Santiago Maldonado y Alberto Nisman
Santiago Maldonado y Alberto Nisman

El 25 de enero de 2015 fue un día tremendo para la Argentina: el fiscal que acababa de denunciar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por traición a la patria, y que estaba a pocas horas de exponer sus fundamentos ante la Cámara de Diputados apareció muerto de un disparo en su departamento. Su cuerpo, desparramado en un charco de sangre en el baño. Dos años y medio después, otra situación conmovió al país: había desaparecido un joven en el Sur, en el marco de un operativo de Gendarmería, cuyo objetivo era despejar una ruta cortada por una pequeña comunidad mapuche. Días antes, altos funcionarios del Gobierno habían anunciado que serían implacables con los mapuches. Los apellidos de los dos protagonistas de estas historias tan tristes -Nisman y Maldonado- estaban destinados a ocupar el centro del debate político y judicial y a dejar marcas en la historia de muchas personas y en la de todo un país. Esa situación se reavivó esta semana cuando la flamante ministra de Seguridad, Sabina Frederic, sostuvo que el nuevo Gobierno revisaría ambos temas.

En el debate sobre qué ocurrió con Nisman y con Maldonado hay un hecho virtuoso. La sociedad argentina tiene una especial sensibilidad para medirse con la muerte. Tal vez por las marcas de lo ocurrido en los años setenta, por el apego social a la conmovedora consigna del “Nunca más”, la aparición de un cadáver o la desaparición de una persona, cuando hay algún indicio de participación del poder político en el hecho, aquí no pasa desapercibida. Genera reacciones enormes, movilizaciones gigantescas, debates y acusaciones muy duras. Mientras en distintos países del continente muchas personas mueren como si tal cosa, aquí esto no sucede: al poder se le exige una respuesta, no se tolera que mire para otro lado.

La vicepresidenta Cristina Kirchner (REUTERS/Agustin Marcarian)
La vicepresidenta Cristina Kirchner (REUTERS/Agustin Marcarian)

Sin embargo, a esa virtud se le agregan otros rasgos más controvertidos. El natural y justo reclamo de justicia en los casos de Nisman y Maldonado fue acompañado por la necesidad que tuvo mucha gente de demostrar, de manera categórica y definitiva, que Cristina Kirchner y Mauricio Macri son, palabras más, palabras menos, dos asesinos. Desde el mismo momento que se conocieron los hechos -la muerte de uno, la desaparición del otro- se pusieron en marcha dispositivos destinados a imponer versiones terribles sobre Kirchner y Macri: una había ordenado el asesinato de Nisman, el otro tenía su primer desaparecido. Los principales líderes políticos y gran parte de los referentes periodísticos del país se embarcaron en esas batallas y estimularon así reflejos ya muy cristalizados en la sociedad.

Kirchner y Macri han sido dos presidentes democráticos de la Argentina. Cada uno de ellos tiene virtudes y defectos, cuyo tamaño dependerá de la percepción y los gustos de cada persona. Pero, casi cuatro años después de la aparición del cadaver de Nisman y más de dos años de la desaparición del cuerpo de Maldonado, sostener que Cristina mandó a matar a uno o Macri a desaparecer al otro es, claramente, un desatino. No hay ninguna evidencia para sostener que Cristina tuvo algo que ver con la muerte de Nisman ni Macri con la de Maldonado. En momentos en que algunas personas descreen de la teoría de Darwin, del efecto positivo de las vacunas en la prevención de enfermedades o de la manera en que Cristóbal Colón describía la forma de la tierra, cualquiera puede decir cualquier cosa: pero los hechos son los hechos.

Patricia Bullrich y Mauricio Macri (Presidencia)
Patricia Bullrich y Mauricio Macri (Presidencia)

Sin embargo, y pese a esa evidencia, para muchas personas, aquel que sostiene que Cristina no mató a Nisman se transforma inmediatamente en un encubridor, en un sospechoso o en un cómplice. Y, en otros ámbitos, es casi un sacrilegio postular que Macri no tuvo responsabilidad directa en lo que le ocurrió a Santiago Maldonado: las miradas se endurecen, los cuerpos se tensan, se impone un silencio horrible.

