Presidencia
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¿Por qué un candidato con la posibilidad de presentarse por un segundo mandato, con un triunfo en elecciones de medio término en su haber y en el marco de un sistema fuertemente presidencialista, donde los recursos y la cultura política son propensos a otorgar importantes ventajas comparativas a un presidente que busca la reelección, pierde?

Seguramente la explicación -como suele pasar en ciencias sociales- es multicausal y rehúye de análisis simplistas. Sin embargo, podríamos señalar que sin dudas uno de esos factores se vincula a la errática expectativa permanente que alimentó el gobierno desde la campaña de 2015 que lo llevó al poder hasta la derrota de octubre de 2019. Quizás, como señala parte de la bibliografía sobre comunicación política, se puede ganar y gobernar en un estado de “campaña permanente”, pero no se puede hacerlo en uno de “expectativa permanente”. Más aún, si esas expectativas son constantamente frustradas y aplazadas en el tiempo para colocarse en un supuesto futuro que nunca llega.

Los primeros 30 días

A un mes de colocarse la codiciada banda presidencial, Alberto Fernández goza ese fenómeno de popularidad que en la jerga politológica es conocido como “luna de miel” (Grossman y Kumar, 1981). Con el resultado de la contienda electoral todavía muy fresco y presente en el imaginario popular, el mandatario goza de mejores niveles de aprobación que hace dos meses, un cierto encanto por parte de la opinión pública –inusual para gobiernos de dos o más años- y la percepción de que “aún está asumiendo” y empezando a tomar decisiones trascendentes.

Resulta incierto determinar cuándo se acabará este momento idílico entre el electorado y el mandatario. Para algunos presidentes, la “luna de miel” dura un mes, para otros los famosos 100 primeros días. Una duración que dependerá de coyunturas y estará condicionada por las propias decisiones de política pública.

Pero lo único cierto es que, más tarde o más temprano, esta suerte de “período de gracia” se termina, y lo más importante no es determinar o predecir cuándo esto vaya a ocurrir, sino ser pragmáticos en el quehacer cotidiano mientras dure. El gobierno del Frente de Todos parece haberlo entendido así, tanto en la Nación como en la provincia de Buenos Aires, lo que se materializa en la decisión de que el escenario actual sea el marco en el cual se tomen las decisiones económicas más urgentes y, en muchos casos, más difíciles por su potencialidad conflictiva en términos de la tradicional puja distributiva que caracteriza a nuestro país.

Así las cosas, en estos treinta días el gobierno pareciera haberse hecho de los instrumentos necesarios –entre ellos la Ley de Solidaridad y Reactivación Productiva, y la declaración de la emergencia económica- para gobernar en una tormenta como la actual. En este marco, la opinión publica ya comienza a pronunciarse sobre él y su gestión, y los números se difunden en varias encuestas publicadas en los últimos días. Su aprobación en la opinión publica aumentó respecto a octubre –en gran medida gracias al “efecto ganador”-, su nivel de conocimiento también se incrementó y la expectativa sobre su gobierno siguió la inercia mencionada. Cabe remarcar, que, como toda figura pública, no solo subió la opinión positiva que las personas tiene sobre él. También lo hizo su imagen negativa.

Naturalmente los políticos tienen que aprender a convivir con ambas imágenes, ya que se trata de dos caras de la misma moneda. Nunca una imagen es totalmente positiva o totalmente negativa. Pero como esgrimía hace 600 años el alquimista suizo y actual referente de la toxicología, Paracelso, “la dosis diferencia un veneno de un remedio”. En otras palabras, parte del desafío de mantener una imagen positiva en la opinión pública es saber conjurar tanto la positividad como la negatividad.

De la expectativa a los hechos

Estos 30 días de gobierno evocan todavía aquella expectativa fundacional que todo gobierno ensalza al asumir. Lo grave no es que existan movimientos en torno a la opinión de los electores sobre un presidente, su gestión o las esperanzas sobre su gobierno. La opinión pública no es estática, está viva; las personas cambian su opinión y modifican sus expectativas.

Lo grave sería que un gobierno viera cómo sube la imagen negativa sin que se reaccione a tiempo. Parte de este diagnóstico involucra lo que ocurrió en el último tramo del gobierno anterior. La debacle económica ahuyentó el único capital que la gestión de Macri había alimentado desde que asumió el poder en 2015: la expectativa. Frustradas las expectativas, el desconcierto y las conductas erráticas se instalaron en el centro de la escena.

Los argentinos somos plenamente conscientes de que estamos atravesando una crisis de gran profundidad, y múltiples ramificaciones. De eso no caben dudas. La aceptación de que “hay que pasar el invierno” y para ello es necesario hacer esfuerzos –ser solidarios, en términos del relato instalado por el gobierno nacional- parece haber calado hondo en los argentinos. Sin embargo, todo esfuerzo necesita ser recompensado. En algún momento, tiene que aparecer un signo de recuperación, una noticia positiva, algo que alivie los golpeados bolsillos de los ciudadanos de a pie y que sacie la primera necesidad apuntada en la Pirámide de Maslow, es decir comer y otras necesidades fisiológicas, lo que resumidamente podríamos llamar “la heladera”.

Quizás la mayor enseñanza de la experiencia Cambiemos que tiene hoy Alberto Fernández ante sí sea el hecho de que no se puede gobernar cuatro años sólo con expectativa. Para Macri, el “segundo semestre” no llegó jamás; los “brotes verdes” nunca germinaron; y la tantas veces prometida “lluvia de inversiones” no logró precipitarse sobre el suelo argentino.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia 2019)