El Dr. Raúl Alfonsín tuvo la lucidez política de sintetizar lo que Argentina entonces necesitaba: fortalecer la democracia tan herida a fuerza de golpes militares. Para ello, el remedio era que la política tuviese planificación, con la meta final de lograr una mejor distribución de la riqueza. Si esto se lograba, la síntesis enunciada en campaña cobraría vida: con la democracia se come, se educa, se sana. Casi cuatro décadas después, Argentina va una vez más hacia tal propósito. En esta oportunidad, metafóricamente hablando, debería haber una tribuna que en forma constante, cual Ditirambo, susurre “basta de fracasos, siempre la verdad”.

Así aparecen los grandes desafíos del gobierno de Alberto Fernández: prometer lo que podrá concretar más allá del resultado final. Hay una urgencia mayúscula que es que la Argentina deje de caer y salga del estancamiento.

Alberto Fernández llega a la presidencia con la energía de la esperanza de los desposeídos de todo, que decidieron aferrarse el pasado 27 de octubre al único capital tangible que poseen: su voto. Esta urgencia fue entendida por el presidente electo y esta semana se conoció la primera gran convocatoria, la Mesa Argentina sin Hambre.

Uno de los convocados fue el Dr. Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, quien expuso los últimos datos del mapa de hambre en Argentina. En lo que va del tercer trimestre de este año se incrementó del 7,9% del 2018 al 9,3% de 2019 la cantidad de la población urbana que vive en hogares donde padecen hambre o inseguridad alimentaria severa. La inseguridad alimentaria se disparó en mayor medida en los niños de 0 a 17 años: pasó del 29% en el 2018 al 30,1% en este año. Y la inseguridad alimentaria severa, es decir los chicos que padecieron hambre de verdad, fue del 12,7% en 2018 y del 14,1% en 2019.

Ante esta dura realidad, Daniel Arroyo y su equipo tienen lista la primera respuesta englobada en la Mesa Argentina sin Hambre. Entre otras: tarjeta inteligente sólo para comprar alimentos, excepto bebidas alcohólicas, destinada a madres de chicos menores de seis años y a quienes organizan comedores. Canasta básica saludable para controlar la malnutrición (al respecto Arroyo me decía: “Todos los meses baja el consumo de leche, estamos teniendo chicos de menor talla y más kilos”). Préstamos para micoemprendedores (me aclaró que la Mesa sin Hambre se convertirá también en un factor generador de empleo para paliar la desocupación del país). Establecer un sistema de crédito no bancario a tasas muy bajas, del 2 o 3 por ciento anual, para desendeudar a las familias. Llegar en forma urgente a 1000 puntos críticos de hambre distribuidos en el país. El presupuesto que contará para abordar la política alimentaria en el 2020 será de $40 mil millones, casi el doble de 2019.

El Dr. Daniel Funes de Rioja me dijo luego de participar: "La COPAL asiste, por su capacidad de producción y abastecimiento de alimentos, no sólo al mercado local sino también por su capacidad de exportación, pese al contexto claramente desfavorable para la industria. Evidentemente este Consejo tiene como finalidad discutir estrategias y sugerir medidas que coadyuven a mitigar el problema del hambre, y con ello a la desnutrición y malnutrición. Este es un desafío que no pertenece a uno u otro sector, sino a la sociedad en su conjunto”.

El verdadero default argentino es el hambre. Si Alberto Fernández logra al finalizar su mandato concretar este desafío mayor, no sólo habrá cumplido con su promesa electoral: habrá logrado cerrar la grieta de la injusticia mayor, y los propósitos de Raúl Alfonsín en 1983 para la democracia argentina se plasmarán en políticas de Estado; democracia por cuyas venas fluirá la política que alimenta, sana y educa.

Queda claro por información de allegados al presidente Fernández que habrá un acuerdo de política de ingresos. El Ejecutivo lo hará con consenso previo. Lo que busca el próximo gobierno, es un aumento inicial para jubilados y trabajadores con congelamiento de precios con la mira puesta a marzo, para en el mientras, tanto instrumentar mecanismos que coordine en adelante precios y salarios. Y restituir el esquema original destruido de precios cuidados. En principio el Consejo Económico y Social es para el presidente Fernández un instrumento de diálogo. La pregunta es en qué momento lo convertirá en un instrumento de gestión. Se ha visto esta semana cómo ha trabajado en generar confianza con los sectores más progresistas, así como también transmitiendo calma al establishment, manifestándole que en su gobierno no habrá sorpresas ni imprevistos. Trata de generar confianza para generar políticas de mediano plazo. Viajará el próximo 24 a Europa en su intento de seguir produciendo señales pragmáticas.

La Argentina está llena de roturas, en las familias, en las instituciones, en la escuela, en el fútbol, en la calle como expresión de las distintas fuerzas sociales. El país va y viene desde largos años hamacándose en sus contradicciones y, en ellas, ensanchando decepciones. Hay viejas y nuevas exclusiones. Las tradicionales, esas que hablan de un país con enorme injusticia social, porque la política no marcó los andariveles ecuánimes de la distribución de la riqueza; y los nuevos excluidos, que tienen trabajo pero no satisfacción. Estas nuevas manifestaciones reciben respuestas viejas de la política para formas e inquietudes nuevas. Señalo esta paradoja. En Chile se necesitan 4 o 5 generaciones de una familia para tener un hijo universitario. (Por eso, entre otras vindicaciones, explotó). En Argentina llevamos tres generaciones en una familia sin un hijo con trabajo formal.

El gobierno de Alberto Fernández transitará por viejas y nuevas exclusiones. Estas últimas provienen de la cuarta revolución industrial que casi con naturalidad transitamos. La de la inteligencia artificial, la internet de las cosas y la robotización; que no debiera sustituir el trabajo humano sino mejorarlo,. Pero para ello países como China, Japón, Estados Unidos presupuestan en ciencia y técnica del 4,5 al 5% de su PBI. En Argentina estamos en el 0.4% y necesitamos aún de mucho trabajo de pico y pala.

Ante estos desafíos, la intelectualidad debería acercarse a la política dado que esta atiende otras urgencias.