Hasta que la muerte nos sobresea

El juez Claudio Bonadio (NA)
El juez Claudio Bonadio (NA)

Estoy fuera del país y comenzó a vibrar el teléfono como esas veces en que ocurre una catástrofe, como la bomba en la embajada de Israel, la bomba en la AMIA, o la muerte de Nisman.

Una catástrofe de esas a las que nos tiene acostumbrados la Argentina cuando encendemos la tele con el cepillo de dientes en la boca y juntamos los sobrevivientes de los asaltos y accidentes por impericias de cada día. Pero hoy fue distinto. Hoy la mitad de la grieta que brindó con cristal y cantó el himno a la impunidad no me llamó, me llamaron los argentinos que, desesperados sobre una balsa sin capitán ni timonel, con rumbo incierto y una brújula con el norte para el lado de Venezuela, desesperanzados ven cada vez más lejos la palmera que les marca la orilla. Esos que inocentemente creímos en la división de los poderes y que éramos todos iguales ante los ojos de Dios y que había que confiar en la Justicia porque acá se hacen y acá se pagan. Esos que creímos muchas veces en el ahora sí, ahora arrancamos, vas a ver cómo arrancamos, con este no van a joder, y que como si fuera una pelea de Mayweather nos sentamos frente al televisor cada semana esperando que los del otro lado de la grieta se sentaran a explicarle a la Justicia dónde está la plata que nos robaron, pero, decepcionados, veíamos cómo entre gestos de comparsa y cánticos aplaudiendo la corrupción entregaban una hoja con un “yo no fui”, un “de eso no sé nada”, o un “el que firmó fue el otro”, y así cambiábamos automáticamente de canal cuando algún alcahuete, genuflexo y obsecuente gritaba a cuatro voces: “¿Se dan cuenta de lo que están haciendo? ¡Es una locura, no tienen ninguna prueba!”.

Entre acusación y acusación, la plata nunca aparece, los argentinos seguimos pagando y los corruptos gobernando, pero en fin, esta mañana comenzó a vibrar mi teléfono, pero no con una noticia, sino con una tristeza republicana que nos hizo sentir completamente huérfanos: murió el juez Bonadio.

No sé si fue un buen juez o un mal juez, pero lo que sé es que en este histórico e histérico juego de tomarnos de boludos nos hacía respirar un vientito parecido a la justicia en medio de la inmunda impunidad de la corrupción política, y lo increíble es que con tantos jueces, tantos tribunales y tantos fiscales, ante un juez muerto los argentinos nos preguntemos: ¿y ahora qué hacemos?

Absolutamente nada como hasta ahora. Ellos, los del brindis, seguirán festejando con cristal otro logro de la injusticia y nosotros, los estúpidos que pagamos impuestos y que esperamos una república, seguiremos velando jueces y fiscales y testigos y perdiendo pruebas y perdiendo tiempo mientras los corruptos siguen soñando con el Senado para festejar con la impunidad que les da la inmunidad de los fueros con hijos, nietos y bisnietos su paso por la corrupción.

A propósito, hoy estando fuera del país no dejó de vibrarme el teléfono porque no solo murió un juez honesto sino que con él murieron las esperanzas de tener una república. Gracias por todo, Bonadio.

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