José Hernández en el Martín Fierro nos recuerda: “Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria”.

Aprender a olvidar es un don. Un arte para aquellos que quieren caminar más livianos. Dar vuelta la página de alguna historia resulta clave para comenzar a escribir un nuevo texto. Sin embargo, la memoria suele jugar su propio juego. Justo aquello que nos es tan importante e imprescindible recordar, lo olvidamos. Mientras que aquél episodio, ese tiempo de angustia, esa crisis o esa persona que necesitamos olvidar, vuelve una y otra vez a nuestra mente.

La memoria resulta ser, al final de cuentas, como un mal amigo. En ese momento en que más la necesitamos, nos falla. A la vez, al intentar olvidar, solemos renunciar a la realidad de que todas nuestras historias nos componen. Nos construyen nuestros logros y fracasos, nuestras luces y nuestras noches, las alegrías y las tristezas, despertares y atardeceres. Nuestros silencios y nuestros pensamientos, las pausas y los caminos, las angustias y los amores. En la desilusión de un amor, en el quiebre de una amistad o en medio de la tragedia que nos arranca la esperanza, solemos recurrir al olvido. El peligro que corremos al intentar borrar de nuestra mente ese rostro o esa circunstancia, es el de quizá también olvidar la posibilidad de abrir nuestra vida a un nuevo amigo, nuestro corazón a volver a enamorarnos, o nuestra alma a una fe renovada y más madura.

Hay personas que sabemos y sentimos nos son imprescindibles, con las que nuestra vida es más completa. Pero el tiempo nos arrastra a situaciones que nos lastiman y distancian, a pesar del amor que pareciera no alcanzar para lograr dejar las cosas atrás. Tenemos a nuestro alcance una herramienta mucho más accesible que el olvido, por más difícil que parezca: el perdón. Sabio es no confundir el perdón con el olvido. El perdón se transforma en la llave, cuando la memoria no nos ayuda a olvidar.

En el final del Libro del Génesis, nos la Biblia dos hermosas imágenes. La primera es la del patriarca Jacob en el final de sus días, reuniendo a todos sus hijos para regalarles una bendición a cada uno. Y la segunda es la del mismo Jacob pero bendiciendo a sus dos nietos, Efraim y Menashe.

La familia de Jacob vivió momentos extremos. Pérdidas, enojos y distancias. La relación de él con sus hijos no es menos tensa que la de los propios hermanos entre ellos. Esa primera imagen, la de todos reunidos para bendecirse sobre el final, nos regala un profundo mensaje. Dentro de la familia las relaciones pueden ser tensas, difíciles y conflictivas. Posiciones que a veces llevan a discusiones sin sentido y otras con muchísimo sentido. Situaciones que generan distancias que pueden parecer imperdonables, sin embargo debiéramos permitirnos siempre la oportunidad de dar vuelta la página. Sin necesariamente olvidar, ya que aquello que sucedió, en verdad sucedió. Aprendiendo a perdonar, de modo de dejar el pasado donde debe quedar, y poder emprender en bendición otro nuevo futuro.

La segunda imagen es una de las más tiernas de la Biblia. No hay en el libro otro relato de un abuelo bendiciendo a sus nietos. En los últimos cuatro mil años, cada viernes al anochecer, la tradición nos llama a recitar esa misma bendición a nuestros hijos en la mesa del Shabat. Nos enseñan los sabios que les regalamos a nuestros hijos una bendición que originalmente fue entregada por un abuelo a sus nietos, porque la relación entre padres e hijos puede llegar a ser, como dijimos, tensa, conflictiva. Pero la relación de abuelos a nietos es exclusiva y únicamente de amor.

Con los nietos no hay medidas, ni límites. No importa a qué hora se vayan a dormir, o cuántas golosinas por minuto coman, o si acaso no almuercen. Nada importa. Sólo sabemos decir que sí. Mientras tanto nuestros hijos, padres de esos pequeños, nos miran azorados de sorpresa porque recuerdan. No olvidan cómo eramos nosotros como padres. Tampoco nosotros olvidamos. Es por eso que en este nuevo y maravilloso rol nos comportamos así. Los hijos en algún momento deben y necesitan cortar con sus padres. La distancia se transforma más que en geográfica, a veces en ideológica y de búsqueda de la propia identidad. Lo que no imaginan, es que el día de mañana también sus hijos cortaran con ellos. Ese momento sagrado, con la paciencia y el timing apropiado, es cuando regresan a casa, al regazo del amor incondicional de sus abuelos.

