(Foto: AP)
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En Argentina el 32% de la población está por debajo de la línea de la pobreza. Esta frase, fría, cruda y naturalizada, es la que esgrimieron los datos oficiales durante 2018. Si recabamos aún más, notamos que el 46.8% de los niños se encuentra inmerso en esta situación y, como contracara, el 9% de los adultos mayores a 65 años.

Este contexto, que ya lo consumimos de manera corriente independientemente del gobierno de turno y la ideología, se tiñe de drama y viene aparejado de una serie de frases trilladas que exponen la frustración de las personas: "es imposible cambiar", "la pobreza es un negocio" o "¡qué drama…una lástima que no se pueda hacer nada!"

Esta situación ofrece a la vuelta de la esquina una serie de excusas y limitaciones de las que un sector importante de la población se aferra para no asumir una responsabilidad social preponderante. Una mirada renovadora y altamente necesaria sería hablar de que la Argentina tiene un 68% de la población que no vive en la urgencia extrema y un 53.2% de niños que podrían ser instruidos bajo los valores esenciales de la solidaridad y la igualdad. Coincidimos todos en que las cifras no se arriman ni por asomo al ideal, pero también está claro que hay otro estrato poblacional que podría reflexionar y asumir el rol de agentes de cambio.

Generar un cambio no implica solamente erradicar una enfermedad importante o impartir la paz en una zona de conflicto, generar cambios –también– podría ser difundir contenido cultural que invite a reflexionar sobre problemáticas o modificar el comportamiento de personas cercanas.

Nada tiene de malo la ambición razonable por desarrollarnos profesionalmente o brindarle un buen pasar a nuestra familia, pero hay una cuestión que se debería enarbolar a diario: ¿buscamos generar influencia positiva?

Una tendencia que se replica y, que antes era tomada como verdad irrefutable, es la de pensar que los únicos actores que deberían generar cambios positivos eran las instituciones educativas, gobiernos u organizaciones sin fines de lucro, mientras que el resto esperaba de brazos cruzados las bondades del trabajo ajeno.

Hoy vivimos en sociedades con desarrollos impensados hace unos años; en materia de salud, acceso a la información y a contenidos culturales o conectividad. Sin embargo, en contraposición, hubo explosiones demográficas que ampliaron aún más las brechas sociales y vinieron aparejadas de hambrunas o diversas enfermedades. Lo esencial, entonces, no es con lo que contamos, sino la responsabilidad que asumimos para utilizar los recursos.

Afortunadamente esta visión comienza a aflorar en los jóvenes y se ve reflejado, por ejemplo, en que el 20% de los emprendedores argentinos son de impacto social y ambiental.

Se presume inminente, entonces, la necesidad de que cada persona, dentro de sus posibilidades, accione como agente de cambio; en conjunto a través de un movimiento que solucione problemáticas transversales o individualmente por medio de acciones más pequeñas, que desempolven los valores de la solidaridad, el servicio y la igualdad.

Esto invita a un interrogante, que cada uno de nosotros se debería plantear: ¿estamos dispuestos a modificar nuestras prioridades para ser agentes de cambio?

El autor es presidente del Rotary Club de Buenos Aires.