Papa Francisco
Papa Francisco

La realidad de nuestro país es lo suficientemente compleja como para examinar en una nota su relación durante los distintos regímenes de representación y la pobreza, que constituye la principal preocupación de la Iglesia católica y del papa Francisco. Sin embargo trataremos brevemente de introducir la cuestión de los movimientos populares “más allá” de la política liberal.

Bergoglio afirma que “la realidad es superior a la idea”, resaltando de este modo un realismo que rescata los valores cristianos, descalifica las ideologías y revaloriza las ideas. En este marco miramos la democracia y los movimientos.

La democracia argentina

La realidad del poder a partir de la Constitución Nacional de 1853 pasó de cabalgar en una democracia liberal restringida en lo político a hacerlo en una democracia de voto universal, interrumpida por regímenes cívico-militares. Unos y otros estuvieron regidos en lo económico por el legendario principio del laissez faire. Hasta 1946 en que se inició una gran participación popular: fuerte irrupción de la cuestión social y franca intervención del Estado que pasó a ejercer una función redistributiva logrando la “justicia social”. Luego se retornó a la alternancia de gobiernos surgidos de golpes militares con democracias neoliberales (1955-1983). Tras la brutal dictadura cívico-militar y la política económica liberal de Martinez de Hoz, se inauguró una nueva etapa democrática que se caracterizó por una fuerte participación política en sus inicios, presencia de los partidos en la calle y una economía libre con controles estatales. Las pujas intersectoriales, el desorden de la economía y de los mercados y la hiperinflación terminaron con el primer gobierno radical. Lo sucedió el gobierno populista en lo político y liberal en lo económico de Menem, década durante la cual se entregaron -oscuros procesos de privatización mediante -las empresas del Estado, aún las de sectores o recursos estratégicos. El atraso cambiario pasó a manos del débil gobierno radical-conservador de De la Rúa, que aplicando políticas ortodoxas aumentó las desigualdades y provocó una explosión social. Tras un interregno en el que se produjo el default internacional seguido de la gran devaluación, con el mayor índice de pobreza registrado llegó el gobierno de Kirchner. Su ministro Roberto Lavagna equilibró la economía e inauguró una etapa de recuperación gradual del mercado interno, incremento de las exportaciones, mayor igualdad y participación gremial. No obstante, con su reemplazo se descontroló el gasto público, la emisión monetaria y el índice de precios.

Paralelamente, el poder económico fue ganando terreno en desmedro del poder político. Este fenómeno global y local provocó que el Estado -sin reservas monetarias ni morales- ya no pudiera introducir controles. Los mercados -no tan solo los mercados locales sino los supranacionales- pasaron a ser los gendarmes del poder político, impidieron las inversiones e impusieron a un nuevo gobierno subordinado con ideas liberales, ideología, en nuestro país, dirigida siempre a legitimar el poder real del reducido segmento de los grupos económicos locales y de las trasnacionales.

La subjetividad defraudada

Tras 35 años, los partidos políticos ya no existen como células madres de la vida democrática, los políticos carecen de liderazgo y su empoderamiento es una ficción absoluta, todo lo contrario al “reconocimiento consciente” del ciudadano hacia el candidato a quien salvo excepciones no conoce.

A las circunstancias señaladas se suma el creciente descreimiento en el político. El ciudadano sospecha que aquel usa el poder para su propio beneficio y no para el bien común. Y tiene la convicción de que los partidos se transformaron en “cáscaras vacías” -como dijo con acierto un dirigente sindical- y en meros instrumentos de algunos para hacerse de una cuota de poder. Una democracia seca en la cual se cumplen los pasos formales como si se tratara de un trámite infructuoso.

Encuentro de católicos con responsabilidades políticas

En el examen de la democracia en Latinoamérica, dirigentes católicos reunidos en Asunción del Paraguay en abril de este año señalaron el proceso de deterioro de las democracias y paralelamente el surgimiento de los movimientos populares que se ubican por lo general fuera de la política liberal.

En el Encuentro organizado por la Comisión Pontifica para América Latina (CELAM) el profesor Rodrigo Guerra López disertó sobre el tema. En la ocasión afirmó que estos movimientos “instalan su activismo en el mundo de la ‘sub-política’, es decir, su acción es ‘política’ pero ‘por debajo’ del Estado…como formas de participación alternativas a las institucionales… ‘fuera y más allá’ de las instituciones representativas del sistema político”. Es decir, siendo que en el sistema liberal de partidos estos no representan en forma adecuada al pueblo y mucho menos al pueblo pobre trabajador este ha abierto nuevos canales de participación.

Dándoles voz a los sin voz

“De esta manera -agrega Guerra López- la incidencia buscada en los movimientos populares muchas veces renuncia a la 'toma del poder’ pero no a modelarlo. Los movimientos populares pueden reconfigurar segmentos relevantes del Estado sin pretender controlarlos dándoles voz a los ‘sin voz’. Dicho de otro modo, esta forma de hacer política da cauces de participación que los partidos tradicionales no logran muchas veces construir y que sin embargo son esenciales para reimaginar la democracia. Todos los riesgos que pueden existir en torno a los movimientos populares son menores a los riesgos que las democracias - única o principalmente formales (electorales) - hoy se encuentran corriendo”.

En este orden de ideas puede encontrarse un mayor y amplio desarrollo en “Francisco, Encuentro mundial de movimientos populares 2014, 2015, 2016”, Juan Grabois (ed.).

Parece haber llegado la hora de repensar la democracia.