En vista de la manera en que importantes economías han logrado combinar en los últimos años una política caótica con un crecimiento aceptable, resulta tentador preguntarse si nos estamos preocupando demasiado por el comportamiento de las personas en el poder.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha bromeado con convertirse en presidente de por vida, le ha dado vueltas a la idea de cambiar la constitución por orden ejecutiva y ha usado sus poderes de emergencia para intentar cambios políticos desgarradores. En el Reino Unido, el gobierno está en guerra con el Parlamento y ha puesto en riesgo los derechos de residencia de los ciudadanos europeos, mientras que los jueces han sido denunciados como enemigos del pueblo. En India, el primer ministro Narendra Modi ha debilitado la independencia del banco central, ha revocado la autonomía de Cachemira y emprendió una desastrosa desmonetización en 2016, como ha narrado mi colega Andy Mukherjee.

Sin embargo, los mercados de valores de las tres economías se encuentran cerca de máximos históricos, mientras que el desempleo en EE.UU. y el Reino Unido está en su punto más bajo en más de 40 años. El índice de miseria –una medida aceptable de las dificultades económicas en general, calculado sumando las tasas de desempleo e inflación– está en su punto más bajo desde mediados de la década de 1950 en EE.UU. y cerca de sus mejores niveles históricos en el Reino Unido, mientras que la inflación de los precios al consumidor en India no está muy por encima de sus mínimos históricos. Entonces, tal vez, ¿es posible que una economía fuerte navegue por las turbulencias políticas y salga casi indemne?

Algunos eventos en el hemisferio sur esta semana sugieren lo contrario.

El martes, Australia publicó su primer superávit de cuenta corriente desde 1975, en un momento en que el presupuesto del gobierno probablemente ya está balanceado por primera vez en una década. Al mismo tiempo, Argentina está imponiendo controles de capital para contener una crisis de balanza de pagos tras la caída del peso de 25% en un mes.

Lo sorprendente de estos dos eventos gemelos es que la historia económica reciente de ambos países es en muchos sentidos la opuesta a la narrativa convencional. Australia –no Argentina– ha sido el mayor deudor en su cuenta corriente en los últimos años, y en cuanto al presupuesto, sus déficits han sido tan grandes como los de Buenos Aires. Si bien los inversores han sido comprensiblemente renuentes a financiar los déficits de Argentina, le han dado a Australia la flexibilidad de saturar su tarjeta de crédito en la última década para que pueda salir de una situación difícil.

Canberra probablemente debería seguir aprovechando esta situación a medida que la economía se debilita, como ha escrito mi colega Daniel Moss, pero la credibilidad de la que goza no es accidental. En cambio, es la recompensa de un siglo en el que ambas economías han estado viendo en la otra su espejo.

Hace 100 años, Argentina y Australia parecían países hermanos. Sostenidos por el intercambio de exportaciones agrícolas para el desarrollo de capital británico y abiertos a oleadas de inmigrantes europeos, los dos países estaban entre las economías más afluentes del planeta.

Desde entonces, sus caminos se han apartado dramáticamente. Mientras que Australia sigue siendo uno de los países más ricos del mundo, Argentina se ha estancado durante la mayor parte del siglo; la hiperinflación y las crisis financieras han atrofiado tanto el crecimiento que probablemente pronto será más pobre que China.

La fuente de la divergencia ha confundido por mucho tiempo a los economistas, pero la diferencia más fuerte se encuentra en la política y las instituciones. Desde su primer golpe de estado en 1930, Argentina alternó entre gobiernos militares y populistas líderes peronistas durante 50 años, hasta que la democracia finalmente fue restaurada en 1983.

Australia nunca pasó por nada tan dramático. La destitución de un primer ministro laborista en 1975 se recuerda como el mayor escándalo del país, pero parece un asunto mínimo al lado de lo que ocurría al otro lado del globo. A mediados de la década de 1970 empezó en Argentina la Guerra Sucia, en la que escuadrones de la muerte de la derecha mataron a miles de personas.

El triste desempeño de Argentina durante el siglo XX es un caso aparte en la economía global, pero no deja de ser una fuerte advertencia. Después de todo, el giro del país hacia el autoritarismo se dio con un fuerte apoyo de una parte de la clase media, que lo consideraba mejor que la alternativa izquierdista.

Los ciudadanos de las economías ricas y desarrolladas deben tener cuidado de no usar la misma munición de los argentinos que apoyaron los muchos golpes de Estado del país. Eso incluye a quienes quieren usar el poder para trazar fronteras como medio para que la política responda menos al voto popular; declarar sus políticas como la encarnación de la voluntad popular; o adoptar la opinión del director de Facebook Inc., Peter Thiel –partidario de Trump–, que la democracia en sí misma es un obstáculo para la libertad económica.

Cuando los políticos dejan de intentar legitimarse mediante el consentimiento de los perdedores, se embarcan en una ruta peligrosa de la que puede ser imposible regresar. Paul Keating, el ex tesorero y ex primer ministro australiano, considerado la encarnación de la rama centrista del país, alguna vez advirtió que un fracaso en las reformas económicas haría que el país terminara como una economía latinoamericana. Los países tentados a lanzarse a los brazos de la demagogia populista deberían prestar atención.