El presidente argentino, Alberto Fernández, habla cerca de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en un escenario frente a la casa de gobierno después de su asunción, en Buenos Aires, Argentina, 10 de diciembre de 2019. REUTERS/Ueslei Marcelino
El presidente argentino, Alberto Fernández, habla cerca de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en un escenario frente a la casa de gobierno después de su asunción, en Buenos Aires, Argentina, 10 de diciembre de 2019. REUTERS/Ueslei Marcelino

Es el espacio que ocupan los que, por vocación, se hacen cargo del destino colectivo. Si ellos existen, hay nación; en otros casos, como el nuestro, su ausencia marca el duro camino de una triste decadencia. Lo colectivo es, necesita ser, un desarrollo distinto al individual. Las generaciones aportan poetas y músicos, deportistas y empresarios, y también suelen aportar estadistas. No siempre: a veces, como ahora, no solo no abundan sino que ni siquiera aparecen. Llevamos 45 años de caída, con dictadura primero, con democracia después, pero sin parar de caer, y divididos, imprescindible en toda caída, cosa de poder echarle la culpa al otro, al enemigo, que para eso, y solo para eso le damos entidad. Cultivamos odios profundos, somos tan malos gobernando que terminamos en una alternancia de fracasos. El partido que más se expresa es el de la complicidad. Algunos vemos la trama del acuerdo entre aquellos que dicen diferenciarse y en rigor solo ensayan simulaciones de sus negociados. Los nombramientos desnudan la concepción de ausencia de lo colectivo al servicio de lo personal. Las estructuras políticas, los partidos, han ido desapareciendo, y los debates de ideas quedaron reducidos a los periodistas. El resto, el poder real, el de las corporaciones y empresas, ese se ve reflejado en los personajes que ocupan los cargos. Se fueron los del “mejor equipo de los últimos 50 años”, tan exitosos en su inutilidad como exuberantes en su medianía. Su logro principal fue genial: el retorno de Cristina Kirchner, a la que insistieron tanto en odiar mientras fracasaban que solo fueron exitosos en devolverla al poder. Forjadores de odios y fracasos, la consecuencia infalible era el triunfo de su enemigo. Y CFK al elegir a Alberto Fernández asume errores, achica en mucho el espacio de la provocación y desarma de esa manera los exagerados temores que sembró Mauricio Macri para ocultar su impericia. Claro que superar el 40% con semejante fracaso solo se explica por el miedo al kirchnerismo, al retorno de la política de la provocación, tan extendida en el segundo gobierno.

La codicia de los ricos fue importante en toda la historia de la humanidad. Hubo tiempos donde compartía cartel con el talento, las artes y las ciencias; ahora la desmesura de la distancia que la separa del resto de los mortales le confiere una impunidad agresiva, y se ha instalado como la única expresión del éxito. La virtud que se respeta es la codicia. El deporte se admira como divertimento de pueblos y poderosos; la belleza, como objeto a apropiarse.

Hubo tiempos donde la política contenía la rebeldía: Perón las supo poner en paralelo. Ahora se alinean las mediocridades de los cargos rentados, instalando la acidez del pusilánime. No logramos salir de la transición, de esos tiempos donde todo se vive con la desesperación del necesitado y la impotencia de la desesperanza. Algunos del PRO todavía insisten en haber gestado mejorías. Uno no termina de entender si es ignorancia o cinismo, o genio creativo. Encontrar virtudes en un Macri, que incrementó la deuda, la inflación y la pobreza, es tarea reservada para un premio Nobel.

El Gobierno va imponiendo la cordura sobre pequeños bolsones de provocación, restos de su universo anterior. La oposición busca un jefe y un destino; el antiperonismo es un estado del alma, pero no alcanza para saber qué rumbo los convoca. Se agotaron los dólares pedidos para fugar ganancias de dudosa procedencia. No fueron más lejos que eso. Primero con Menem, que se robó las empresas del Estado; luego, con Macri, llevaron sus ganancias a la desmesura. El mundo de los negocios les financió la huida de lo saqueado, y el neoliberalismo terminó siendo tan solo eso, al menos en su oscura versión colonial.

Quienes imaginen la ética como propiedad de uno de los lados de la grieta o son inocentes o son perversos. Se roba con los cuadernos o con los bancos y las privatizadas: la pobreza es el termómetro que marca la dimensión de esa herida.

El doctor Zaffaroni celebró sus 80 años con una fiesta kirchnerista. Es un claro ejemplo de ese universo: en la dictadura fue juez y, al igual que Néstor y Cristina, no se le conoce un solo gesto a favor de los perseguidos. Y luego, la fe del converso en todos ellos: sobreactúan hasta con Justicia Legítima. Es un partido de los más importantes, y se ocupa de convocar a los oportunistas, que son la especie que más se multiplica en las decadencias.