Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Cristina Kirchner y Alberto Fernández

Cuando Alberto Fernández se vio obligado a decir que el gobierno de Maduro no era una dictadura porque tenía origen democrático, y que sólo tenía algunos rasgos autoritarios, probó la necesaria fragilidad de la coalición que integra. ¿Qué hubiera ocurrido si decía abiertamente que el gobierno de Maduro, defendido por su socia, jefa y candidata a vice, Cristina Kirchner, era una dictadura, sobre todo después de la advertencia que, unos días antes, le había infligido el segundo hombre fuerte del régimen, Diosdado Cabello, desde Venezuela? Probablemente habría provocado un cimbronazo dentro de un espacio donde el poder formal y el real están disociados. Por eso intentó hacer equilibrio y, contradiciendo el informe que la insospechable Michelle Bachelet hizo para la ONU, se rehusó a calificarlo de dictador. Pero lo interesante de esto no es tanto el tema Venezuela sino que comienzan a verse los límites y la debilidad que hay en esa coalición inverosímil que busca juntar a todo el peronismo con motivaciones en parte electoralistas y en parte de salvación judicial.

Tomando eso en cuenta, ¿tiene sentido prestar atención a lo que dicen Alberto Fernández o Guillermo Nielsen sobre lo que harían en su eventual gobierno? Sí y no. Adquiere un sentido más o menos parecido al que pudo haber tenido escuchar lo que decía Héctor J. Cámpora a inicios de 1973 sobre su futuro gobierno. Muchas veces se piensa en el fracaso del experimento peronista del 73/76, con su desenlace caótico de hiperinflación y descontrol, como una directa consecuencia de la ineptitud de María Estela Martínez de Perón, pero esta perspectiva esconde una explicación más certera y que podría ser útil en las actuales circunstancias: la coalición que llegó al poder en 1973 era intrínsecamente inviable, pese a haber obtenido casi el 50% de los votos con Cámpora y más del 62% con Perón.

La prueba de esto es la doble rebelión sufrida en esa etapa. La primera contra el intento de asalto del gobierno por parte de una izquierda populista que estableció precios máximos y generó una secuela de desabastecimiento, persecuciones y clausuras de comercios; y, más tarde, contra el asalto inverso que la Presidenta, sus allegados, Celestino Rodrigo y la Triple A intentaron imponer desde la derecha. Y hay que aclarar que esta contienda no fue el estricto reflejo de la batalla de Ezeiza entre montoneros y sindicalistas, sino una más matizada, porque en la primera oscilación hacia la izquierda estaban involucrados los sindicalistas, a punto tal que el Ministerio de Trabajo fue ocupado por el dirigente sindical José Otero, mientras que en la segunda oscilación hacia la derecha existió un total rechazo de la CGT, de lo que da cuenta la solicitada publicada en el diario Clarín el 22 de julio de 1975.

Es interesante advertir que la inflación de los años anteriores a la asunción de Cámpora era parecida a la actual: en 1972 el índice llegó a 58,5% y en 1973 a 60,3%, y el remedio intentado por Gelbard fue un pacto social concertando los intereses entre empresarios y asalariados, con una fijación de precios por parte del Estado arbitrador, pero todo estalló por los aires en 1975 en que la inflación trepó al 182,8% y en 1976 en que llegó al 444,1%. Fue un salto cualitativo en la decadencia argentina. Por eso, llama poderosamente la atención que Nielsen haya declarado hace pocos días al diario brasileño Valor que impulsaría un acuerdo de precios y salarios. Es como si la experiencia argentina no sirviera de nada. Volvemos a tropezar siempre con la misma piedra: a aquella coalición peronista entre montoneros, sindicalistas y derechistas la replicamos con una entre camporistas y peronistas "razonables". Aquel fallido acuerdo social de Gelbard lo replicamos con este nuevo acuerdo social de Nielsen, y el orden nostálgico que pretendía encarnar la vuelta de Perón, en su versión de "león herbívoro", lo reeditamos con el orden nostálgico que ahora personaliza la vuelta de Cristina, en su versión de "escritora buena".

Pero, ¿es factible imaginar que, como en el 73/76, la nueva coalición oscile entre dos populismos, derecha e izquierda, y tras un primer fracaso del corporativismo albertista irrumpa un camporismo expropiador y radicalizado, o necesariamente un primer fracaso arrastraría a toda la coalición peronista? El futuro no se puede predecir. Lo más que se puede hacer es prever que si se aplican recetas parecidas ante situaciones relativamente similares se provocarán los mismos resultados. Siguiendo esta línea es posible decir que ya sea mediante un único experimento fallido, o bien mediante un fracaso binario, la nueva coalición peronista terminaría más temprano que tarde chocando contra la realidad e implosionando la economía. Por eso, es necesario comenzar ya a dar la batalla cultural que el macrismo se negó a librar en estos cuatro años: la única explicación de nuestras crisis recurrentes es que los argentinos vivimos por arriba de nuestras posibilidades, gastamos más de lo que producimos. No hay dólares porque no exportamos lo suficiente. Ningún gobierno podrá hacer nada mientras los argentinos no cambiemos ese chip populista de nuestro imaginario. A lo más, podrá haber entusiasmos coyunturales, como el de Menem con dólares que ingresaban por la venta de empresas privatizadas, o el de Kirchner con dólares que provenían de un precio excepcional de la soja. No cambiar es como querer adelgazar sin hacer dieta ni ejercicio. Acecha un futuro muy probablemente tormentoso, pero podemos verlo como una oportunidad de despertarnos de nuestra borrachera populista. Habrá vida después de un eventual gobierno de los Fernández. Los republicanos y liberales tenemos que empezar hoy la tarea pedagógica para que, cuando toque gobernar, estén dadas las condiciones sociológicas. El inevitable fracaso del nuevo populismo será el mejor insumo explicativo.

El autor es escritor y periodista