Los montoneros ingresaron al peronismo asesinando a Aramburu y fueron expulsados al asesinar a Rucci. La violencia en el continente se llevó miles de vidas sin ningún logro para sus pueblos. Con Horacio González alguna vez fuimos amigos, en otra vida de la cual todavía guardo memoria. Yo era diputado y me encontró con un libro, Filosofía de la Historia, de Hegel. Se cansó de reiterar su asombro: un político con ese libro. Nos reímos mucho, siempre asumí no haberlo terminado de leer. En plena dictadura escribí una nota sobre Borges que me editó con solvencia, diría que la hicimos a medias. Es un intelectual en serio, de esos que tienen más lectura que noche. Yo pertenezco al otro bando: la vida o las ganas no me dieron tanto tiempo para los libros, entonces le saque el jugo al esfuerzo en la calle y a la charla en la noche. Más noche que biblioteca, eso es lo mío, y no me quejo. Pasé por el taxi y el mercado de Abasto, el mercadito de carne y verdura, me hice peronista con los trabajadores, pasé apurado por la universidad y no pude o no quise quedarme. Claro que nunca me soñé de izquierda: católico primero, peronista después, y nunca violento. Hubo tiempos con miradas compartidas, con José Pablo Feinmann y con el Chacho Álvarez, y muchos otros que no recuerdo o tan solo prefiero no hacerlo.

Jorge Rulli supo ser un amigo en común. Creo guardar algún escrito compartido con Horacio, ambos son o fueron parte de mi vida. Rulli es sin duda el último de aquellos militantes heroicos, con más de diez años de cárcel, con cicatrices de balas que acompañan su férrea dignidad, con lo mejor de esa historia a cuestas. Y la supo convertir en sabiduría. Por eso se enoja cuando la deforman o la degradan, cuando utilizan el pasado quienes sin comprometerse ayer ahora lo intentan reivindicar. Rulli es como la guerrilla uruguaya: ambos revisaron su pasado violento y lo convirtieron en democracia, en riqueza de experiencia pero también dolor de autocrítica. Nos dejan un mensaje de paz aquellos que enfrentaron la dictadura pero nunca se convirtieron en terroristas en democracia. No se pueden mezclar ambas historias. No solo son distintas: son antagónicas.

Nada debemos ni revisar ni falsificar. Aquello que fue digno contra el autoritarismo devino nefasto al funcionar las instituciones. Y en plena democracia surgió un movimiento que fracturó a la guerrilla denominado “la lealtad”, y creo recordar que en ese espacio también estaba Horacio González. El asesinato de José Ignacio Rucci fue un acto demencial de la guerrilla a pocos días del triunfo electoral del General Perón. Un absurdo desafío de los violentos contra la democracia, contra la conciencia popular, agrediendo a la sociedad convencidos que el único poder estaba “en la boca del fusil”. Fui esa noche al velatorio y hablé al otro día en el Congreso. Recuerdo haber dicho algo parecido a “no importa si pertenecen a la CIA o a la KGB, solo nos queda claro que dispararon contra el país”.

Hoy se cumple un nuevo aniversario de aquel vil asesinato, donde algunos universitarios o, mejor dicho, la guerrilla intentaba imponerle su conducción a los trabajadores, cuestionarles su protagonismo, usurparles sus logros. Fue un asesinato sin sentido en plena democracia, un cuestionamiento a Perón y a sus votantes desde la demencia armada. Hubo una guerrilla digna mientras enfrentó a la dictadura -de esa Jorge Rulli es la mejor expresión- y una frívola explicación de la violencia y sus ejecutores, de eso lo acuso hoy a Horacio Gonzalez. El asesinato de Rucci fue contra el pueblo mismo dirigido a su líder, el peronismo y sus ideas nacionales deben recuperar su protagonismo. Esperemos que se imponga en el próximo gobierno, hasta quienes no lo voten lo necesitan. Y que los pensadores aporten ideas dignas de ayudarnos a salir de la crisis. De las otras, de esas que reivindican odios y violencias, de esas nos sobran, y hasta ahora han demostrado no servir para nada.