María Eugenia Vidal (Nicolás Stulberg)
María Eugenia Vidal (Nicolás Stulberg)

Entre las sorpresas derivadas de las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), se destacó el categórico triunfo obtenido por Axel Kicillof frente a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires y una de las principales figuras y promesas del PRO María Eugenia Vidal.

Un triunfo que sin duda cimentó la performance del Frente de Todos a nivel nacional: la provincia representa casi el 40% del total de votantes de todo el país, y para muchos especialistas es un distrito clave para asegurar la gobernabilidad del país.

El territorio bonaerense es escenario de varias disputas simultáneas. No sólo está en juego la codiciada gobernación, sino también las intendencias de 135 municipios –entre ellas las del conurbano, esenciales en la dinámica de gobernabilidad y estabilidad social del país-, 35 de los 70 escaños que tiene en la Cámara de Diputados de la Nación, y 46 diputados y 23 senadores provinciales.

Una campaña con un resultado inesperado

Es sabido -gracias a las series históricas construidas en base a encuestas de confianza de las instituciones- que en la Argentina dos de las figuras públicas con peor imagen para los electores suelen ser los sindicalistas y los ministros de economía.

Los primeros son identificados por importantes franjas de la opinión pública con medidas de fuerza, complicaciones en el tránsito urbano e impedimentos para el pleno desarrollo de las fuerzas productivas, entre otros argumentos esgrimidos en las encuestas. Estudios como los impulsados por el recordado sociólogo Manuel Mora y Araujo dan cuenta de ello: hasta 1989 la visión positiva en relación al sindicalismo en el país superaba la negativa; sin embargo, desde entonces la negativa viene superando ampliamente a la negativa, llegando hoy incluso a triplicarla. Y, en relación a los ministros de Economía, los electores identifican en ellos a los artífices –junto a los respectivos mandatarios- de crisis, situaciones inestables y medidas perjudiciales para el bolsillo de la gente, o los intereses de determinados sectores productivos. Está claro que esto no se da necesariamente en todos los casos, pero sí parece ser una tendencia frecuente en nuestra historia.

El ex ministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, parece haber logrado torcer dicha tendencia. Su voto en la Provincia generó un fenómeno poco frecuente. Varios analistas de opinión pública venían señalando que el ex ministro era quien más lograba fidelizar el voto de Cristina en territorio bonaerense, lo que se materializó en las urnas. Casi la totalidad del electorado que votó la fórmula Fernández-Fernández, acompañó a Kicillof a nivel provincial.

Según los datos del escrutinio definitivo -conocido recién el jueves pasado-, el actual diputado nacional obtuvo una ventaja de casi 1,6 millones de votos frente a Vidal. Descontados los votos en blanco y nulos, contabilizando sólo los votos válidos y positivos de acuerdo a lo establecido en la legislación electoral bonaerense, la performance de Kicillof arañaría el 57% de los votos, con una diferencia de 19,5% respecto a la gobernadora. Para esta segunda etapa electoral, y con la campaña en ciernes, Kicillof anunció que su objetivo no será tan solo mantener el resultado obtenido, sino que irá en búsqueda de aquellos votos que puede llegar a obtener y que por diferentes factores no logró captar en algunos municipios. El objetivo para él y su equipo será entonces ampliar la ya abultada diferencia a fin de apuntalar las chances que muchos dirigentes locales tienen de arrebatarle distritos a Juntos por el Cambio.

Los municipios

Una de las aristas más discutidas de la estrategia diseñada y controlada desde Balcarce 50, fue la de desincentivar cualquier atisbo de campañas de corte de boleta a nivel provincial y municipal. Para Vidal y la inmensa mayoría de los intendentes oficialistas, el resultado negativo era a todas luces predecible. Aunque la debacle fue mayor que lo esperado.

La argumentación de los referentes locales era casi de sentido común: si Macri tenía una mala imagen, sus medidas venían horadando fuertemente la imagen de su gestión y ningún indicador parecía generar esperanzas, el corte de boleta podía garantizar un voto compuesto, permitiéndoles a los electores optar por la fórmula kirchnerista, Lavagna u otro candidato, sin sacrificar al intendente o la gobernadora de Juntos por el Cambio.

