El gobierno nacional ha decidido que el 2020 sea dedicado, a 250 anos de su nacimiento y a 200 de su fallecimiento, a honrar la memoria del gran Manuel Belgrano.

Entre tantos méritos le cabe haber sido el pionero en promover la educación popular, gratuita para niños humildes, en nuestro suelo. Hubo que esperar medio siglo para que Sarmiento lo llevara a la práctica.

También le cupo a don Manuel el mérito de haber abogado en la creación de escuelas para niñas, convencido de que su formación no debía reducirse solo a labores hogareñas como preparación para el matrimonio por decisión paternal.

En 1794 se autoriza el comercio con naves extranjeras y se crea el Consulado de Buenos Aires para, entre otros propósitos, controlar dicha actividad. Es designado secretario del nuevo organismo un joven criollo de 24 años educado en España, en la Universidad de Salamanca, y muy influido por las nuevas ideas: Manuel Belgrano. Fue traductor del francés de las doctrinas fisiocráticas, las ideas económicas de moda en aquellos tiempos. Su padre era hombre de fortuna, enriquecido con la actividad comercial entonces más rentable en el puerto rioplatense, el contrabando.

En sus "Escritos económicos" opinará: "No puedo decir bastante mi sorpresa cuando conocí a los hombres nombrados por el Rey para la Junta. Todos eran comerciantes españoles, exceptuando une que otro, nada sabían más que de su comercio monopolista, a saber: comprar por cuatro para vender con toda seguridad a ocho." Belgrano se refería así a sus colegas del Consulado, en su mayoría comerciantes monopolistas que defendían ante todo sus intereses personales que eran también los de sus compatriotas residentes en Cádiz, a quienes en muchos casos representaban.

Las cosas no eran fáciles para Manuel: era un funcionario americano de la Corona con ideas progresistas, pero su misión oficial era defender los intereses retrógrados de España. Logró sin embargo un equilibrio que le permitió aprovechar las medidas liberadoras que la Corona no tuvo más remedio que admitir por presión de las circunstancias internacionales. Ello favoreció claramente a los grupos dispuestos a operar por fuera del comercio con la metrópoli, una de las motivaciones de la insurrección de Mayo.

Es de resaltar que el cargo con que Manuel Belgrano había sido distinguido por España le hubiese permitido amasar una considerable fortuna, ya que de él dependían los permisos para embarcar y desembarcar los productos del comercio. Su compromiso con la revolución de su patria fue un gesto de desprendimiento remarcable que le valió, junto con la gloria, una oprobiosa miseria.

Fueron importantes las iniciativas de Manuel Belgrano en el plano de la enseñanza, entre ellas el proyecto de considerar la enseñanza gratuita en la campaña y la necesidad de crear escuelas de náutica, comercio, dibujo y de hilados de lana y algodón. En el caso de que no hubiera suficientes maestros proponía traerlos de España o de otros países europeos.

Sus propuestas formaban parte del informe anual presentado al virrey, a los demás funcionarios de la Corona y a los comerciantes de Buenos Aires. Su vocación de educador lo llevó a propugnar allí la repartición de cartillas entre los labradores para aumentar la exportación de "frutos del país en particular de los productos de la agricultura y la ganadería”. Para conseguirlo lo fundamental pasaba por mejorar la producción. Recomendaba introducir nuevos métodos de eliminación de las plagas que afectaban amplias áreas de la llanura pampeana, modernizar los útiles de labranza y usar las técnicas de drenaje de los suelos inundables.

Asimismo, consideraba una cuestión de primer orden obtener mejoras en las técnicas de siembra y cosecha, con el objetivo de aumentar el rendimiento del trabajo agrario, fiel al ideario fisiócrata de Francois Quesnay, quien en sus "Máximas" considera al desarrollo agrícola como la base de la felicidad humana.

