Imagen de archivo del presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, durante la ceremonia de juramentación del gobernador de Tucumán, en San Miguel de Tucumán, Argentina, Octubre 29, 2019. REUTERS/Agustín Marcarian
Imagen de archivo del presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, durante la ceremonia de juramentación del gobernador de Tucumán, en San Miguel de Tucumán, Argentina, Octubre 29, 2019. REUTERS/Agustín Marcarian

En medio de una transición política llena de incertidumbre aparece una única certeza: “El cepo llegó para quedarse”. Lo insinuó Alberto Fernández en una conferencia de prensa en México y fue ratificado por varios de sus colaboradores. Esta definición se edifica a partir de una realidad –la falta de dólares y confianza- y de un enamoramiento profesional con los controles cambiarios de no pocos economistas, maravillados por las ventajas del pragmatismo cambiario.

Pero la utilización sistemática de controles y prohibiciones cambiarias es un analgésico peligroso del cual costará desprenderse cuanto más tiempo transcurra. Una definición debe quedar clara: no existen ejemplos de países que hayan logrado crecer con estabilidad de precios aplicando un “cepo cambiario” parecido al que hoy tiene Argentina.

Los sistemas cambiarios múltiples (sean formales o ilegales) son inestables, inflacionarios y altamente distorsivos, es decir, estanflacionarios. Argentina en el siglo pasado, hasta inicios de la década del noventa, fue un claro ejemplo de persistencia de los controles de capitales y brecha cambiaria en un contexto de creciente estanflación. La brecha cambiaria en la década del ’70 promedió 55,8% (con un pico de 360%) y en la década del ’80 promedió 43,3%. La tasa de inflación en el período1960-1990 promedió 145% anual, excluyendo las hiperinflaciones de finales de los ‘80s y 307% incluyéndolas. Para no irnos tan lejos en el tiempo, Argentina en 2011-2015 es un ejemplo cercano.

La experiencia indica que, aún cuando estos esquemas son adoptados transitoriamente, la historia termina con regímenes permanentes y altamente distorsivos. Los efectos sobre el crecimiento económico de largo plazo son probadamente negativos. Barro y Lee (1993) estimaron, para un panel de 95 países entre 1965 y 1985, una pérdida de 0,3 puntos porcentuales de crecimiento por cada 10% de brecha cambiaria: es decir, con una brecha del 50% como la que tuvo Argentina entre 2011 y 2015 se perderían 1.5 puntos de crecimiento (la mitad del crecimiento potencial).

Los canales que deprimen el crecimiento son conocidos. La sobrevaluación cambiaria que tarde o temprano se genera suele convivir con grandes restricciones a las importaciones que generan un sesgo anti-exportador y una economía crecientemente cerrada al comercio internacional. Las trabas a las importaciones, muchas veces indiscriminadas, sostienen artificialmente sectores ineficientes de la economía -que no sobrevivirían sin protección- en detrimento de los sectores exportadores más competitivos. Los comportamientos de “búsquedas de renta” y la corrupción se vuelven generalizados y comienzan a ser uno de los principales incentivos perversos para sostener estos esquemas. Algo de esto vivimos hasta que el gobierno de Cambiemos decidió salir del cepo en diciembre 2015, una de las medidas más importantes de esa gestión, tristemente revertida por la crisis económica y política en septiembre de 2019.

Los sistemas cambiarios múltiples son esencialmente inestables. Cuando las inconsistencias se acumulan y la brecha cambiaria escala, se producen grandes incentivos a la ilegalidad que terminan por reducir las reservas internacionales al disminuir la oferta y aumentar la demanda de dólares en el mercado oficial. Esto termina impactando sobre la situación fiscal, al reducir el cobro de retenciones a las exportaciones y de aranceles a las importaciones. A la larga, el esquema se torna inefectivo para contener la caída de reservas y la devaluación se hace inevitable, tal como sucedió en Argentina 1975 y 1989 o en Venezuela 1990 y 2013.

La evidencia demuestra que es fácil entrar a los controles cambiarios pero muy difícil salir sin saltos discretos en el tipo de cambio. A la larga, la única solución termina siendo eliminar las restricciones y permitir que el tipo de cambio refleje la escasez relativa de divisas. Claro que esa solución –sin un plan de estabilización consistente- suele tener enormes costos inflacionarios y recesivos, tal como demostraron las muchas complicaciones que enfrentó el fallido intento de estabilización en 2016-2019. Remover los controles es condición necesaria pero no suficiente.

Se puede especular sobre toda clase de medidas que tomaría el próximo gobierno pero hasta hoy existe una certeza: la continuidad del cepo cambiario. En esto conviene ser contundentes: si el futuro equipo económico de Alberto Fernández le aconseja convivir por mucho tiempo con los controles de capitales, Argentina tendrá asegurados varios años de estanflación por delante. Humildemente, le aconsejaría abandonarlos cuanto antes, inmediatamente después de haber reestructurado la deuda.

El autor es economista y diputado nacional