El presidente electo Alberto Fernández (Télam)
El presidente electo Alberto Fernández (Télam)

Voté a Macri convencido de que era una opción superior a Scioli y ahora voté a Alberto como resultado de los errores del Gobierno y de la elección que Cristina hizo de un candidato con el que tuvo profundas diferencias. Al votar a Macri no recibí absolutamente nada ni lo pretendí, aunque cierto destrato me supo resultar exagerado. Pretendí ser aliado de un proceso de encuentro y no cambiar de bando en los rencores. Ahora, asumo haberme enojado y mucho, hace tiempo ya, por errores políticos y económicos tan irresponsables como difíciles de perdonar. Imaginé participar de un “no peronismo”, jamás terminar en un grupo de “antiperonistas”. Me alejé de Cristina por su sectarismo y terminé repitiendo esa experiencia en el PRO. Cuando Cristina convocó a Alberto Fernández y a Sergio Massa, entendí que se reabría una opción amplia en la que podía participar o, al menos, sentirme incluido. Para quienes no buscamos ni cargos ni prebendas, para los apasionados por la política, que somos muchos, para nosotros los gestos son más importantes que los sellos en cuyo nombre se ejecutan. En realidad, apostamos siempre nuestra esperanza al nuevo gobierno y terminamos enfrentándolo cuando no responde a las necesidades colectivas. En esta instancia, apoyo a Alberto mientras confío en que el encuentro con Macri defina una nueva forma de hacer política.

Necesitamos desarmar los fantasmas y los odios que se gestaron en el proceso electoral, asumir que entre los adversarios el diálogo es imprescindible. Pacificar es hoy la única manera de superar la crisis, de salir del conflicto que nos convirtió en enemigos convocando a la madurez de los adversarios que se respetan. Desde la producción hasta la distribución de la riqueza, todo está hoy en el debate y exige un encuentro de proyectos, una síntesis superadora. El Estado y lo privado no son las columnas de la ideología sino tan solo instrumentos al servicio de las sociedades. En política exterior no hay simpatías sino inserción a partir de necesidades estratégicas. Hay un nivel de la concentración económica en el que la misma democracia se convierte en una formalidad carente de sentido. Mientras la riqueza no tenga limites tampoco los tendrá la miseria, y son muchos los que votan más allá de la referencia partidaria y optan por aquel sector que les ofrece pacificar los espíritus.

En los dos últimos gobiernos, los miedos fueron más importantes que los logros. Ahora toca gobernar, y Alberto está demostrando con sobrada cintura que no es el “volveremos” de nadie sino el intento de gestar una nueva etapa. No sirve demonizar a Cristina cuando en esta coyuntura es ella la que dio un paso clave para salir de la confrontación. Apoyo a Alberto como ayer apoyé a Macri, no por pertenecer a ningún colectivo ni siquiera por reivindicar mi peronismo: respeto todo intento de renovación de la política más allá de asumir que ya son varias las frustraciones vividas. Observo a la Justicia sin exigir que primero juzguen a quienes enfrento, asumo que tanto ayer en los cuadernos como ahora con los bancos y las privatizadas, la sociedad sufrió un saqueo que exige castigo. Pero ofende mi inteligencia todo aquel que imagine la corrupción como limitada al espacio de su enemigo cuando de sobra sabemos que abarca buena parte de la dirigencia. No son los morochos agresivos robando a los rubios elegantes, no caigamos en aquel pensamiento que el gran Landrú asignaba a las “señoras gordas de Barrio Norte”. Nuestro acontecer es mucho más complejo como para reducirlo a una metáfora de vencedores.

Cuando se fracasa en los logros, se recurre a los miedos, y terminamos en un campo minado donde nos paran por la calle atemorizados con un retorno de Cristina o con una conversión del país en Venezuela. Cristina y sus seguidores cometieron demasiados errores en su sectarismo; Macri y sus fracasados adláteres solo fueron exitosos en sembrar el miedo sobre ese fantasma del recuerdo. El presente nos exige desarmar ese mecanismo decadente y patético que convirtió al ciudadano en una mala síntesis de odios y temores. Pacificar es en nuestra difícil realidad el nuevo nombre de la política así como disolver los fanatismos acrecentando las dudas y asumir culpas propias más allá del chivo expiatorio que cada quien se ocupó de construir. Vienen tiempos nuevos, sepamos abrir nuestros espíritus para estar en condiciones de recibirlos. Los miedos engendran odios y los odios incitan miedos. Tengo la estatura de mi adversario, es hora de asumirlo como virtud y también como limitación.