Ya entonces tenía claro la importancia de dotar de valor agregado a las materias primas: “Todas las naciones cultas”, escribiría Belgrano, “se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse y todo su empeño es conseguir no sólo darles nueva forma, sino aun extraer del extranjero productos para ejecutar los mismos y después venderlos. Nadie ignora que la transformación que se da a la materia prima le da un valor excedente al que tiene aquella en bruto, el cual puede quedar en poder de la Nación que la manufactura y mantener a las infinitas clases del Estado, lo que no se conseguirá si nos contentamos con vender, cambiar o permutar las materias primeras por las manufacturadas".

La Corona era renuente a gastar dinero en estas iniciativas por no elevar el nivel profesional y cultural de los criollos, para evitar su competencia con los españoles, por lo que la mayoría de esos proyectos nunca se pusieron en práctica, y aquellos que tuvieron mejor suerte fueron cancelados al poco tiempo.

Años más tarde, luego de la Revolución de Mayo de la que fue ideólogo y ejecutor, al anoticiarse de la decisión de la Asamblea de premiarlo por su triunfo en la batalla de Salta, don Manuel envió desde Jujuy una correspondencia a Buenos Aires en la que expresaba su decisión de “destinar los cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras, en las que se enseñe a leer, escribir, la aritmética, la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad hacia ésta y el gobierno que la rija, en cuatro ciudades, a saber, Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, que carecen de un establecimiento tan esencial e interesante a la Religión y al Estado y aun ni arbitrios para realizarlos.”

Pero Belgrano también se propuso dar un reglamento a dichas escuelas. Sus artículos son poderosamente reveladores de la lúcida concepción que tenía de lo educativo y de su importancia en la sociedad. Es así que en el artículo 1° privilegia la buena retribución al maestro estableciendo que se destinen 500 pesos anuales para cada escuela, de los que 400 serán para su pago y los cien restantes para “papel, pluma, tinta, libros y catecismo para los niños de padres pobres que no tengan como costearlo”.

Para evitar el “dedazo” o “acomodo” imponía el sistema del concurso u oposición: “Se admitirían los memoriales de los opositores con los documentos que califiquen su idoneidad y costumbres, oirá acerca de ellos el síndico procurador, y cumplido el término de la convocación, que nunca será menor de veinticinco días, nombrará dos sujetos de los más capaces e instruidos del pueblo, para que ante ellos, el vicario eclesiástico y el procurador de la ciudad, se verifique la oposición públicamente en el día señalado”. Dicho concurso, como lo indica el artículo 4°, debía abrirse cada tres años, para garantizar que el maestro fuera el más capacitado para ejercer tan delicada tarea.

Tendrá también maravillosas expresiones hacia el maestro, de sorprendente actualidad: “Procurará con su conducta en todas sus expresiones y modos inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la verdad y a la ciencia, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que tienda a la profusión y al lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que les haga preferir el bien público al privado y estimar en más la calidad de americano que la de extranjero” (artículo 18°). En seguida, en el artículo 19°, nos seguirá asombrando: “Tendrá gran cuidado en que todos se presenten con aseo en su persona y vestido, pero no permitirá que nadie use lujo aunque sus padres puedan y quieran costearlo”.

Quizá lo más remarcable del”Reglamento” de don Manuel Belgrano es la jerarquía que confiere a la tarea del educador: “En las celebraciones del Patrono de la ciudad, del aniversario de nuestra regeneración política y otras de celebridad, se le dará al maestro en cuerpo del Cabildo, reputándosele por un padre de la Patria” (artículo 8º.).

Don Manuel es el caso emblemático de un prócer jerarquizado por nuestra historia oficial pero a costa de postergarlo en su condición de pensador, de auténtico promotor de la educación popular, además de, con su primo Castelli, principal ideólogo de Mayo. Se lo reduce al rol de creador de la bandera y de mediocre conductor de ejércitos. De allí que los monumentos ecuestres que lo conmemoran disfrazado de militar con morrión y sable tergiversan lo más remarcable de su vida y de su obra.