesiados.

Creemos que con manifestaciones espasmódicas, a consecuencia de un hecho degradante, de gravedad institucional o trágico, donde una multitud se vuelca a las calles y los medios masivos de comunicación reproducen durante horas se producirá el milagro del cambio.

Al día siguiente, la Argentina sigue andando a la espera del próximo acontecimiento que amerite convocarnos por su convulsión social, y repetimos otra puesta en escena.

Siempre fui y soy partidario de las manifestaciones públicas y creo que son un valor central en una sociedad democrática y participativa. Pero no podemos agotarnos en ellas, y que sirvan para no intentar un debate mucho más profundo sobre nuestro comportamiento social.

La tragedia de Villa Gesell culminó con el asesinato de Fernando Báez Sosa, y digo tragedia porque comenzó con un boliche lleno de jóvenes apiñados, sin control del alcohol que consumían, con patovicas que solo les importaba sacarlos del local (para continuar con el negocio) y ponerlos en la calle y allí una seguridad publica ausente e ineficiente.

El hecho que nos conmueve estos días podría haber ocurrido en las puertas de un boliche de Mar del Plata, Pinamar, Buenos Aires, Córdoba, Rosario etc. etc. Y sabemos que sigue sucediendo, por suerte la mayoría de la veces sin una muerte como final. ¿Esto es solo la mente perversa de un grupo de jóvenes rugbiers de Zárate? Definitivamente considero que no.

Como sociedad y como país venimos retrocediendo de manera alarmante. Aceptamos como normal el incumplimiento sistemático de normas y conductas de convivencia social civilizada.

Hace décadas que nos viene atravesando un tsunami de incultura colectiva, y no hablo de educación formal (donde también estamos deteriorados), sino de cultura social, y eso tiene que ver con los usos y costumbres de los pueblos, con sus valores, sus principios, con normas de convivencia, donde hay cosas que están bien y otras que están mal, y no son lo mismo.

Somos parte de una sociedad que por desidia o indiferencia ha permitido que nos gane una contracultura social de la marginalidad, casi con metodología tumbera. Y no está vinculado a la pobreza ni a los denominados sectores populares: es una ruptura alarmante de mecanismos de convivencia social que atraviesa a toda la sociedad sin diferenciar estratos sociales.

Hace más de 60 años que el mundo avanza en la construcción de una cultura de los derechos humanos, basada en el eje central del respeto por la vida y la dignidad de las personas, que implica básicamente principios colectivos para una convivencia civilizada.

En contrario a ese rumbo, nosotros hace tiempo entramos en un tobogán que viene profundizando el deterioro de una conciencia colectiva permisiva que relativiza valores y principios morales bajo el falso eufemismo: “Los tiempos cambiaron”.

El maltrato permanente, el insulto, la agresión verbal y física que fluye de manera cotidiana en las relaciones humanas en todos los ámbitos de nuestra comunidad, naturalizando la violencia como signos de una época, es pernicioso socialmente.

Tratar de fundamentar estos calamitosos comportamientos sociales en la modernidad, y que esto requiere otra comprensión, habla de una mediocridad alarmante desde lo conceptual y filosófico de quienes sostienen esta argumentación.

Ninguna época, ni el modernismo mal interpretado pueden justificar el quiebre de reglas básicas en una sociedad donde el respeto y la vida deben ser bienes únicos e innegociables.

Sin embargo desde el lenguaje, desde los modos, desde las formas y desde los comportamientos sociales viene imponiéndose el mensaje y el accionar de los violentos.

No hay ningún sector social que hoy no esté impregnado de esta lógica marginal, en lo deportivo, en los colegios, en los medios de comunicación, en las universidades, en lo público y en lo privado. Esta es la realidad hace tiempo en nuestro país.

A los que asesinaron salvajemente a Fernando Báez Sosa deberá caerles todo el peso de ley y lo que el código penal determine, sin atenuantes. Pero no dejemos que esto, ni el dolor inconmensurable de la familia de Fernando, nos tapen la mayor tragedia que tenemos como país: una incultura colectiva, casi autodestructiva, por lo cual si como sociedad no reaccionamos y restablecemos nuevamente una cultura de convivencia social civilizada nuestra decadencia lamentablemente será interminable.

El autor fue defensor del Pueblo de la Nación