El presidente electo Alberto Fernández (REUTERS/Luis Cortes)
El presidente electo Alberto Fernández (REUTERS/Luis Cortes)

El fracaso del gobierno de Macri solo se alivia en su cuarenta por ciento de votos. El del kirchnerismo queda al desnudo al espantar un porcentaje de votos que son la más transparente expresión del miedo que generaron. Sin ese miedo, el gobierno de Macri no merecería llegar a un diez por ciento; el balance entre sus fracasos y sus logros no soporta ni el recuerdo de la herencia ni la ilusión del comienzo de algo que casi nadie puede entender de qué se trata: pretendió sentar las bases de una supuesta mejoría empeorando todos los síntomas de la enfermedad. Si la caída del muro marcó el fin del comunismo, la rebelión en Chile define el límite al poder del dinero sobre los hombres. Por su parte, Brasil se presenta con un gobernante cuyos dichos y prácticas no aprobamos y una crítica que no debíamos hacer antes de tiempo. Cuando los hombres ocupan cargos se convierten en instituciones, y en consecuencia, dejan de ser libres de expresar sus sentimientos. Las naciones solo tienen intereses, mucho más cuando pueden estar en riesgo el trabajo y las necesidades de sus pueblos. La caída de Macri y la debilidad de Piñera marcan la impotencia de la derecha por instalarse. La crisis de Brasil asoma en el mismo sentido.

Y entre nosotros, ¿cuánta demencia estalló en cada bando? Pareciera que algunos olvidan las posibles consecuencias que engendran sus propuestas. Ni los periodistas que no son de mi agrado merecen condena ni los condenados que gozan de mis simpatías merecen libertad. Los sentimientos individuales y grupales no pueden convertirse en destructores de la necesidad de un encuentro colectivo. No se trata de imponer fanatismos sino tan solo de salir de ellos para encontrar una síntesis superadora. ¿Necesitamos cambiar la justicia para terminar de enfrentarnos o terminar de enfrentarnos intentando coincidir en la búsqueda de una justicia digna de ser respetada?

Perón en su retorno intentó disolver los miedos que el mismo peronismo había generado; con Alfonsín estuvimos cercanos a una convivencia democrática; con Menem todo será desvirtuado hacia el grotesco, y los Kirchner revivieron una conflictividad de origen ajeno al peronismo, que Macri se esmeró en incentivar. Ahora aparecen kamikazes de ambos bandos que provocan sin asumir las consecuencias. Perseguir a periodistas, intervenir justicias, considerar presos políticos a quienes robaron, echarle toda la culpa al peronismo, imaginar que los decentes están todos de un solo lado, todo un camino de exageraciones que en nada nos sirve para recuperarnos de la miseria y la deuda que Macri consiguió consolidar. El fanatismo amenaza de nuevo con imponer la violencia que aloja en sus entrañas. Personajes que hablan y escriben convencidos de poder derrocar para siempre al otro, ese otro del que jamás se podrán separar porque es una parte esencial de ellos mismos. “El espacio del medio”, ese que fue destruido en lo electoral mientras todavía es impracticable en lo político. Amontonar seres insignificantes no da grandeza, acumular resentimientos termina en venganza, convocar a la cordura es el único camino posible. Y es poco transitado, una huella, quizás un sendero, que por el momento no asumimos, debería convertirse en ruta asfaltada por la lógica de los proyectos comunes, de los sueños colectivos.

Me asumo partidario del último Perón, el del encuentro y los abrazos, aquel que vino a pacificar. Respeto el dolor por los desaparecidos aunque jamás me equivoqué en valorar sus erróneas ideas. Necesitamos una voluntad política patriótica, que geste primero un proyecto común y busque luego sus aliados en el mundo. Apoyo al Presidente electo, con la libertad de cuestionarlo cuando considero que sus propuestas no son acertadas. La política es eso, el derecho a apoyar y disentir; lo otro es el fanatismo, que no le sirve a nadie y mucho menos a sus elegidos. Los egos suelen ser más maleables que los destinos.