La historia ubica a Raúl Alfonsín y a Néstor y Cristina Kirchner como los líderes transicionales que transformaron profundamente el país luego de cruentos desastres liberales que dejaron a generaciones enteras de rodillas. Ahora, con otro pesado legado neoliberal de proporciones gigantescas, ¿podrá Alberto Fernández recomponer el tejido social, con una economía superadora del “péndulo” que lleve al país a un desarrollo social y ambientalmente sustentable?

Al igual que con Alfonsín y Kirchner, la Argentina se encuentra no sólo ante desafíos internos, pero por sobre todo ante un convulsionado escenario mundial, marcado por la crisis del multilateralismo, la profunda desigualdad social, la enorme volatilidad financiera, el auge de la extrema derecha y una crisis ecológica con implicancias económicas y humanitarias.

Entre los tantos retos que deberá enfrentar la gestión entrante, se encuentra uno de los más grandes que se le plantean, en la actualidad, a la humanidad en su conjunto. La crisis climática, como lo viene señalando la comunidad científica mundial, se anticipa traumática y violenta, y es por ello que es eje central del debate económico, productivo y energético en países con gobiernos que buscan abordar la desigualdad social a través del desarrollo local sustentable, la economía circular y las energías limpias y renovables.

Los gobiernos con agendas políticas de integración social y desarrollo económico local, como es el caso de la República Democrática del Congo, Etiopía, Francia, Indonesia o China, han entendido que el desarrollo a escala nacional debe desarrollarse desde lo local, y cada vez ponen más énfasis en una política ambiental transversal que cruce todas las grandes decisiones estratégicas y geopolíticas de cara a la tercera década de este siglo.

Justamente, estos países tienen carteras ambientales con rangos de ministerio y tienen presupuestos apropiados porque entienden que el cambio climático y la pérdida de la biodiversidad representan serios riesgos para la economía, la estabilidad política y la paz social. Incluso países con enormes limitaciones, como es el caso de Etiopía, han avanzado en políticas ambientales coordinadas con los gobiernos locales, porque son conscientes que los ecosistemas son en realidad infraestructuras integrales que garantizan la estabilidad de las actividades económicas y otras formas vitales de desarrollo social y cultural.

En la Argentina, todavía se está lejos de visibilizar y entender la problemática ambiental desde una perspectiva política holística, y todavía no ha salido del “nicho”, pero ya tenemos un problema tocando nuestras puertas: la crisis climática ya ha mostrado sus devastadores efectos en la mismísima economía argentina con una sequía que contribuyó al desplome de 2.5 puntos de su producto bruto interno en el 2018 con respecto al 2017.

Este “latigazo climático” ha pegado en la soja y en el maíz, que han sustentado los cálculos financieros durante décadas. En 2016 las exportaciones de soja representaron más de mil millones de dólares anuales, pero todo eso cambió en 2017 y 2018 por la feroz sequía. Las cifras hablan por sí solas: las cosechas de soja colapsaron de 57 millones de toneladas en 2017 a 36 millones en 2018. Ya no nos podemos hacer los distraídos.

Pero eso no es todo, y la ciencia es clara. Es probable que Sudamérica enfrente eventos climáticos cada vez más erráticos a medida que nuestro planeta sigue experimentando lluvias intensas o largos períodos de sequía. Como deja claro el plan climático presentado a la ONU en 2015, el sector agrícola argentino es especialmente vulnerable, teniendo en cuenta además que la “aceleración” de la desertificación para este siglo es ya casi un hecho.

¿Podrá visualizar Alberto Fernández y su equipo lo que la dirigencia política argentina todavía no ha entendido en los últimos 30 años y poder consensuar una política ambiental y por sobre todo ver la oportunidad económica y social de una transición hacia una economía libre de los combustibles fósiles y de una agricultura alejada del monocultivo y los agroquímicos? El eje ambiental es una asignatura pendiente que el mundo nos reclama, y de hecho la comunidad internacional espera una señal en esa línea para cooperar, incluso económicamente.

