El presidente Alberto Fernández junto al jefe de Gabinete Santiago Cafiero (REUTERS/Agustin Marcarian)
El presidente Alberto Fernández junto al jefe de Gabinete Santiago Cafiero (REUTERS/Agustin Marcarian)

Hace muchos años, ante un ajuste peronista, Mariano Grondona dijo que si esta fuerza política podía distribuir y también acumular sería perfecta. El razonamiento era lógico: en una sociedad en decadencia solo quedan los nombres de los partidos; los principios hace rato que fueron dados de baja. ¿Qué fuerza política puede explicar a Menem y a Néstor? ¿Y a Alfonsín y a Macri? Ninguna. Quedan los sellos, los cánticos y nada más. Eso sí: queda el oficio político, que para esta crisis ya es mucho y significa demasiado. Cristina se equivocó, ganó Macri y le erró más de lo imaginado: logró el retorno del pasado. El gran debate se centra en discutir quién fue más dañino: sin duda Macri lo gana y por lejos. Tanto es así que el PRO, su invento, agoniza en terapia intensiva, mientras el radicalismo vuelve, por historia y por oficio, a conducir la oposición.

Tenemos dos enfermedades. La primera es la concentración económica, donde los grandes grupos se apropian de todo lo rentable, desde las farmacias a los quioscos, pasando por los bares y hasta los taxis, lo cual implica destrucción definitiva de la clase media. Quedarán ricos muy ricos, empleados de los ricos y caídos del sistema. Ese es el proyecto de Menen, Cavallo y Dromi que Macri supo con talento exagerar. Eso es decadencia. Con Cristina caíamos; con Macri lo hicimos al doble de velocidad y, además, generando deuda en dólares. El otro gran drama es que los ricos ganan aquí pero lo guardan afuera. En consecuencia, nos terminan convirtiendo en una colonia sin burguesía industrial. Por eso estamos peor que cualquier otro país del continente.

Algunos restos de Macri, de esos que dan cursos de ética después haber robado a mansalva con bancos y privatizadas, de esos que ni asumen haber dejado una sociedad con más deuda, inflación y pobreza, con lo que no podrían encontrar una virtud en su transcurrir, algunos de esos intentan criticar al gobierno por su ajuste, como si este no fuera el simple resultado del desastre que nos dejan.

El gobierno de Alberto dista mucho de ser un dechado de virtudes, pero como todo en la vida es relativo, comparado con el anterior es un lujo. Los seguidores del Pro deben asumir su fracaso por odiar la política, eso que los llevó a depender de Duran Barba y los encuestadores, ese arte que ignoran y envidian y la causa de su brutal derrota. Les quedo el miedo al otro, esa no suele ser una virtud propia sino tan solo la expresión de su ausencia.

Estamos transitando un ajuste tan discutible como necesario. Desde ya, para mi gusto, falta imponer límites a lo más importante que son los servicios privatizados, esos que Macri convirtió en verdugos de la sociedad y que son los verdaderos saqueadores de nuestra atroz realidad.

Pero no se quejen por el ajuste. Ustedes no lo querían hacer porque nada que sea necesario los convoca, porque no tienen autoridad moral ni oficio político. Los radicales han retornado a conducir la oposición con sobrada experiencia y necesaria grandeza. El PRO fue tan solo una enfermedad pasajera que intentó superar la política a manos de la codicia, los asesores y las encuestas. Heredero tardío de los golpes del pasado. Por suerte están en retirada definitiva. Eso no llena de méritos al gobierno actual, pero al menos elimina al peor de los fantasmas, la moralina de los apolíticos, esa enfermedad incurable que solo genera daños irreparables. A la vista están.