Imagen de archivo del presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, durante la ceremonia de juramentación del gobernador de Tucumán, en San Miguel de Tucumán, Argentina, Octubre 29, 2019. (REUTERS/Agustín Marcarian)
Imagen de archivo del presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, durante la ceremonia de juramentación del gobernador de Tucumán, en San Miguel de Tucumán, Argentina, Octubre 29, 2019. (REUTERS/Agustín Marcarian)

Luego de décadas de democracia, América Latina está en ebullición. Por distintos motivos está eclosionada. Colombia, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú. También ocurre lo mismo en el resto del mundo, pero analicemos el pago chico. Ante los sucesos conocidos, las voces más sensatas entre las que se encuentra la del chileno Héctor Casanueva, académico de la Universidad Alcalá, expresan como única salida democrática para encauzar estas manifestaciones hasta hoy inconducibles un pacto social. También Argentina lo necesita y reclama. La pregunta es en qué ha fallado la política para que sea necesario institucionalizar un mecanismo de diálogo supra para escucharse entre los que no piensan igual. La pregunta siguiente es qué está pasando con los políticos, que no pueden concretarlo en el foro por excelencia de los legislativos nacionales. En general, en América Latina y en el resto mundo, la pobreza ha disminuido, pero la desigualdad ha crecido. Salvo en la Argentina donde han crecido las dos. En estos procesos democráticos paradójicamente los partidos políticos se fueron debilitando por sus yerros, la mayoría de las veces asociados a la corrupción. Otra de las paradojas tiene que ver con que los grupos económicos en democracia se concentraron más aún y se enriquecieron más aún. Y todo esto en un mundo atravesado y expuesto a un gran cambio de su historia por efecto de la revolución del conocimiento, lo instantáneo, el contacto, lo digital. La cuarta revolución industrial.

Si nos detenemos en la Argentina, donde la ciudadanía decidió expresarse en las urnas como etapa superadora a la protesta en la calle, la verdadera apuesta frente a la crisis para el nuevo gobierno pasa por la necesidad de consolidar un poder político fuerte. Un poder político capaz de decidir un relanzamiento presupuestario que dé respuestas a lo que se buscó en las urnas, y capaz de protagonizar grandes proyectos en investigaciones para potenciar los sectores de punta de nuestras economías regionales.

La política debe desechar a los mediocres y elegir a los más aptos, ahora, ya en los equipos de gobierno. Sabemos que lo que no avanza, retrocede. La Argentina lo sabe en su piel social. La apuesta de Alberto Fernández es presentar un plan que muestre el camino conducente a dar satisfacciones a una población que va en búsqueda de saciar sus necesidades básicas. El presidente Fernández tiene los tiempos acotados, pero tiene una gran oportunidad. Para que esto se concrete, los grupos económicos tendrán que entender que deben ceder en algo sus grandes privilegios, porque la Argentina no merece repetir historias ya vividas: padres con miedo al pasado e hijos con miedo al futuro.

A propósito de la necesidad de la consolidación de un poder político fuerte, lograrlo no sólo es arbitrio del oficialismo: también lo es de la oposición. El oficialismo debe consolidar la coalición de peronismos con la que obtuvo el 48% de los votos. La oposición debe consolidar ese 40% que entusiasma a la coalición de Cambiemos, pero que no tiene un solo “dueño”.

En el caso del PRO, tiene en Mauricio Macri un dirigente que manifiesta querer seguir en política, pero no tiene territorio político propio. Rodríguez Larreta ya ha conformado su mesa con cinco o seis de sus más íntimos, entre los que están Diego Santilli y Eduardo Machiavelli. No está María Eugenia Vidal. La mesa ya está tomando contacto con referentes del territorio nacional con miras al 2023. La falta de territorio no es el único inconveniente de Macri para imponer como quisiese un liderazgo único. El radicalismo es otro de los problemas. No son pocos los radicales que le dicen “primero arreglá tu problema en el PRO y después conversamos lo nuestro”. En su propio partido, ha caído muy mal que una vez más eligiese a dedo, en este caso a Patricia Bullrich como presidenta del PRO. "Hasta hace cinco minutos era titular de otro partido. Si Macri no entiende que esto no es SOCMA, se complica”, dicen.

El otro partido integrante de la coalición Cambiemos está acéfalo. Lilita Carrió se tomó dos años para luego volver. Pero hoy no está. En cuanto al radicalismo, un sector quiere debatir la identidad partidaria y consolidarla. Siente diferencias ideológicas para con el PRO cada vez más irreconciliables. No obstante, el 40% pesa en forma gravitante ante cualquier decisión. Este sector es el que siempre está predispuesto a poner fin a esta sociedad política, no se siente cómodo ahí. Pero existe un sector mayoritario que recuerda las tres convenciones de los años 2015, 2017 y 19 que marcaron una clara pertenencia a Cambiemos. Sector que reconoce que debe la UCR insistir en normalizar la posición de la coalición y hacerla más eficaz. Uno de los hombres del radicalismo protagonista de Cambiemos me decía: “Cambiemos va a seguir porque hay gran convicción de construir una oposición política fuerte. Ya vivimos los desbordes K cuando la oposición no existía. Lo primero será establecer reglas de funcionamiento y luego vendrán los liderazgos”.

Donde sí las distintas miradas del radicalismo coinciden es en cuanto a la convocatoria a la despedida de Mauricio Macri el próximo 7 de diciembre. No les gusta, no la creen necesaria. Intuyen que la convocatoria no será de la magnitud como las ya protagonizadas y que, eso seguro, les será facturado oportunamente.

Si de política hablamos, me quedo con la imagen en Uruguay de los candidatos Lacalle Pou y Martínez entonando juntos el himno nacional de su país.