El presidente argentino, Alberto Fernández, habla cerca de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en un escenario frente a la casa de gobierno después de su asunción, en Buenos Aires, Argentina, 10 de diciembre de 2019. REUTERS/Ueslei Marcelino
El presidente argentino, Alberto Fernández, habla cerca de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en un escenario frente a la casa de gobierno después de su asunción, en Buenos Aires, Argentina, 10 de diciembre de 2019. REUTERS/Ueslei Marcelino

Con el nuevo gobierno que asumió el pasado 10 de diciembre de 2019, no solo comienza una nueva experiencia política y lo que parece ser un nuevo estilo de gestionar lo público, sino que el fin de año marca el inicio una nueva década.

En este marco, la historia suele ser un sitio necesario al cual volver periódicamente para revisar el continuum de nuestros actos. Está claro que para avanzar no podemos sólo quedarnos observando las huellas de nuestras pisadas, pero sí podemos acudir a ellas para analizar qué decisiones habíamos tomado en un contexto anterior y juzgar el fruto de dichas acciones de cara al futuro. En definitiva, aprender de nuestros errores para no repetirlos.

Hoy, la economía y la política, al igual que hace diez años, están en el ojo del huracán. Los magros resultados del gobierno de Mauricio Macri dan cuenta con claridad meridiana de la indisociabilidad que existe entre el ejercicio de la política y el manejo de la economía. No existe política que se sostenga en el tiempo si no tiene una economía estable como escolta. Como tampoco existe un modelo económico solvente sin una política que incluya a los ciudadanos, escuche sus reclamos e incorpore sus demandas.

Economía: del “gigante despierto” a la búsqueda de nuevos mercados

La década inaugurada en el 2010 continuó con la inercia de sus años previos. China y su población de 1.3 miles de millones se estaba alimentando como nunca antes en el siglo XX, y para ello demandaba alimentos y materias primas. Su mercado predilecto para obtenerlos fue América Latina, donde sus países vieron crecer sus exportaciones de commodities y con ello un inusitado ingreso de divisas engrosó las arcas estatales, haciendo crecer sus economías a tasas inéditas. Todo ello parecía dejar atrás los vestigios de la calamitosa década de 1980 y la inestabilidad de la de 1990.

La soja y la carne de Argentina y Brasil, el gas de Bolivia, el cobre chileno, el petróleo venezolano son sólo algunos de los elementos que no han dejado de ser transportados en barcos desde occidente a oriente, teniendo como contrapartida no solo los dólares propios de la operación comercial, sino una estrecha vinculación económica materializada en inversiones chinas en la región y, asimismo, una abultada deuda de los países latinoamericanos con el gigante asiático.

Sin embargo, el contexto actual es muy distinto del de aquel entonces. El idilio entre el país más poblado del mundo con la región más desigual del planeta parece estar agotándose. Si bien los chinos siguen alimentándose, su materia prima ahora proviene de diversas regiones. Hay quienes señalan que sus ojos ya no están puestos exclusivamente en América Latina, sino que lentamente viran hacia África, augurando que los próximos diez años –y gracias a la demanda china de alimentos y materias primas- crecerá más que otros continentes.

Así las cosas, Argentina, como uno de los cinco países que más productos primarios exportó al gigante asiático entre 2000 y 2019, tiene un desafío claro por delante. Como lo anticipó el flamante gobierno nacional, es la hora de que la cartera exterior comience a buscar con mayor empeño dónde generar nuevas oportunidades y cómo fortalecer diversos mercados donde colocar los productos primarios argentinos. Y, al mismo tiempo, poner todo el empeño en la diversificación de la matriz productiva argentina que permita cada vez más aportar valor agregado a los productos primarios y se plantee un proyecto de desarrollo industrial y tecnológico.

Política: de la grieta a la unidad

Hace diez años, en los albores de la década que acaba de concluir, el país atravesaba un contexto político muy disímil al que le toca transitar actualmente. Los masivos festejos del bicentenario de la revolución de mayo fueron quizás una de las ultimas coyunturas en donde los argentinos vivieron algún tipo de unidad.

Es evidente que este tiempo no se ha caracterizado por el encuentro, el diálogo y la construcción de consensos. La crispación fue no sólo un sentir extendido en la sociedad, sino también un recurso que la política aprovechó con fines estratégicos y electorales a través de fenómenos como la polarización, que ensancharon la tan mentada “grieta”. Si bien diversas fuerzas y actores han ido diagnosticando sus causas, señalado su vinculación con fenómenos muy arraigados en la historia y la cultura política argentina, y planteando públicamente la necesidad de superarla, lo cierto es que, hasta ahora, esto no ha ocurrido ni parece una tarea en absoluto fácil.

Para superar el antagonismo del que se han alimentado distintos sectores políticos es necesario un gran acuerdo nacional. Esto no se trata de un mero eslogan ni de una declaración políticamente correcta, sino de una verdadera necesidad para avanzar e intentar romper con ese perpetuo movimiento pendular en que los argentinos estamos atrapados casi desde los orígenes del proceso de organización nacional.

Pero para poder acordar, todas las partes deben ceder algo en lo inmediato en pos de ganar algo en el mediano y largo plazo. En un país tan acostumbrado a padecer recurrentes crisis, y desarrollar estrategias de supervivencia muy a menudo asociadas al “sálvese quién pueda”, se trata de un camino con numerosos obstáculos.

El objetivo está claro: el consenso, la unión, el fin de la grieta. El gobierno de Fernández comenzó su gestión enumerando aquellos esfuerzos que los argentinos tienen que hacer hoy para poder encaminar la economía y estabilizar la situación política. Sin embargo, para asumir estos esfuerzos será clave articular discursivamente un relato inclusivo que nos muestre con claridad hacia dónde se va y lo conveniente del camino por transitar.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)