Jorge Enea Spilimbergo
Jorge Enea Spilimbergo

Un libro de homenaje a Jorge Enea Spilimbergo. Me pidieron un testimonio de mis recuerdos, justo viene a medida para un día como hoy. Fuimos grandes amigos. Un militante como pocos, en tiempos en que serlo era una forma de vida y la decisión de construir el hombre nuevo; de los apasionados por leer y pensar, seducir, convencer, incorporar a compañeros a la causa. Trabajaba en Crónica, yo solía ir a buscarlo a la salida, esperar a veces la entrega de su última nota. Spili había leído todo, desde el marxismo a los poetas, la novela, el teatro, todo pasaba por la mirada infinita de su curiosidad. Tiempos donde uno transitaba la vida montado en una cosmovisión, que despreciaba el consumismo, y habitábamos el predio de los que esperaban la revolución. Éramos una sociedad de clase media con expectativas de ser Europa; en la mayoría de los casos, mejor que Europa. Su esposa y compañera, Yiyí Constela, salpicaba la revolución con sus poemas. Vivían en la Boca, en un monoblock de docentes universitarios y revolucionarios en lista de espera para el asalto del palacio de invierno, de alguna versión del poder. Tenían su propio partido, alquilaban una oficina en la calle Maipú, serían unos cuarenta permanentes aquellos lectores apasionados de la biblioteca de la vida. Por momentos separado de Abelardo Ramos, otro hombre capaz de escribir con nivel y soltura. Ocupaban el profuso espacio del “marxismo nacional”, cercanos al peronismo. ¡Cómo olvidar aquel millón de votos que saca el Colorado Ramos con su talentosa propuesta “Vote a Perón desde la izquierda”. Tiempos de grupos ricos en ideas y personas, personajes, muchos de ellos, desde los marxistas a los curas del Tercer mundo, soñadores que invadían la calle Corrientes. Lecturas y guisos, vinos y encuentros. Había riqueza todavía distribuida, herencia del radicalismo y del peronismo, de los movimientos populares, del otro lado del partido militar, de los ricos de siempre y sus empleados. La democracia en dictadura era rebeldía, con o sin violencia.

Nunca dejábamos de vernos. Todavía se ocultaba el mimeógrafo, ese aparato que imprimía copias casi siempre manchadas de tinta, como los dedos del que lo manejaba. ¡Yiyi Constela, tucumana y poeta, un testimonio cotidiano, de ese mundo de sueños y soñadores, amistades de las buenas! Me secuestraron un día después de estar reunido con ellos, fueron los que más se movieron por buscarme, y no eran tiempos donde eso fuera fácil.

Yo manejaba un mercadito en San Clemente, alquilaba unas piezas al fondo, y ellos solían pasar allá sus vacaciones. Un domingo a la mañana, le digo a mi mujer que quiero comer fideos amasados. Yiyí esgrime su feminismo y me enfrenta con dulzura, me desgrana su discurso contra la opresión del ama de casa mientras mi mujer no paraba de reírse. Demoraba en decirle que yo no estaba ordenando que ella amasara, solo pidiendo permiso para hacerlo.

Los Spilimbergo fueron un ejemplo de la izquierda militante, lo mismo que miles de peronistas, radicales, cristianos, hubo de todo en esa viña del Señor. Sobrino del pintor, conservo dos dibujos del tío en la contracara de una boleta del correo, donde trabajaba ese gran maestro.

Hoy hay veda política y se me ocurrió escribir esto, también como un homenaje a Jorge Rulli, el último peronista militante con años de cárcel, de heridas y de lucha. Imaginábamos que estábamos forjando un mundo mejor, que eso era el hombre nuevo, un habitante de la víspera. Decenas de miles de militantes, de soñadores, de vidas también entregadas a la causa de una patria más justa.

En la política actual fueron sustituidos por los economistas y los encuestadores, que no sueñan, solo describen pesadillas. De aquellos militantes que éramos nosotros, casi ninguno llegó a la política. La dictadura no solo asesinó, también cambió los paradigmas, y la viveza ocupó el lugar del talento y la política, la codicia asumió como suplente de los sueños.

En aquellos tiempos, éramos un país sin caídos en las calles. Buenos Aires, una ciudad más rica y pujante que Roma o Madrid, con una pobreza íntegra y una deuda secundaria. Vendrían ellos, sembrarían muerte, financieras y fuga de capitales, convertirían sus pérdidas en deuda pública, y luego Menem y la traición a la patria regalando el patrimonio de todos. Los hermanos chilenos desnudan hoy el paraíso que nos prometían los que odiaban el Estado para convertirnos en sus esclavos. Hay un grado de concentración de la riqueza donde la democracia se vuelve una cáscara vacía. En eso estamos. Recordar aquellos imposibles quizás alivie o explique las actuales pesadillas.