La actual desaparición de la reflexión sobre la vida buena y recta es producto del omnipotente canon desiderativo de las actuales éticas de la mismidad y de la convicción, definidas por la propia satisfacción, ya que la persona se encuentra realizada por la validación de su autonomía subjetiva para hacer y deshacer lo que quiera. Un modo de existir reduciendo el criterio de lo correcto a un fragmentario subjetivismo individualista del “ser así”, sin reflexionar sobre el sentido y validez de los postulados morales o de la fundamentación de los enunciados normativos. Más bien descartándolos, sin siquiera constituir una teoría hedonista o del homo mensura, sino un acomodaticio relato cada vez más irreconciliable con la realidad empírica, tergiversándola u omitiéndola más allá de toda lógica y evidencia, cuando contradice lo que se percibe de sí mismo o del mundo, siempre para la autosatisfacción o no ser perturbado en su realización despojándose de toda ética de la responsabilidad, al no considerar los efectos de las acciones y por ende aceptando el principio que el fin justifica los medios.

Así, la moral es deliberada e inadecuadamente sustituida por la ética, pareciendo esta menos rigorista y más elevada, permitiendo una universalidad para medir y determinar la conducta bajo un intento aséptico y relativista, como remedio contra la estabilidad de ciertos valores trascendentes, más su sentido normativo, percibidos como anacrónicos y contra lo que hay que combatir porque amenaza la realización de la validada subjetividad como identidad o personalidad. La lucha de una cultura escénica de la simulación, donde la autopercepción o su mera enunciación, el parecer o la ficción constituyen el ser y la realidad, frente a una moral basada en una adaequatio res in intellectu y sus basales postulados civilizatorios. Ejemplo patente y conocido de ello es la ideología de género.

Básicamente, todo modo de existencia o conjunto consuetudinario sustancial que obstruya aquellas pretensiones de una absoluta autonomía subjetiva, incluso a costa del prójimo, es considerado un orden social opresor y anti-libertario, esgrimiendo bajo su propia mismidad un supuesto pluralismo en sus propuestas, ampliando derechos y no obligando a quien desacuerde a obrar contrariamente. Muestra cotidiana de ello es la argucia para la legalización del aborto a demanda, de la eutanasia o del consumo de drogas recreativas, ampliando derechos sin obligar a nadie a practicarlo. No obstante, dicho argumento pretende que la responsabilidad sea exclusivamente para con uno mismo sin entrometerse en lo que acontece a terceros o estos puedan hacer consigo mismos u otros, omitiendo que la responsabilidad es un compromiso deóntico con, para y por el otro. Es decir, el solipsismo ético conduce a la enajenación de una existencia social, a la indiferencia, no siendo esta el medio para la libertad, justicia o ecuanimidad, por cuanto la responsabilidad demanda tanto asumir las consecuencias de los propios actos así como también evitar las de otros cuando provocan sufrimiento, víctimas o padecer el mal individual o social.

Pero frente a ello tampoco hay una significativa autocrítica aprehendida y exteriorizada en hechos, que reposicione públicamente una referencia moral, recuperando la confianza perdida en las normas y el carácter vinculante de un ethos que imprime la jerarquía basada en el esfuerzo, la conducta y el mérito. Poco se hace para mostrar la adecuación entre la universalidad de la norma y la particularidad de la práctica. Y por ello, resulta más fácil concebir que lo bueno y vital está en lo particular, mientras que en lo malo y caduco en lo universal. Pero actuando despojados de esas normas para vivir en una supuesta plena libertad individual, autónoma y subjetiva, sólo produce una auto-referencialidad como si uno mismo fuera la garantía de una buena y recta vida. Una anomia y mero elogio de la fragmentación como narcisismo, provocando un problema político por no fundar la convivencia social en un equilibrio entre la legitimidad del orden colectivo y el bien individual.

La pregunta es ¿cómo articular las pretensiones individuales dentro de un orden normativo que no es equivalente a aquella conciencia de sí? Se trata de buscar un término en común que fundamente y garantice la libertad de la voluntad y la coacción de la legalidad. Pero la clase política decidió invertir el orden social y en lugar de mantener el equilibro entre ley y libertad, se decidió que la libertad en tanto validada autonomía subjetiva del individuo tal y como se percibe a sí mismo, sea la ley. En vez de reparar las jerarquías que ya no obligan y restaurar una realidad desintegrada en un conjunto de mónadas que persiguen sus propios deseos, preferencias e intereses. Tal como cuando ante la diaria usurpación del espacio público por “manteros” o la extorsión ejercitada por “trapitos”, en lugar de restaurar el orden legal se concibe dicha práctica contravencional o criminal respectivamente como trabajo, pretendiendo legalizarla.

En este contexto, donde la autonomía subjetiva es criterio y fin absoluto del orden social, las personas se sienten los exponentes de una clase en ascenso con la capacidad de poder realizar todos sus deseos, preferencias e intereses generando un sentimiento tan intolerable frente a toda normatividad que resulta imperativo cambiarla sin importar las consecuencias. Luego, ante un comportamiento desvinculado del bien y el mal, y cuando el universal ya no es relevante ¿cómo se explica al sujeto que su deseo, interés o preferencia no puede valer como criterio último de sus acciones y de un orden social? Y aquí la filosofía moral fue reemplazada por lo mediático comunicacional imponiendo tal superioridad sobre el individuo, que la norma es la adaptación social regida por el paradigma de la simulación y la auto-referencialidad en tanto ser.

La solución es romper este ciego mecanismo determinativo, restaurando el sentido de responsabilidad interviniendo con acciones en aquel proceso causal y por ende generando otro como acto de libertad, el de la moralidad. En otras palabras, si bien “mis principios, mi conciencia o mi religión me prohíbe tal o cual acción”, genera desconfianza sobre dicha persona por el grupo, arriesgando el principio de autoconservación, afirma el que nos hace humanos por ser habientes de un marco axiológico rector. Y es precisamente en aquella práctica donde nos hacemos libres. Y dada la libertad, hay moral.

Pero para que dicha ley garantice una intrínseca libertad más allá de su cadena causal, no debe remitir a una autonomía individual, una norma que me otorgo a mí mismo sin referencia ni control del yo, por continuar dependiente. La ley debe ser heterónoma sin responder a una necesidad, inclinación o contingencia de cualquier índole. Una dada por fuera de toda consideración o cálculo humano, y por ello liberadora, dada su trascendencia respecto de mí. Es una libertad hacia dentro restringiendo mis pulsiones, deseos o intereses y hacia fuera, responsabilizándome por el otro y la sociedad. Y este momento de libertad se consigue con los preceptos bíblicos, por cuanto en momentos límites de la razón y donde la acción es irreductible a la teoría, se demanda un imperativo bajo un postulado exento de explicación, como el no asesinarás, no robarás, no depondrás ante la vida de tu prójimo, etc. Este es el momento donde se restringe el solipsismo, el poder y la obligación ante el surgimiento de la responsabilidad, la autoridad y el deber.

El autor es rabino y doctor en Filosofía y miembro Titular de la Pontificia Academia para la Vida, Vaticano. “Mención de Honor Domingo F. Sarmiento” 2018 y “Personalidad Destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el Ámbito de la Cultura” 2019