Julio De Vido (Reuters)
Julio De Vido (Reuters)

Cuando un intelectual del peso de Tzvetan Todorov, al verse frente a las lápidas que recordaban a los desaparecidos, comprobó que solo estaban los nombres de las víctimas del terrorismo de Estado y que ni siquiera José Rucci formaba parte de esa memoria, fue duro en su crítica. Lo mismo se repitió con David Rieff, otro representante de los derechos humanos en el mundo, que de sobra nos conoce y describe. Hubo un origen en la supuesta y sobreactuada teoría de los dos demonios que, en rigor y con justicia, separaba la violencia del Estado de la revolucionaria. Claro que lo llevamos demasiado lejos y terminamos suponiendo que los asesinatos en nombre de la revolución estaban justamente ejecutados. Pacificar es una tarea que podrán hacer nuestros nietos, una vez superada esta algarabía donde se toma a la guerrilla como un bien en sí mismo, a partir de lo cual se le otorgan excesivos beneficios y se comete la suprema injusticia de condenar al anonimato a la gran mayoría de sus víctimas. Recuerdo con precisión que el día en que asesinaron a Rucci, hablé en su homenaje en la Cámara de Diputados y dije lo mismo que podría repetir hoy: “No me importa si obedecen a la CIA o a la KGB, solo me queda claro que tiraron contra el país”. Yo era diputado cuando lo asesinaron, a él y a tantos otros, y debatí muchas veces con compañeros que habían optado por la lucha armada el error de su concepción. El exilio y el secuestro no quedaron fuera de mi historia personal, y hoy como ayer soy consciente de que el planteo de aquellos que transitan la provocación y el infantilismo siempre termina dañando la causa que dicen o pretenden defender ,en este caso, al gobierno.

Los derechos humanos limitados a la violencia guerrillera conllevan una deformación compleja de explicar. La lucha armada arrastraba la convicción de utilizar la violencia purificadora, y su despliegue, fue tan continental como su fracaso. La dictadura ocupó el Estado y fue genocida, elemento que no alcanza para convertir a la violencia revolucionaria en virtud. No habrá dos demonios, como tampoco un demonio y un ángel. Luego vendrán decenas de libros escritos para analizar, explicar, describir, darle al pasado una pátina heroica -que en muchos casos tuvo-, pero sus víctimas merecen respeto como todo caído en una confrontación de ideas. Justificar algunos asesinatos a partir de la degradación de la figura del caído está más cerca de la reivindicación del error que de una explicación histórica.

Siempre reitero que no es casual que la defensa de ese pasado sea responsabilidad de los deudos y no de sus jefes. En nuestra triste realidad, el triunfo de los peores abarcó todas las áreas, y la guerrilla no quedó exenta de semejante decadencia.

En cuanto al debate actual, no considero que haya presos políticos hoy y, en cambio, la pretensión de su existencia debilita al gobierno justificando los miedos que como única virtud quieren y necesitan desarrollar algunos sectores derrotados. Tampoco, y mucho menos, les asiste a algunos extremistas opositores el derecho a recurrir a la justicia en busca de limitar el poder que ocupa la vicepresidenta. No soy oficialista y hace mucho que dejé de jugar el rol de opositor; solo intento colaborar en el complejo camino de la cordura, de concebir una salida, la recuperación de la esperanza con las pocas herramientas que están a nuestro alcance en el presente.

Macri y el PRO fueron más dañinos y corruptos que los cuadernos, lo que no deja esa causa sin sentido. Que la Justicia haga su trabajo y la política entienda que forjar un rumbo y recobrar un destino están mucho más allá de la denuncia. Hay gente consciente en el Gobierno y en la oposición, como dementes en ambos sectores. Ya no hay tiempo para devaneos y venganzas, es hora de asumir aquel viejo desafío orteguiano, “Argentinos, a las cosas”.