Néstor Kirchner junto a Alberto Fernández (foto de archivo)
Néstor Kirchner junto a Alberto Fernández (foto de archivo)

Artículo publicado en la revista Americas Quarterly

"It wasn't magic" (No fue magia).

Las palabras de Cristina Kirchner en sus últimos meses como presidente de Argentina se convirtieron en la bandera de lucha para el movimiento político que construyó con su fallecido esposo y ex presidente Néstor Kirchner. El crecimiento económico y las mejoras en los indicadores sociales durante sus gobiernos fueron el resultado ​de sus políticas populistas y estrictas. Pero una aproximación más exacta de lo ocurrido en la era Kirchner puede ser definido como: "El momento justo, en el lugar indicado".

Los cálculos y la convicción de Kirchner durante su presidencia fueron precisos. Alberto Fernández, ex jefe de gabinete de Néstor, hace campaña para la presidencia basándose en el legado que le dejó su ex jefe, quien desde 2003-2007 tuvo un período de rápido crecimiento económico, estabilidad política y mejoras en los indicadores sociales.

Al elegir a Alberto Fernández como candidato para su coalición, Cristina lo adoctrinó para "Nestorizar" el sello Kirchner, lo que le permitió recuperar a los votantes "alienados" con su política populista. Los resultados de las PASO son una señal de que la apuesta dio sus frutos, y lo más probable es que Alberto Fernández sea el próximo presidente. Sin embargo, a Alberto Fernández le espera un drástico panorama económico y político: desde severas restricciones presupuestarias hasta una coyuntura internacional adversa. Para Alberto Fernández no será este el momento justo, mientras sea el lugar indicado.

Esto podría frustrar su promesa de superar el éxito de Néstor, el cual se puede atribuir a su manejo astuto de la política favorecido por el aumento de las retenciones a la exportación durante un "superciclo" de commodities sin precedentes.

El superávit en las cuentas públicas durante la presidencia de Néstor fue favorecido por las políticas económicas y fiscales que heredó después de la crisis de 2001. Estas incluyeron el mayor incumplimiento de pago de la deuda en la historia, el cual le había ahorrado al Estado miles de millones de dólares en deuda pública; aumentos de impuestos a las exportaciones agrícolas, ingresos y transacciones financieras; controles sobre precios de servicios públicos; y una devaluación masiva que afectó los salarios de los trabajadores, incluidos los del sector público. De un día para el otro, el Estado se encontró con recursos presupuestarios para impulsar la economía.

Néstor también fue bendecido con un contexto geopolítico favorable. En 2002, Lula da Silva fue elegido presidente de Brasil y Hugo Chávez sobrevivió a un intento de golpe de estado en Venezuela. Mientras tanto, el mismo mes en que Néstor prestó juramento, Estados Unidos invadía Irak, impulsando los commodities a través de los altos precios del petróleo. Durante la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, los tres líderes populistas hackearon los esfuerzos de Estados Unidos por alcanzar un acuerdo de libre comercio en todo el continente. Al poco tiempo, los medios instalaron el término post-neoliberalismo y la "Pink Tide", más conocido como la vuelta a las políticas de izquierda.

Ya para 2005, la economía se había recuperado de la crisis y estaba creciendo a "tasas chinas". A principios de 2007 cuando la economía comenzó a tambalear, Néstor (y Alberto Fernández) intervinieron el Indec para manipular los datos estadísticos y la idea ficticia de una economía sólida.

Néstor terminó su mandato con un índice de aprobación por arriba del 50 por ciento debido a los beneficios de la austeridad de su predecesor, sin tener que pagar ningún costo político. Tampoco pagó los costos de sus propias políticas intervencionistas y de manipular los datos económicos. La herencia recayó en sus sucesores, su esposa Cristina Kirchner, y en el actual presidente Mauricio Macri.

