Dice Franz Kafka: "La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece".

En la capacidad de ver la belleza, la ansiada fórmula de la eterna juventud.  Ser sabio en el mirar. Mirar, pero con belleza, lo que viene. Lo que nos llueve en la vida.

La vista es un sentido sesgado, recortado y fácil de engañar. Mirar más profundo exige alineamiento emocional, y convicción de espíritu. Mirar la belleza apela a la empatía con el contexto, a la búsqueda del sentido de las cosas, y a definiciones acerca de qué es ser rico, y qué es no serlo. Llama a evitar que lo primero que salga sea un "no", a reírse más seguido y a abrazar y decir cosas lindas al oído. A sorprender y nunca perder la capacidad de asombro, a besar más largo, a salir a caminar con el viento en contra, a compartir con otros la tarde que se de, y a abrir la mano mirando a los ojos con una sonrisa en la esquina del que espera. A renacer desde la tristeza, y a volver a creer desde la angustia y la soledad. Aquél que logra ver la belleza logrará ser joven para siempre.

La decisión de mirar con belleza tiene que ver con la actitud con la que recibimos lo que llueve desde el cielo. Decidir exige mirar profundo. En el texto que estudiamos esta semana, leemos: "Mirá, pongo frente a ustedes el día de hoy la bendición y la maldición".

No será una vez. Es cada día de hoy, todos los días, la decisión. Hay veces en que resulta claro cuál es el camino correcto y cuál no. Sin embargo, no necesariamente abrimos la puerta que debemos. La que sabíamos que debíamos abrir.

Pero a la hora de decidir, la vida no resulta tan simple, tan binaria entre lo bueno y lo malo. El desafío aparece cuando la elección se dirime entre lo malo y lo malo. Allí es cuando necesitamos coraje y fortaleza para aprender a atravesar lo que tengamos que atravesar. O bien, cuando tenemos que elegir entre lo bueno y lo bueno, y comprender entonces que no podemos esperar tenerlo todo. Por eso el texto nos sugiere antes de decidir, mirar. Mirar profundo. Mirar con belleza. Porque a veces lo malo adquiere un disfraz de bendición y viceversa. Por eso a la hora de mirar, debemos mirar con sabiduría, con coraje, permitiendo que mire el alma, y no el ego.

En la Tierra Prometida, Moisés anticipa que van a encontrar un lugar en el norte donde hay dos montes: el monte Eival y el monte Guerizim. Y que al verlos, se comprenderá qué es la bendición y qué es la maldición. Estos dos montes son reales, se encuentran en la ciudad de Shjem y están uno frente al otro. El monte Guerizim tiene una pastura maravillosa, parece una alfombra perfectamente verde, es bellísimo, con sus bosques y sus árboles hasta la cima. Y frente a él, el monte Eival totalmente reseco, gris y oscuro. Sólo piedra y barro. Ni una planta, ni un árbol, ni una flor.

Ambos montes reciben la misma cantidad de lluvia, comparten el mismo suelo, la misma humedad, el mismo clima, les llega el mismo día y la misma noche, la misma intensidad de calor del sol y el mismo frío en invierno. El rabino Shimshon Rafael Hirsh dice que incluso se deposita sobre ellos la misma cantidad de polen de las flores de los alrededores. Y sin embargo, uno desborda de verde y vida, mientras el otro se ve completamente árido y desierto. Esa es la bendición y la maldición. Es la manera y la actitud en cómo recibimos lo que trae la vida. Si lo vemos desde la belleza, elegiremos la bendición. Entonces, sólo entonces, seremos jóvenes para siempre.

Sea lo que llueva desde el cielo, sea lo que nos traiga la vida, en su riqueza o en su pobreza, en el amor o en la desilusión, en la pérdida o en el reencuentro, en la crisis o en la oportunidad, en el quiebre o en la apuesta, en la soledad o en la fe, somos nosotros los que decidimos en qué monte vivir.

Cuando nos sucede algo y preguntamos: ¿por qué me pasa esto a mí? Nos transformamos en un objeto de causas que están fuera de nuestro control, aferrados a preguntarnos por un pasado que no podemos modificar. En cambio, si elegimos preguntarnos: ¿y ahora, qué voy a hacer con esto que pasó? Nos sabemos sujetos con la capacidad de cambiar nuestros propios futuros. No podremos cambiar el pasado, pero cambiar el futuro es una elección. Ese es el momento del triunfo de la elección por sobre el destino.

No se trata entonces solamente de elegir entre lo bueno y lo malo. Sino de elegir las buenas elecciones, por sobre las malas elecciones. En este momento es que nos transformamos en los arquitectos de nuestros propios destinos.

Se trata de mirar. Pero de mirar más alto. De mirar con belleza.

Y si no lo estás logrando, recordá lo que dijo el gran Saint-Exupéry: "Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada."

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.