Ya Platón distingue entre memoria como la facultad de recordar lo sensorial y el recuerdo como acto de intelección de lo sensible. Aristóteles, su discípulo, lo profundiza y sistematiza concluyendo que la memoria es un estado o afección tanto de la sensación como de su juicio asociado, cuando ya ha pasado el tiempo. Luego, así como la memoria en tanto capacidad de recordar contempla el pasado en el dominio imaginativo, el recuerdo se produce al asociar ideas como proceso del logos, donde la costumbre y la búsqueda de un punto de partida son sus variables fundacionales para reconstruir y reelaborar el pasado. Este concepto de injerencia de la voluntad en la memoria, profundizado por la escolástica y desarrollado por la modernidad, aportó el que la memoria sensible deja una huella reproducible mediante asociaciones, pero la memoria inteligible es dinámica y susceptible de ser conformada más allá del hecho sensorial. Mismo Descartes habla de memoria corporal y memoria intelectual, una que conserva el pasado y otra que lo re-conoce. Y más modernamente, Bergson plantea una memoria de hábito y otra de representación, otorgándole capital importancia a esta última por constituir la conciencia de la propia continuidad de la persona y su realidad fundamental. Así, la memoria representativa puede prescindir de una anterioridad fáctica, es decir, no necesita recordar, sino que es influida por la voluntad de crear un pasado narrativo. Similar concepto concluido por William James, fundador de la psicología funcional, determinando que la memoria es un fenómeno consciente de un estado de ánimo pasado, pero sin necesitar haber estado allí, dado que puede ser producido por un proceso emotivo de creencia. Es decir, se provoca un objeto imaginado del pasado al cual se adhiere la emoción de la creencia. Luego, así como el ejercicio de la memoria consiste en retención y reminiscencia, el ejercicio de la representación es el hábito de asociar una narrativa con emociones e ideas. Aquello que contemporáneamente y desde la escuela analítica, Gilbert Ryle denomina “punto de vista del pasado”. Una confección de la memoria como acto para mantener una creencia respecto de una experiencia pasada, más allá de su historicidad.

Esta diferencia entre hecho y representación se torna relevante en la actualidad donde, en términos de Pierre Nora, el hombre se aleja de la facticidad, documentación y eventos históricos, sustituyéndolos por la información instantánea de las redes más un esfuerzo consciente y deliberado de ciertos colectivos por construirse una memoria historiográfica como valorado y respetable pasado, sin importar si es real o imaginado. Un peligroso relato donde la memoria representativa, intencional e ideológicamente construida de forma parcial y selectiva, sustituye la historia fáctica y registrada, cuya dinámica es en función de evidencias.

Gran parte de los actuales desafortunados sucesos populistas o asociados a estos en nuestra región son resultado de un proceso en el cual se ha invertido una ingente cantidad de recursos para conformar políticas socioculturales y educativas de representación, donde el individuo recrea su historia individual y colectiva, de forma simple, antagónica y muy accesible, donde lo parcial se convierte en todo, incluso más allá o contradiciendo toda documentación o hecho que la verifique o problematice. Una evocación como acto mediado pero también formador de la historia personal donde, como sostiene Maurice Halbawchs, el sujeto es habiente de una realimentación entre su memoria personal y la colectiva representativa. Dicha memoria como narrativa o relato, es básica y generalmente construida emocionalmente bajo una concepción histórica dicotómica, maniquea, y por ello el efectista recurso al líder-salvador, al alto contenido emocional, nacionalista y hasta épico de la experiencia que se desea reconstruir y recodificar, por cuanto es habiente de una mayor facilidad, atractivo y capacidad de almacenamiento y evocación, tendiendo a olvidar las experiencias emocionalmente neutras.

Ahora bien, para neutralizar la peligrosa sustitución de la historia por la mencionada memoria representativa, resulta necesario no sólo poseer el hábito de documentarse crítica y reflexivamente, sino derribar la supremacía del presente como registro y juicio totalitario del pasado, oscureciendo el futuro por, entre otras consecuencias, reducir la historia a una ansiosa interrogación ideológica que responda simple y antagónicamente a una actualidad desalentadora. Pero esta imperiosa necesidad no refiere a una objetividad en el historiador, comunicador o divulgador, sino a su intención científica, no haciendo de la historia un discurso justificador de un sentido, ni alienándola sometiéndola a intereses ideológicos. Y si bien a diferencia de las ciencias naturales, la historia debe ejercitar la imaginación restituyendo las variables socioculturales y distancias temporales de un pasado a re-presentar, y por ello su inexorable subjetividad, la objetividad no será tanto lógica como ética. Dicha ética académica y profesional impone la señalización cuando se seleccionan, significan, omiten y enfatizan los hechos del pasado, sin ningún tipo de apropiación ni manipulación de los eventos ni personas. Allí, el interés no puede estar por sobre el conocimiento ni información. Básicamente sería desarrollar políticas educativas, formativas e informativas donde la historia sea análisis y acorde a su etimología, una investigación, pero no una síntesis, renunciando al deseo de coincidir emocionalmente y en su lugar una voluntad de exponer y explicar las relaciones entre fenómenos que se han distinguido, cuya verdad debe obedecer a un proceso de verificación y coherencia.

La realidad muestra no sólo la falta sino el desinterés por aquellas políticas de Estado para contribuir a la enseñanza, divulgación y comunicación de lo histórico más que del relato y la formación de un sujeto cívico más que uno partidario. Se omiten los criterios de objetividad instrumental y ética, enfatizando en seguir tratando la historia como el campo para disputar representaciones político-partidarias y como tales interesadas, alimentando así narrativas en lugar de historicidad, militancia en lugar de civilidad, colectivos ideológicos en lugar de ciudadanía y en definitiva, formando un aglomerado de gente embrutecida en lugar de una nación. Todo lo cual es más conducente a producir tendencias hegemónicas y eternalizaciones de gobiernos, que democracias con ciudadanos virtuosos y una ciudadanía de calidad. Por ello, una forma de lidiar desde el propio individuo con este perjudicial fenómeno sociocultural y político, es hacerse cada uno del valor que lo libere de sí mismo. Un valor y no sólo entendimiento, porque éste no fuerza a la acción por deber, ni por conocer se está obligado a actuar consecuentemente. Se trata de un deber categórico y no hipotético, que fuerce incondicionalmente al sujeto a su libertad, y por ello debe provenir del Absoluto y como tal, sólo hay Uno. No se trata de una obligación fundada en el derecho ni de un sentimiento de obligación fundado en el impulso, ambos pasibles de modificarse o suprimirse, sino de un imperativo trascendente a toda variable humana y que el individuo acepta como yugo sobre sí para su liberación. Tal como se indica desde el versículo en Números, “y no sigan tras sus corazones (sentimientos) ni tras sus ojos (intereses), porque se pervierten tras ellos, a fin que recuerden y cumplan Mis preceptos”; como desde el fundacional existencialismo al declarar Dostoievsky que, “si Dios no existe todo está permitido”, y así también desde el distribucionismo socioeconómico y la justicia social al afirmar Chesterton que, “cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa”.

Rabino y Doctor en Filosofía, Premiado por el Senado de la Nación con la “Mención de Honor Domingo F. Sarmiento” (2018), y Declarado “Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de CABA” (2019).