El presidente Alberto Fernández
El presidente Alberto Fernández

Era el título de un libro de Graham Greene que leí en mi secundaria. Tema complejo el del poder, su manera de apreciarlo suele definir sociedades. Decimos admirar un capitalismo donde el triunfador es el creativo que genera riqueza y lo hacemos ejerciendo la viveza del parásito como sustituto del talento. El Estado termina siendo el único, o mejor dicho, el último refugio para la pretensión de los triunfadores, en una sociedad en decadencia se encuentra entre sus pliegos trabajo para parientes y amigos, negocios para conocidos o cómplices, apoyo para su mundo distante del colectivo. Eso estamos viviendo ahora: una dirigencia que se convirtió en clase social y trabaja principalmente para sí misma, para su propio servicio. Alguna vez propuse que todo cargo electivo tuviera una sola relección, desde gobernador a rector, desde sindicalista a legislador. Nunca fui escuchado. Otra opción importante hubiera sido que cada funcionario fuera acompañado por un número determinado de personas cuyos cargos caducaran el mismo día de su renuncia, de manera que nadie pudiera ser incorporado a una supuesta “planta permanente” que implica una injusta forma de jubilación definitiva. Y finalmente, que toda persona nombrada en el Estado lleve la firma de su mentor o impulsor, para dejar en claro el daño que muchos le hacen al erario colectivo acomodando parientes y amigos. Que no me vengan con el cuento de los “concursos”, se convirtieron en la forma más perversa del acomodo.

Desde el retorno de la democracia, los poderes que anteriormente se expresaban con las fuerzas armadas, cambiaron su rumbo y se ocuparon de aprisionar políticos para defender sus intereses. Así, la misma estructura de los partidos se convirtió en un mundo cerrado que sustituyó lo colectivo por lo particular de cada sector. Los intelectuales y pensadores pasaron a ocupar el lugar de simple decorado del poder económico y los partidos fueron vaciados de sus contenidos, quedando las denominaciones para ocupar el lugar de la nostalgia. Así las cosas también los cargos dejaron de honrar a sus ocupantes. Nunca ser ministro ni legislador fue tan poco respetado en nuestra historia como ahora, antes solían ser controvertidos; era así mientras el talento y la pasión aportaban el honor de ser elegidos. Ahora, en ese triste desarrollo nacieron las componendas donde conviven las fuerzas políticas a cambio del reparto de nombramientos y prebendas, donde la pertenencia al club implica riquezas difíciles de explicar y que en lugar de actuar como una carga terminan siendo una cucarda para el oscuro portador. Había nacido el partido de los “operadores” finalmente asumido como de los “cómplices”, donde solo algún inocente desprevenido o un perverso pueden imaginar que la moral es propiedad de una de las dos facciones de la grieta. Les resulta difícil entender que si en algún lugar esa enfermedad no existe es en la miseria de la codicia. Unos roban con cuadernos en su primitivismo y otros ya formados en esas lides lo hacen con los bancos y las privatizadas. Es todo tan absurdo que los que robaban con cuadernos fueron capaces de pagar la deuda en lugar de pedir prestado para fugar sus ganancias, mientras que los que vinieron a dar cursos de “ética republicana” llegaron a ponderar “la virtud de no haber endeudado”. Sólo al expresarlo ya estaban preparando una brutal fuga de divisas. Ellos, que nos habían prometido inversiones nos avisaban que era un error: se referían a “evasiones”. Y además de todo, dejaron como virtud el miedo al fantasma de Venezuela y una pretensión justiciera absurda, habiendo sido ellos siempre parte esencial de la corrupción. Ni los kirchneristas tienen derecho a cuestionar la Justicia ni mucho menos los macristas ya que ambos grupos son portadores del virus de los negociados. No es que la Justicia sea sublime, pero por suerte es mejor que ambas bandas supuestamente políticas y esencialmente comerciales. Ninguno de los dos lados de la grieta es un dechado de virtudes, por eso resulta absurdo e irracional ocuparnos de exagerar sus defecto: con los que aporta el macrismo y el kirchnerismo alcanza y sobra, lo otro es imaginación de los que odian y sólo sirve a la perversión de sus rencores. Los que vinieron a “achicar el Estado para agrandar la nación” fueron tan brutos que terminaron destruyendo lo privado y convirtiendo al Estado en el último refugio de la iniciativa privada.

Hace tiempo, mucho, que no pido nada del poder para guardar mi derecho a criticarlo. Voté a Macri sólo para huir de Scioli, ya ni guardo certeza de que hubiera sido peor, ni si eso era posible. Ahora voté a Alberto, que es infinitamente mejor que Macri. En lugar de pedir para evadir, intenta ahorrar para pagar como hizo Néstor en su mejor momento. Igual no me gusta demasiado este reparto de cargos a amigos y mediocridades, este asumir el poder como un espacio de realización de ambiciones con más complicidad que talento y generosidad. Todos nos conocemos y sabemos en qué estamos y a qué intereses responden algunos de los de siempre. Para ser mejor que Macri no se necesita mucho; para estar a la altura de la historia hace falta un gran esfuerzo, todavía bastante, demasiado. Se trata de encontrar un rumbo y una convocatoria mucho más allá de los amigos de siempre. Es recuperar el sueño de construir un destino colectivo, tarea de estadistas, ausentes hasta el momento. Intentemos resolverlo, estamos obligados a hacerlo para podernos desear mutuamente un Feliz Año Nuevo.