En el momento de la bendición de Jacob a sus nietos, ocurre algo extraño. El patriarca ya estaba anciano y ciego, por lo que su hijo Iosef coloca al mayor de sus dos hijos Menashe a la derecha de Jacob, y al menor, Efraim, a su izquierda. Pero al alzar sus manos para bendecirlos, Jacob cruza inesperadamente sus brazos colocando su mano derecha sobre Efraim, el menor. Iosef intenta deshacer ese movimiento para que la mano derecha de su padre caiga sobre el primogénito Menashe, como correspondía a la tradición, pero el abuelo se niega. ¿Porqué Jacob elige al menor sobre el mayor? ¿Acaso no habría aprendido de su propia historia? Él mismo era menor que su hermano y al querer ocupar el lugar del primogénito, ocasiona la primer ruptura familiar. Por otro lado había preferido años atrás al menor de sus hijos, justamente Iosef, ocasionando traiciones y la separación con el resto de los hermanos. ¿Porqué Jacob elige nuevamente al menor?

No es por quién es el mayor, o por su personalidad o su carácter, sino por el significado oculto en sus nombres. Jacob intenta darle a su hijo Iosef, un último mensaje.

Iosef había sufrido en su casa paterna el acoso y la envidia de sus hermanos, a tal punto que es vendido como esclavo a una caravana del desierto. Ya en el exilio de Egipto pasa de una prisión, a descifrar los sueños del mismo Faraón transformándose en una de las personas más poderosas del Imperio. Adinerado y lleno de fama se casa y tiene a su primer hijo, Menashe. El significado del nombre en palabras de Iosef es: “porque me ha hecho olvidar Dios todo mi agobio y la casa de mi padre” (Gen 41:51).

Él quiere olvidar. Necesita olvidar. Es otro hombre, con una nueva historia, rico, poderoso, lo ha acumulado todo, y necesita desechar el pasado. Por eso ese nombre a su primer hijo. Aunque claramente, nadie que ponga semejante nombre a un hijo, ha logrado olvidar nada.

Pasan los años y cuanto más poder y riqueza acumula, más siente dentro una llama que arde, y le susurra que él era otra cosa. Que él era su presente, pero también su origen. Que él era producto de sus logros, pero también de sus desventuras. Nace su segundo hijo y lo llama Efraim que significa esta vez: “Me ha hecho fructificar Dios en la tierra de mi aflicción”. ¿Acaso Egipto no había sido la tierra de su éxito? Sin dudas que sí, pero no dejaba de ser el exilio. Quizá su familia vivía en humildes tiendas y no en lujosos palacios y pirámides, pero eran los suyos. Con el nombre que coloca a su segundo hijo, Iosef descubre que quiere volver a recordar, lo que alguna vez quiso olvidar.

Su padre Jacob no se había equivocado. Puso su mano derecha sobre Efraim para enseñarle que olvidar muchas veces es importante, pero nada más sabio que saber recordar. Iosef podía haber acumulado todo el poder, pero nada tenía mientras intentaba olvidar quién era.

Amigos queridos, amigos todos.

Milan Kundera escribió: “La lucha del hombre contra el poder, es la lucha de la memoria contra el olvido”. A veces queremos olvidar la manera en que creíamos, en que sonreíamos, en que amábamos. Por enojos o por caprichos, por viejas broncas o angustias, por esas cosas de la vida o esas cosas de la muerte, pensamos que podemos dejar atrás quiénes somos, las historias que viven dentro, a aquellos que nos hacen vibrar, la bendición de reenamorarnos, o la armonía que nos da la fe.

Hay ocasiones donde olvidar es un don. Pero aprender a recordar bien, es un arte. El autor español Ramón Gómez de la Serna escribió: “Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo”. Es en este hoy donde estamos llamados a ser generadores de recuerdos del mañana. El desafío a la memoria está en nuestro trabajo creativo de momentos de inspiración. Esos instantes de espíritu que nos hacen eternos. Como el mirar a los ojos a nuestros nietos y regalarles una bendición, y entonces escuchar a nuestros hijos allí presentes decir con la voz quebrada: “Esta imagen, nunca la voy a olvidar”.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.