El liderazgo en la tercera década del siglo XXI

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Antes de intentar definir el perfil de un líder en la década actual, no puedo omitir expresar que la vacancia de auténticos liderazgos, salvo contadas excepciones en distintos ámbitos, incide en que los sistemas políticos sean criticados, los económicos colapsen, grandes y medianas empresas desaparezcan, exista inquietud en la distribución de bienes y servicios, se consuman los recursos naturales sin ningún modelo sostenible, y se esté siempre ante la posibilidad de un colapso de proporciones. En extrema síntesis, en cualquier escenario—político, militar, empresarial, etc.— liderar es la capacidad de decidir lo que debe hacerse, y luego lograr que los demás evidencien predisposición anímica para alcanzar el objetivo fijado y subliminalmente lograr una “obediencia anticipada”.

No es comandar, ni mandar, y mucho menos actuar como manager, o CEO (Chief Executive Officer-Director Ejecutivo de una Empresa). Quien comanda lo hace respaldado por normas legales, por facultades disciplinarias, no vacila en inspirar temor, y siempre encontrará motivos para no responder por sus fracasos y adjudicarlos “a los otros”. Mandar, por el contrario, es ejercer una autoridad moral más que el poder, con la finalidad de imponer una decisión enmarcada en las leyes de la Nación, sin recurrir al respaldo de medios coercitivos. Liderar no es otra cosa que el ejercicio de un mando superlativo, que impone su legitimidad por su profesionalidad, su ascendiente, su prestigio, su conducta ética y su credibilidad. Respeta, trata con consideración y siempre está dispuesto al diálogo. La vieja sentencia de Abraham Lincoln mantiene plena vigencia: “Es necesario persuadir en vez de obligar. Ningún hombre es suficientemente bueno o sabio para gobernar a otro hombre sin el consentimiento de éste”. Es obvio que las palabras pueden, temporalmente, convencer. Pero los ejemplos arrastran.

Sobre el tema, aún resuenan las palabras de Alejandro Magno a sus huestes antes de la batalla de Arbelas (331 a.C.): “Yo no os exhorto a obrar con valor sino en tanto que os dé el ejemplo”. Alejandro en sus campañas logró reunir fracciones de ejércitos enemigos, y aún más, a enemigos entre sí, aglutinarlos, cohesionarlos y constituirlos en aliados. Con su ejército marchó 16.000 Km, libró cientos de combates y batallas, y extendió su imperio desde la antigua Grecia hasta el Asia Central. Fue un soñador, y toda su vida peleó en la soledad del mando. A los 33 años logró lo de su ancestro Aquiles.

Hoy el líder debe moverse en la mundialización, donde todo se conoce en tiempo real, reina la incertidumbre, el cambio es constante y con frecuencia discontinuo, lo sólido se desvanece y la revolución tecnológica incide en las organizaciones, pero mantienen plena vigencia principios inmutables que evidenciaron los grandes líderes de la humanidad, desde Moisés hasta Mandela, a saber: empatía, inteligencia básica, valores claros y firmes, altos niveles de energía personal, buena memoria y habilidad para que los seguidores se sientan bien consigo mismos. Actuaron con la dosis necesaria de resiliencia. Algunos de ellos: Julio César, Juana de Arco, Antonio José de Sucre, Abraham Lincoln, Erwin Rommel, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Anwar el Sadat e Isaac Rabin, y fueron asesinados por intolerantes fanáticos políticos. Otros, como Simón Bolívar, Bernardo O´Higgins, José G. Artigas y José de San Martín, murieron en autoimpuestos exilios.

Luego de cumplir los objetivos para con sus pueblos, Lucio Quincio Cincinato, George Washington y nuestro Libertador abandonaron voluntariamente el poder. Fueron conscientes de que el poder no es un dominio absoluto sino una tenencia en arriendo.

El verdadero líder actual debe ser integrador, capaz de apreciar más allá de las diferencias, comprensibles y evidentes, entre las organizaciones, los partidos políticos, las fuerzas militares y las distintas culturas. Debe ser a la vez principal y marginal, ser un jugador individualista como Messi y uno de equipo como Ginobili. Evitar ser omnisciente. El líder del pasado sabía qué decir, el actual debe saber también qué y cómo preguntar; el que trate de saberlo todo estará condenado al fracaso. Los valores compartidos son gran importancia, como así también el conseguir el consenso sobre una causa común; para ello no está de más recordar que en todo ámbito debe respetarse el principio de respeto al prójimo, de que la espiritualidad no es solo una palabra reservada al clero. La ética kantiana impone “tratar a las personas como fines en sí mismas, y no como simples medios para los fines de los demás”. En el ámbito político, el principio ético dialógico impone “no tomar como correcta una norma si no lo deciden los afectados por ella, tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría”.

Básicamente, los líderes del futuro serán reconocidos menos por lo que dicen y más por lo que hacen, menos por ser los que hablen y más por ser los que escuchan. A pesar de haber transcurrido más de dos milenios, sigue teniendo plena vigencia la sentencia de Platón: “La condición más importante de un líder es no querer serlo”.

*Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica


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