El canciller Felipe Solá (NA)
El canciller Felipe Solá (NA)

Cuando releemos la historia e las relaciones internacionales, tomamos conciencia, rápidamente, de que los países exitosos basaron su acción en una lectura correcta de la realidad internacional y acertaron, así, en elegir el lugar apropiado donde se debían insertar.

En síntesis, acertar el lugar desde el cual se pueden sacar las mayores ventajas para realizar una política exterior adecuada, que impulse el crecimiento y el desarrollo nacional, es la primera gran elección. Se trata de elegir el lugar adonde se debe posicionar un Estado, dentro del marco global, para poder usufructuar los mayores beneficios posibles.

Quien definió ese camino con claridad fue lord William Gladstone, primer ministro inglés, quien en los primeros años del siglo XIX indicó claramente que Inglaterra no tenía “amigos permanentes”, sino que tenía ”intereses permanentes”.

En ese marco es importante conocer, en la etapa actual, cuáles son los “intereses permanentes” que en materia de política exterior tiene hoy la Argentina ante un nuevo mundo, globalizado, hostil y competitivo, donde las principales potencias están llevando a cabo una guerra comercial y tecnológica que definirá, el poder mundial del siglo XXI.

La aparición de China como actor principal de la escena global, unida a la pérdida de poder de los Estados Unidos en Medio Oriente, con el ascenso de Rusia e Irán, significa un mapa mundial mucho más difícil y muy diferente al que existía hace poco tiempo durante el gobierno de Barack Obama.

La lucha tecnológica que China le ha plantado a los Estados Unidos nos involucra, nos guste o no. La resolución acerca de si la Argentina -como Brasil y muy posiblemente, Francia y Alemania- acepta elegir el 5G de sistema chino debe ser una decisión tomada con responsabilidad pero sin miedo, midiendo las consecuencias respecto al futuro de los argentinos, tomando en cuenta el futuro y no las amenazas y los chantajes políticos de otra potencia.

La enorme distancia geográfica de nuestro país de las zonas de conflicto bélico se han ido achicando y hoy los ataques no son los tradicionales. Lamentablemente ya hemos experimentado los argentinos en carne propia al terrorismo internacional, y por ello la Argentina debe evaluar en profundidad sus apoyos y acciones en zonas que no afectan directamente nuestros objetivos nacionales. No debemos cometer errores en apoyos o enfrentamientos que nos puedan arrastrar a conflictos que no están en nuestra órbita.

No obstante, es imposible refugiarse en el Estado nacional, tanto a nivel económico como político. La aldea global existe y tiene sus reglas y sus custodios, que velan por su propio interés. La cooperación internaciona, prácticamente ha desparecido y solo se manifiesta como asistencia en los casos extremos, de refugiados o de tragedias climáticas o humanitarias.

El desarrollo global es, en la etapa actual, un asunto de cada Estado. Las Naciones Unidas establecen pautas para lograrlo, pero el dinero y los planes son responsabilidad individual, no colectiva.

En nuestra región, la unidad latinoamericana sigue siendo una utopía y, después de una década de alza de los productos agrícolas y de los commodities, la falta de proyectos de desarrollo se hace sentir cada vez más, incrementando la inestabilidad política y afectando la gobernabilidad.

La pobreza extrema sigue existiendo en grandes capas de la población latinoamericana y las diferencias económico-sociales no se reducen. Al contrario: aumentan y muchas veces hacen eclosión en las calles afectando al sistema político, que no puede contener las protestas.

En esta escena, el nuevo gobierno argentino se encuentra ante una difícil coyuntura y está obligado a solucionar sus problemas en forma casi solitaria, ante la falta de cohesión política regional, alentada por quienes se desviven por hacer concesiones, para agradar al poder financiero internacional.

Al recibir una pesadísima herencia económica, con una deuda externa abultada y a pagar en un corto plazo al Fondo Monetario Internacional (además de la deuda a los bancos y fondos privados), al gobierno de Alberto Fernández le queda un margen de maniobra muy estrecho y difícil, ya que se entremezcla con temas y cuestiones geopolíticas de envergadura, donde el principal accionista del FMI tiene intereses particulares y hace sentir su presencia, como lo son las realidades de Venezuela y de Bolivia, por nombrar solamente a las más conocidas y cercanas a los intereses de los argentinos.

La vía entonces para definir el accionar del Gobierno es saber definir cuál es el interés nacional argentino en esta etapa histórica. La Argentina no es un Estado fallido ni un país sin importancia: posee innumerables riquezas y abundantes recursos humanos para poder enfrentar los desafíos de esta nueva realidad muy compleja y por estas razones volverá a salir adelante.

Para ello tiene que quedar claro que la sumisión y el sometimiento ideológico no son los caminos a seguir, como tampoco el enfrentamiento inútil a los poderosos, o la provocación arrogante, que termina como terminamos en Malvinas: derrotados y humillados por haber sobrevalorado el coraje por sobre la eficacia, ignorando que las reglas internacionales siempre le dan la razón al que triunfa.

Es por todo ello que quienes ejercen el poder deben sopesar cuidadosamente hasta dónde se deben y pueden sostener políticas de solidaridad y de apoyo a países vecinos, sin perder de vista que el objetivo principal es que la Argentina salga de su larga crisis económico-social y que para ello, es imprescindible saber leer las necesidades, objetivos y prioridades de aquellos que tienen mayores cuotas de poder, sin que ello implique agachar la cabeza y obedecer. La sumisión no lleva, por lo general, a un mejor destino.

El autor es diplomático y fue representante permanente ante la ONU