La puerta del mañana

Setenta y cinco años después de la liberación de Auschwitz, supervivientes del Holocausto se congregaron el lunes en este lugar del sur de Polonia para honrar a los más de 1,1 millones de víctimas, principalmente judíos, en medio de una gran preocupación por el resurgimiento del antisemitismo.
Setenta y cinco años después de la liberación de Auschwitz, supervivientes del Holocausto se congregaron el lunes en este lugar del sur de Polonia para honrar a los más de 1,1 millones de víctimas, principalmente judíos, en medio de una gran preocupación por el resurgimiento del antisemitismo.

En "Ante la Ley”, Franz Kafka nos muestra una puerta abierta. Ante ella, un guardián que no autoriza el paso y un campesino que espera. Los años de una vida transcurren esperando que le permitan pasar. Fatiga al guardián con sus súplicas, pero el miedo al guardián y a los obstáculos que este le advierte lo esperan más allá de la puerta, lo hace sentarse y continuar en la espera del momento en que le concedan la entrada. Su momento. Hasta que el momento nunca llega. Sólo le llega la muerte y su última pregunta: “¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?”. El guardián le concede un susurro final al oído: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.

Hay puertas que nos esperan. Sólo a nosotros. Temerosos de futuro nos encadenamos al pasado. Frágiles para decidir, delegamos nuestras elecciones al vigor de esos miedos. Espiamos a un lado para ver si alguien más ha cruzado su puerta, pero no hay una puerta igual a la otra. Ni un carcelero igual al otro. Entonces nos sentamos en el cordón de la vereda del tiempo a esperar. Los años se van cada vez más rápido, y nos hacemos sabios en puertas, pero ignorantes del cómo, el cuándo y el para qué había que cruzarlas. Sabemos acerca de cada grieta en la madera, de las medidas y los grosores, de las pinturas y los picaportes. Pero poco acerca del coraje, del valor y de la sensación de orgullo que da el conocer qué hay para nosotros esperando al otro lado.

No necesitamos una llave. Somos la llave. Borges le escribía a Judith Machado en “Una llave en East Lansing”: “Soy una pieza de limado acero. Mi borde irregular no es arbitrario. Duermo mi vago acero en un armario que no veo, sujeta a mi llavero. Hay una cerradura que me espera, una sola. La puerta es de forjado hierro y firme cristal. Del otro lado está la casa, oculta y verdadera. Altos en la penumbra los desiertos espejos ven las noches y los días y las fotografías de los muertos y el tenue ayer de las fotografías. Alguna vez empujaré la dura puerta y haré girar la cerradura”.

Un alguna vez que nunca fue. Esas llaves que saben que su borde es exacto para esa cerradura que la espera. Pero las noches y los días pasan y vemos el tiempo sólo a través de un espejo de lo que podría haber sido, si hubiésemos hecho girar la cerradura. Nos sucede como sociedad, como país, como humanidad ante las puertas de la ley, las de la justicia, las de la equidad, la de las oportunidades colectivas, las puertas del compromiso social, de la responsabilidad con el otro, del involucramiento en banderas éticas, en la puerta del respeto a las canas, de la contención de los jóvenes, del trabajo por la memoria y de la construcción mancomunada del futuro. Todo comienza con la llave del alma individual, ante la puerta del propio destino. La puerta del ser, la de la libertad, la de las amistades profundas, la de los vínculos cuidados, la de la realización interior, la puerta del crecimiento espiritual, la de la armonía emocional y la del verdadero amor.

Sin embargo, no siempre encontramos o sabemos cuál es la puerta. El libro Think and grow rich es considerado uno de los más vendidos del mundo. Su autor, el americano Napoleón Hill, uno de los autores más reconocidos en el tema de la propia superación, escribió: “Ese es uno de los caprichos de la oportunidad. Tiene el curioso hábito de aparecer por la puerta de atrás, y a menudo viene disimulada con la forma del infortunio, o de la frustración temporal. Tal vez por eso hay tanta gente que no consigue reconocerla”.

En el texto bíblico de esta semana, las plagas que caen como azotes desde el cielo sobre Egipto llegan a su punto máximo. Dios le indica a Moisés que los israelitas debían marcar por fuera sus puertas para que la última plaga no ingrese en sus casas. Al ver esta marca, Dios saltearía esas casas y quedarían inmunes. La palabra “Saltear” en hebreo figura como “Pasaj”. Por tal motivo es que llamamos “Pesaj” a la Fiesta de la Liberación de Egipto que celebramos al día de hoy después de más de 3.300 años, en recuerdo a cómo Dios “salteó” las casas de los hebreos. Con la misma raíz semántica la tradición cristiana la tradujo como “Pascua” recordando la última cena de Jesús, ya que junto a sus discípulos, todos ellos obviamente judíos, estaban conmemorando el tradicional Pesaj hebreo. Pero una mejor traducción es la que tiene la fiesta en ingles, “passover”, haciendo clara alusión al momento de saltear las puertas marcadas por aquellos esclavos.