Para Alberto Fernández, el contexto actual no podría ser más diferente de lo que fue para Néstor. El acuerdo con el FMI que limita su margen de maniobra; la guerra comercial entre los Estados Unidos y China y los temores de recesión en muchas de las principales economías del mundo que reciben el coletazo de la pelea entre estos dos gigantes; las moderadas perspectivas económicas de Brasil que frenan las exportaciones de Argentina; y la incertidumbre relacionada con el cambio climático en la producción agrícola, representan serios problemas para Alberto Fernández en caso de ganar la presidencia.

Alberto Fernández declaró que está conforme con la devaluación del peso, que favorece las exportaciones. En realidad, la devaluación del peso no puede compensar el freno en el consumo interno y los precios más bajos. En 2018, Macri también apostó a que un peso devaluado impulsaría las exportaciones, esperando que crecieran un 20 por ciento en 2019. Pero en la primera mitad de este año, las exportaciones han crecido solo un 2,4 por ciento. Alberto Fernández se frustrará si intentara imitar a Néstor construyendo un gobierno de coalición valiéndose del ingreso de dólares de las exportaciones como un paliativo.

Alberto Fernández también tomaría las riendas de una Argentina con difícil acceso al crédito, debido a una combinación de sobreendeudamiento y falta de confianza en su coalición política. Los inversores tienen buenas razones para preocuparse. Máximo Kirchner, hijo de los Kirchner y jefe de la organización política La Cámpora, declaró recientemente que el país debería no pagar el préstamo del FMI. Luego, un asesor económico cercano a Alberto Fernández dijo que no habría ninguna renegociación de la deuda. La posición de Alberto Fernández es que el país está "prácticamente en incumplimiento" (default) y está dispuesto a renegociar la deuda. Esta falta de coordinación no es un buen augurio para el acceso de Argentina a los mercados bajo la presidencia de Alberto Fernández.

Mientras tanto, Alberto Fernández "niega cualquier responsabilidad por el desarrollo de la crisis financiera y económica, culpando a Macri por todo lo que salió mal", señaló el economista Arturo Porzecanski a la revista AQ. Esto es como una lección de Néstor: que el gobierno anterior pague los costos del ajuste. La falta de voluntad de Alberto Fernández para cooperar con Macri (a pesar de que hubo algunas llamadas telefónicas) le asegura al actual Gobierno su propia austeridad. Los beneficios de los controles de precios y los aumentos de impuestos comenzarán a sentirse una vez que el nuevo gobierno esté en el poder y Alberto Fernández argumentará cualquier efecto negativo heredado de la era Macri.

La geopolítica es un área donde la suerte juega un papel importante, pero también la diplomacia.  Desafortunadamente, el estilo político de Alberto Fernández pudo encontrar un rival en el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien no ha ocultado su desdén por Alberto Fernández y su compañera de fórmula, refiriéndose a ella como "bandidos izquierdistas". Alberto Fernández le contestó y lo llamó "misógino" y "violento". Además, las críticas de Alberto Fernández al poder judicial brasileño y la reciente visita al ex presidente Lula en la cárcel fueron un gesto provocador que tensionó aún más la relación con Brasilia.

Para empeorar las cosas, el escepticismo de Alberto Fernández hacia el tratado de libre comercio con la UE y la postura proteccionista de su partido les ha generado una severa advertencia del ministro de economía de Brasil, Paulo Guedes, quien dijo que Brasil abandonaría el Mercosur si Alberto gana las elecciones. Incluso en Uruguay, que tuvo una mala relación con los Kirchner, los candidatos presidenciales están hartos de los Fernández. Si un gobierno de centroderecha gana en Uruguay, Argentina puede quedar aún más aislada diplomáticamente.

Alberto Fernández puede llegar a ganar gracias al legado de la presidencia de Néstor, y podrá ser un operador hábil, pero no cuenta con la suerte de Kirchner. Además, todavía no está claro qué papel desempeñaría su "poderosa" vicepresidenta durante su gobierno. Alberto Fernández quizás necesite un poco de magia para hacer las cosas bien en Argentina.

*El autor es investigador en el Centro Woodrow Wilson para académicos internacionales y candidato a doctorado en ciencias políticas en la Universidad de Toronto