La razón para que esto ocurra es fácil de encontrar: Nisman y Maldonado, para muchos sectores de poder, se han transformado en un instrumento, en una especie de proyectil para disparar contra aquel que la enfermedad de la grieta ha transformado en un enemigo. No importa la verdad que surja de esas historias sino que sirvan como un instrumento político demoledor: Cristina debe ser una asesina aunque no lo sea, Macri debe ser un asesino aunque no lo sea. Naturalmente, quien piensa a priori que Macri es un asesino, concluye rápidamente que Cristina es inocente y viceversa. La misma enfermedad de los unos, y de los otros, pero en sentido inverso. Las personas involucradas en esas batallas, entonces, pierden de dimensión que hay un hecho que es necesario investigar para, en cambio, forzar todo lo que ocurre en una dirección y, de esta manera, dificultar la construcción de la verdad.

En función de esos objetivos, se puede hacer cualquier cosa. Para un sector de la sociedad, que lo consideraba sospechoso por sus largos años de alineamiento con el kirchnerismo, Nisman pasó a ser un héroe en cuestión de segundos. Para el kirchnerismo, que durante una década lo sostuvo como el superfiscal que debía investigar el acto terrorista más terrible de la historia, Nisman pasó a ser un juergero, adicto y ladrón: en los días posteriores a su muerte, sus hijas menores de edad tuvieron que ser testigos de una catarata de miserias que, sobre su padre, difundía el gobierno que lo había designado. Patricia Bullrich desde el primer día sostenía que la Gendarmería era inocente y echaba a rodar versiones falsas sobre dónde estaba Maldonado. Los medios K acusaban directamente a Macri y difundían otras tantas versiones falsas: lo habían llevado en una camioneta, por ejemplo.

Santiago Maldonado (Franco Fafasuli)
Santiago Maldonado (Franco Fafasuli)

Los hechos son bastante categóricos. Luego de cuatro años de Mauricio Macri en el poder, lo único que existe es una pericia que llega a la conclusión de que Nisman no se suicidó. Esa pericia es muy discutida. Pero aún si sus conclusiones fueran correctas: ¿cómo se llega de allí a Cristina? En el caso Maldonado, hubo peritos de primer nivel, y de múltiples procedencias, que concluyeron que el joven se ahogó durante el operativo, mientras huía de Gendarmería. Nadie lo secuestró ni lo lastimó previamente. A la Justicia le queda determinar si la manera en que Gendarmería realizó el operativo fue determinante en la decisión de Maldonado de arrojarse a un río correntoso sin saber nadar. Si concluyera eso, ¿cómo podría llegar alguien a la conclusión de que Macri ordenó su desaparición? La convivencia de esos dos procesos simultáneos -uno virtuoso, que reclama justicia ante la muerte o la desaparición de una persona, con otro más enredado, que intenta utilizar con fines políticos esa muerte o esa desaparición- produce un evidente dilema: cómo separar una cosa de la otra. En una sociedad ideal, la intervención de la Justicia debería operar como un factor de equilibrio y sanación. Personas respetadas deberían investigar lo sucedido y emitir su veredicto. Esas decisiones siempre dejan disconformes, aun en las mejores familias, y siempre contemplan algún margen de error. Pero si hubiera una Justicia respetable, tal vez estas historia tendrían algún final. No es lo que ocurre en la Argentina.

Pero a eso se le agrega otro detalle. En tiempos de grieta, cualquier fallo definitorio ubicará al juez en un lugar terrible. Los costos de concluir, en este contexto, que a Nisman lo mataron o que no, que los gendarmes son culpables o inocentes, son tan enormes que, al final, mejor posponer, cajonear, silbar bajito y que sea otro el que resuelva cuando las aguas se hayan calmado.

Cuando la fortísima necesidad de demostrar que Cristina o Macri son asesinos irrumpe de esta manera en el justo reclamo de justicia, puede ser que finalmente lo anule, lo fagocite, lo ensucie y, finalmente, lo lleve a un callejón sin salida. Si es así, como parece que es, todo el proceso deja a la sociedad inerme, desconfiada, y ante la triste alternativa de encoger los hombros, aceptar la frustración y seguir andando con la sensación de que este país, el nuestro, sufre problemas serios que difícilmente tengan remedio.

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