Marcar las puertas de las casas constituía un acto de rebeldía. Mostrar hacia fuera lo que sentían y buscaban dentro suyo. Era decirle al mundo que esa noche cruzarían esa puerta hacia la libertad, hacia su destino, dejando atrás la marca de los esclavos para caminar hacia su propia promesa. Era desafiar la posibilidad de que finalmente no puedan lograrlo. Era enfrentar con coraje el peligro de ser descubiertos por sus guardianes, los que controlaban sus vidas y sus puertas, y dejarse vencer por el miedo a marcar con sus propias manos su futuro. Era asumir que la puerta se cerraría para siempre con su muerte, pero estaba abierta sólo para ellos, mientras estaban vivos.

Lideres, presidentes y reyes de decenas de naciones del mundo conmemoraron la semana que pasó el Día del Recuerdo del Holocausto, en Jerusalén. Muchas de esas naciones fueron las que cerraron sus puertas, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, a la inmigración de miles de familias judías condenadas a la muerte en campos de exterminio en Europa. Muchas de esas naciones fueron las que diseñaron y construyeron esos campos de la muerte. Pero una nueva puerta se ha abierto al mundo, con todos sus representantes en Yad Vashem, el renovado y moderno Museo del Holocausto en la vibrante capital del joven Estado hebreo. En Israel las puertas de aquel horror han abierto nuevas puertas, pero a la memoria. Las puertas de la destrucción han creado puertas que construyen puentes. Las puertas de la tecnología aplicada al asesinato masivo, se transformaron en puertas de crecimiento, medicina, tecnología, start-ups y high tech para el mundo. Las puertas del autoritarismo fanático, en puertas para la única democracia plena en Medio Oriente. Las puertas de la estigmatización al diferente, en puertas de respeto a todos los credos. Las puertas de la muerte sistemática, en puertas de renacimiento y renovación.

Muchas otras y nuevas puertas piden hoy abrirse. Puertas que se mantienen cerradas desde los siglos, por una cultura que se transformó en guardiana de puertas hasta que las llaves escondidas en el armario, comenzaron a abrir las cerraduras. Las puertas de la equidad de derechos para las mujeres, ante tantas puertas cerradas por el abuso, el acoso, el machismo hasta en nuestra forma de hablar y la violencia de género. Las puertas de la libertad a la identidad sexual, y las de la aceptación a la diversidad religiosa. Las puertas marcadas por tantos silenciados e invisibilizados, minorías sociales, pueblos originarios y niños con capacidades especiales. Las puertas de la vergüenza que tantas veces escuchamos golpear desde el otro lado, las de la pobreza, la marginalidad y el hambre.

La escritora francesa Marguerite Duras dice en El amante: “Nunca he escrito, creyendo hacerlo. Nunca he amado, creyendo amar. Nunca he hecho nada, salvo esperar delante de la puerta cerrada”. A veces apenas sobrevivimos pensando que tenemos una vida. Y la vida nos sucede mientras estamos haciendo otra cosa. Quizá sea tiempo de empezar a abrir puertas propias, para ser parte de la apertura de tantas otras, que sólo esperan nuestra llave.

En la Mejilta, compilación exegética del libro del Éxodo de casi 2000 años de antigüedad, figura una hermosa reinterpretación del clásico “saltear” las puertas de los israelitas en Egipto, que le dio el nombre finalmente a la Fiesta se Pesaj. Allí en el Tratado de Pisja 7, el Rabí Ioshua nos enseña que no debe leerse en el texto (Éxodo 12:13) que Dios dice: “upasajti” - “y voy a saltear”, sino “upasahti” - “y voy a ingresar”. Es solamente una letra de diferencia, pero su mensaje es enorme.

¿Acaso Dios necesita una marca en la puerta para identificar quién habita dentro?, se pregunta el sabio. La marca en realidad era para quien habitaba en esa casa, de modo de descubrir por sí mismo quién vivía en verdad allí. Una vez que descubrimos quiénes somos y cuál es nuestra misión y convicción para la vida, el poder y la energía para abrir las puertas no saltea nuestra morada, sino que ingresa en ella para acompañarnos a dar ese primer gran paso.

Amigos queridos, amigos todos.

Hay dos formas de asumir nuestro lugar en la vida: salteando nuestras responsabilidades o ingresando en ellas. Desviándonos de la pregunta, de la conversación, de la discusión, o siendo parte de ella. Dos formas de vincularnos con los nuestros: dejando que el tiempo pase sentados a la puerta del conformismo, o ingresando en sus vidas y permitiendo que ellos abran la puerta de nuestra alma. Dos formas diferentes de mirar el mañana: en silencio frente a la puerta y salteando nuestros ideales y sueños, o ingresando en nosotros y redescubrir entonces el poder que tenemos dentro para abrir cualquier cerradura.

Del joven escritor español Albert Espinosa: “Nunca se sabe qué encontrará uno detrás de una puerta. Quizá en eso consiste la vida: en girar pomos”.

El autor es rabino e la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti



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