El diario del lunes 12 de agosto demostró la pertinencia de esta hipótesis. El desplome de Macri arrastró a Vidal y a la gran mayoría de los intendentes del oficialismo que aspiraban a conseguir su reelección, como Néstor Grindetti (Lanús), Diego Valenzuela (Tres de Febrero) y Ramiro Tagliaferro (Morón). El único que logró eludir el desastre fue Jorge Macri en Vicente López.

Sin embargo, con la convicción de tener una gestión que mostrar y con los trascendidos de que el corte se habilitó para los municipios, avizoran una mejora en sus resultados. Los más audaces, incluso, vaticinan poder revertir los guarismos de agosto.

Otro cantar es la situación de intendentes con gestiones que vienen complicadas, como los distritos que presiden Martiniano Molina (Quilmes) y Nicolás Ducoté (Pilar), entre otros. Allí la situación es más compleja y el horizonte electoral ha comenzado a diezmar las voluntades tanto de funcionarios como de militantes.

Vidal: ¿la más perjudicada?

En 2015 Cambiemos había logrado varios hechos inéditos en la historia electoral argentina. El presidente no provenía ni de las filas peronismo ni del radicalismo; la Nación, la provincia de Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires serían gobernadas por la misma fuerza política; y por primera vez en la historia una mujer gobernaría el distrito bonaerense.

Con el tiempo, María Eugenia Vidal seguiría sosteniendo su novedosa figura, con un posicionamiento propio en virtud del cual muchos le auguraban un destino de bronce, instalándose además en las encuestas como la dirigente política con mejor imagen del país. Algo que, progresivamente, comenzó a generar recelos puertas adentro de Casa Rosada. Esta situación culminó a mediados de 2018 cuando luego de la debacle de la figura de Macri tras la crisis cambiaria que estalló en abril de dicho año, se comenzó a hablar de la posible sucesión presidencial en torno a la figura del Plan V.

La acción concertada de dos elementos es lo que explica la performance electoral de Vidal. El primero fue no desdoblar los comicios provinciales respecto de las elecciones nacionales; el segundo fue la directriz de que no se impulsara el corte de boleta respecto a la fórmula presidencial. Como cabe recordar, ambos mandatos provenían de Balcarce 50 y tenían como axioma, ir a las PASO con el proyecto reeleccionista de Macri como principal meta del espacio.

Pasado el lunes amargo luego de los comicios, Vidal pareció replantear su rol en el círculo más estrecho del Presidente. Su incidencia parece haberse haber concretado con el pase de su ministro de economía, Hernán Lacunza, quien reemplazó al denostado Nicolás Dujovne. Por otro lado, manifestó su reproche –con los resultados en mano- sobre la estrategia electoral diagramada para las PASO, logrando obtener la complacencia del Presidente sobre el corte de boleta.

La cuenta regresiva está en marcha. Restan apenas 57 días para que los argentinos concurran una vez más a las urnas para ratificar lo que votaron en agosto, o por lo contrario emitir un voto (nuevamente) inesperado. Estos casi dos meses entrañan un titánico desafío para el oficialismo, que se debate entre la gestión de una situación económica que no encuentra su cauce hacia la estabilidad, y las demandas de una campaña electoral.
Con el Presidente encerrado en su propio laberinto, la campaña del oficialismo podría dar lugar a la lógica del "sálvese quien pueda", aun a riesgo de profundizar la debacle electoral del espacio.

Para los intendentes que albergan alguna expectativa en función de sus gestiones locales, la alternativa está clara: propiciar una agresiva y explícita estrategia de corte de boleta.

En el caso de Vidal el desafío ya no pasa por mostrar resultados de gestión o proyectarse como parte de un equipo sino, en términos comunicacionales, reavivar aquella expectativa en torno a su figura que la hizo brillar con luz propia en el firmamento de la política nacional. Una verdadera epopeya no sólo a la luz de los abultados resultados y el escaso tiempo disponible, sino en función del complejo escenario económico nacional.

Sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017) y "Comunicar lo local" (Parmenia-Crujía)