Alberto Fernández (Gustavo Gavotti)
Alberto Fernández (Gustavo Gavotti)

Alberto Fernández enfrenta el enorme desafío de instituir una épica de la moderación capaz de romper la lógica perversa de la grieta. Contrariamente a lo que en principio pudiera parecer, la moderación también requiere de una épica. Y de una más potente que la del arrojo. Los estudiosos de la antigüedad atribuyen a esta épica de la mesura ni más ni menos que el advenimiento de la democracia. Los griegos advirtieron que en la guerra era mucho más eficaz cerrar filas, y que cada soldado permanezca en su sitio, antes que lanzarse como perros rabiosos sobre el enemigo.

Desde entonces, el temple que permite estar firme junto al otro en la línea de combate sustituyó al arrojo como rasgo fundamental de la valentía. De hecho, se necesita mucho coraje para no romper filas cuando el enemigo acecha. Y también para renunciar al lucimiento personal cuando las circunstancias son propicias. Los griegos entendieron -y esto es lo decisivo- que los arrebatos individuales de cualquier tipo, lejos de asegurarles la victoria, los ponían en riesgo a todos. En la épica de la moderación cada soldado cuenta y tiene idéntico valor. De ahí que sea clave para un orden político democrático.

En la actualidad, esa misma épica es imprescindible para la construcción de un país inclusivo. Una épica de la moderación implica no descalificar al adversario por principio sino sentarse a discutir sus argumentos. Pero un argumento jamás es una concatenación aleatoria de insultos y eslóganes vacíos. Precisamente, una épica de la mesura rechaza de plano la proliferación mediática de pastillas lingüísticas, que tan pronto se ingieren como se escupen, sin ninguna elaboración simbólica. El consumo de estas pastillas es perjudicial para la salud de una sociedad porque impide pensar lo que se dice. La compulsión a repetir frases con exactitud da cuenta de esta imposibilidad.

En este sentido, una épica de la moderación alienta a revertir el proceso cultural de aturdimiento al que conduce una lógica política de obscenidad. Obsceno es quien exhibe públicamente aquello que, por inconfesable, debe quedar fuera de escena. Como la obscenidad es más rápida que el pensamiento, lo anestesia. Su eficacia reside en el estupor que producen sus efectos.

Por eso, una épica de la moderación apela a un estado de vigilia que muestre con discursos y conductas que este devenir histórico no tiene nada de inevitable ni de irreversible, que el negocio mezquino de una polarización salvaje atenta contra aquellos que lo promueven. Lo que hoy los beneficia, mañana los arroja al abismo, es decir, a una grieta inmensa abierta bajo sus pies. Cerrar esa grieta es una apuesta colectiva. De ahí la necesidad de una épica que le asigne su justo valor.

El autor es doctor en filosofía especializado en filosofía del derecho y teoría política