Recientemente, Matías Kulfas, referente económico del presidente electo, planteó un nuevo pacto “verde” que ayude a la Argentina a salir de la dependencia del extractivismo, mejorar la calidad de vida de millones de personas y hacer un uso más efectivo, eficiente y sustentable de sus (todavía) ricos recursos naturales, de manera que el país pueda recuperar sus soberanías energética y alimentaria ¿Estará listo el nuevo gobierno para construir una visión económica moderna y que, beneficiada de las experiencias del sur global, se encuentre a la vanguardia para llevarnos a una transición justa y ordenada, en armonía con la naturaleza?

Esto último está por verse. En América latina, a diferencia de otras partes del mundo, la agenda ambiental tuvo mayor presencia en la centroderecha y en las élites urbanas, aunque de manera declamativa, estética y en algunos casos “importada”. Por otro lado, como dijera Eduardo Gudynas, la izquierda y el progresismo latinoamericanos han visto la política ambiental con desconfianza, reduciendola a meras “excentricidades burguesas importadas del norte” u obstáculos a los planes de industrialización y la generación de empleo. Con todo, lo que ha quedado claro es que la región, sea en gobiernos de derecha o de izquierda, ha abrazado incondicionalmente al extractivismo y la adicción a los combustibles fósiles, y esa dependencia es gran parte del problema y por sobre todo la causa de la profunda conflictividad social y política que se vive en nuestros países, como es el caso de Chile o Ecuador.

Pero el próximo gobierno puede marcar un rumbo diferente. Un país con el grado de desarrollo de la Argentina, el tipo de distribución demográfica, su capital humano y el potencial de materias primas que posee, podría convertirse en un modelo de referencia progresista a nivel regional y en el sur global si encaramos rápidamente una transición hacia las energías renovables, la agroecología, la certificación de materias primas forestales y el ecoturismo. Un modelo de producción sustentable es algo posible, realizable y muy redituable en el corto y mediano plazo. Para ello, se necesita de un consenso con las provincias, ya que una política ambiental seria solo puede darse de la mano con las economías locales y regionales.

Existen en la actualidad miles de millones de dólares en diferentes mecanismos internacionales destinados a la transición justa en los países en vías de desarrollo. La Argentina tiene la oportunidad de liderar una agenda transicional desde el sur y convertirse en un referente regional y mundial. Es hora de que nuestra dirigencia tome las decisiones correctas para estar a la altura de las circunstancias, y para ello urge jerarquizar el área ambiental y volver a convertirla en un ministerio, pero uno en serio, con recursos y con mirada y coordinación verdaderamente federal, y con peso suficiente para definir una agenda transversal que cruce distintos abordajes estratégicos, en especial energía, producción e infraestructura, con gente idónea, socialmente sensible y experimentada en las posiciones clave que puedan asesorar al nuevo presidente en construir y desplegar una verdadera política de Estado.

En un mundo donde el descontento social ha llevado a la próxima conferencia climática a realizarse lejos de Chile, el país anfitrión este año, y donde las denuncias sobre el impacto del capitalismo salvaje en nuestros ecosistemas se hacen más evidentes, no podemos mirar para otro lado: y en particular, los referentes políticos del gobierno entrante se deben una nueva lectura del Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, escrito por Juan Domingo Perón en 1972, donde entre otros conceptos denuncia la voracidad de los monopolios internacionales “para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo, en los centros de alta tecnología a donde rige la economía de mercado”.

La tercera transición argentina estará inevitablemente basada en la soberanía ambiental, tanto en su dimensión alimentaria como en la energética. Esa transición, marcada por fenómenos internos y externos, estará orientada a reducir la brecha social en un pacto social con la naturaleza. La historia dirá si Alberto Fernández y el Frente de Todos se animará a conducirla.

Como dijera el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’: “no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. La tierra grita en los incendios y las catástrofes climáticas, los pobres gritan en las calles y resistiendo en nuestros campos. Es tiempo de escuchar. Es tiempo de abrir una transición que cierre la grieta entre todos nosotros y nuestra casa común.

*Oscar Soria es dirigente ambiental y humanitario argentino, ha ocupado cargos directivos internacionales en organizaciones ambientalistas como Greenpeace o WWF, y ha asesorado a instituciones como Amnesty International y Oxfam, y a movimientos indígenas y campesinos de América latina, África y Asia. Ha sido invitado a diferentes foros organizados por la Santa Sede, el Foro Económico Mundial y las Naciones Unidas, entre otros. Actualmente es director de campanas del movimiento cívico global Avaaz.