Mauricio Macri y Alberto Fernández
Mauricio Macri y Alberto Fernández

Hace dos meses, la compañía de entretenimiento norteamericana HBO estrenó Years and Years. La serie narra la historia de una familia inglesa conformada por ocho personajes centrales y recorre sus vidas en el transcurso de varios años, mientras describe el mundo futurista que los rodea. Pone énfasis en las miserias humanas, en la política, en la sociedad y en las nuevas formas de comunicación e interacción entre personas.

En ese futuro inglés aparecen realidades actuales. Un mundo cada vez más dividido por la tercera guerra mundial comercial entre China y Estados Unidos y el devenir de movimientos políticos demagógicamente de derecha.

Italia spoileó la serie cuando el primer ministro, Giuseppe Conte, leyó una lista de motivos por los que considera al vicepremier y ministro del Interior, Matteo Salvini, "un irresponsable y un ser humano desdeñable". Luego de eso renunció, y así llegó a su fin la alianza nacionalpopulista de gobierno.

En el sistema parlamentario italiano, el Gobierno necesita al menos el 40% de las fuerzas. Fue por este motivo que tras las elecciones de marzo de 2018 la Liga y el Movimiento 5 estrellas formaron una coalición. Sus líderes coincidieron en un programa de gobierno y pusieron al por entonces desconocido profesor de derecho Giuseppe Conte como presidente del Consejo de Ministros.

En Italia ya no hay cortocircuitos entre los integrantes del Gobierno: hay una crisis institucional que anuló el diálogo con la sociedad, profundamente descreída. El esfuerzo desmedido de Salvini por ser el portavoz de las nuevas necesidades italianas está a nada de mandarlo a la casa.

Este ejemplo internacional tiene sus reflejos en el resto del mundo. La Argentina no es ajena. Por un lado, Cambiemos es una coalición de gobierno conformada principalmente por un partido vecinalista y otro centenario de origen popular y republicano. Por el otro lado, el Frente de Todos, una alianza que pareciera aglutinar varios sectores del peronismo y del pejotismo tradicional, con expresiones de esa misma filosofía más libertaria.

El problema es que el primero fue una coalición que encontró integrantes con diferentes orígenes y escalas de valores. Fue más un aglutinamiento, un mero acuerdo entre partes. El segundo es un encuentro de partes iguales, con orígenes similares. Es en la génesis de estos dos donde también se explica el resultado de las PASO.

En el mundo de la big data y el consumo de sentimientos, las estructuras partidarias se fueron desvaneciendo. No están aggiornadas a los requerimientos de consumo del mercado electoral y por eso perdieron peso. Le pasó a la UCR y a su opositor histórico, el PJ. Sin embargo, en un armado electoral competitivo, las marcas son fundamentales para generar sentido de pertenencia y no perder tiempo en posicionarse en el mercado. Por eso se las convoca y se las evoca en los armados como liturgia comercial.

Las franquicias electorales se ordenan de acuerdo a los requerimiento de la base electoral de ese momento. Fue así como nació Cambiemos en 2015 y fue así como este año vimos emerger al Frente Todos. El éxito en el tiempo depende de los puntos de encuentro.

Esto explica como hoy Mauricio Macri solo puede sentar en su mesa al PRO. El alejamiento del radicalismo no sólo es el oportunismo y el sentido de supervivencia: también son diferencias irremediables y de fondo que solo podían disimularse con una billetera gorda. Eso terminó y referentes como el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, lo sintieron.

El desafío del Frente de Todos es no ser un gobierno de transición. Fortalecerse en conjunto, para soltar las diferencias programáticas y los prejuicios mediáticos entre unos y otros. Los responsables de lograr este objetivo son Alberto y Cristina. Representando el rol de padres y tutores de este grupo humano, deberán conducir a sus integrantes para que ninguno se descarrile o se confunda en el objetivo a largo plazo: trascender.

La autora es licenciada en Comunicación Social (UBA) y técnica en Periodismo (TEA)