El presidente Alberto Fernández y el jefe de Gabinete Santiago Cafiero (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo)
El presidente Alberto Fernández y el jefe de Gabinete Santiago Cafiero (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo)

El egoísmo de los poderes económicos tiene excesiva vigencia en nuestra realidad, impone limitaciones a la política e intenta además hacerlo con nuestro destino. Mientras el mundo, desde China a Bolivia, demuestra cómo se puede integrar masas de habitantes a la sociedad, nosotros ni siquiera podemos discutir otro objetivo que el del crecimiento constante de la pobreza y la limosna del subsidio. En síntesis, mientras la mayoría de las naciones son un ejemplo de integración social nosotros transitamos el camino inverso y nos vamos acostumbrando a convivir con los que caen en la indigencia. El crecimiento y la integración constituyen la memoria de todas las convicciones políticas, tan compartidas dichas virtudes en el pasado como la miseria y el endeudamiento que imponen sus garras en las últimas décadas. Hubo un ciclo histórico finalizado en los 70, donde el crecimiento tenía altibajos mientras la decadencia no asomaba como opción. La dictadura y los desaparecidos acompañados por una derrota militar son el origen de la deuda y la destrucción del patrimonio colectivo, ese que forjamos entre todos y luego regalamos al privatizar inventando “supuestas inversiones” que jamás existieron. Entonces aprendimos a pedir prestado para que se pudieran llevar las ganancias los parásitos, a convertir la fuga de capitales en el rostro horrible de nuestra dependencia. Hubo tiempos donde nos comportamos como nación mientras ahora lo hacemos ya cercanos a la situación de colonia. Desregular fue el nombre que autorizó al poderoso para poder impunemente avanzar en la marginación del débil. Todo lo rentable es de los grandes grupos, desde los quioscos a los bares, desde las farmacias a las heladerías.

Cada tanto nos prestan y gastamos de más; cada tanto debemos pagar las deudas y ajustamos los gastos. Si no fuera un ciclo reiterado hasta el cansancio, si no viviéramos todo esto como un callejón sin salida, si no fuera una condena bíblica, sería una costumbre de vivir al límite. Uno gasta de más y el otro ahorra, una vez cada uno; a veces ahorra el que gasta y otras invierten lugares. Igual, es duro de soportar. Se asemeja a una condena, donde dos minorías fanatizadas están seguras del destino elegido y una mayoría deambula sin lograr entender la razón de los odios en juego y el amargo fruto de su decadencia. Hubo tiempos de coincidencia, de crecimiento, de encuentros, sin sueños de grandeza, que de nada sirven, con millones de inmigrantes que elegían nuestro suelo como el propio. Y no tan lejanos, apenas unas décadas, no mucho más de cuatro, la dictadura hereda excusas para avanzar en su destrucción, primero contra la idea de nación, luego disolviendo las bases de ese logro colectivo.

Soy de los que opinan que la destrucción del Estado se inicia con las privatizaciones. Nadie invirtió nada, se apropiaron de lo de todos y ahora nos aplastan con sus tarifas con la excusa de supuestas inversiones que nadie hizo, que no van más allá de la usurpación corrupta de los bienes del Estado. Ellos generan riquezas enormes y piden créditos en dólares para convertir sus ganancias en moneda extranjera y huir del país. Nos prestan para que aquellos que nos expolian puedan llevarse el perverso fruto de su ignominia.

Venimos de diversos fracasos, y el último es tan definitivo como agresivo, tan dibujado de moral de los elegantes como destructor en todos sus resultados. Ahora vienen tiempos de convocatoria al diálogo, de salida del egoísmo como único motor de la codicia, esa que genera riqueza desmesurada en sus promotores a cambio de miseria en las multitudes. Vienen tiempos de encuentro y convocatoria al adversario. Debemos apoyarlos, tanto como salir a cuestionar aquellos gestos que reivindican del pasado supuestas heridas de pequeños grupos dañando y erosionando el terreno para aquello tan necesario como es el encuentro colectivo.

En lo esencial, el gobierno actual es infinitamente superior al anterior. En los detalles y algunos gestos, dista todavía bastante -diríamos demasiado- de ser una convocatoria a un futuro de logros. Hasta ahora, lo productivo es mucho más castigado que la perversa intermediación.

El gobierno que se fue no dejó nada digno de ser recuperado. El apoyo crítico al actual es la obligación de todos, esperando que la política, o sea el interés común, pueda imponerse sobre la codicia de los poderosos. Apostemos a que así sea, con la fe protegida de los escépticos para suplantar de una vez y para siempre la calculada codicia de los cínicos.