Nadie quiere hablar de transición. Es la palabra maldita. Macri sabe que el poder se le escurre. Se aferra a retener lo poco que le queda. Debe gobernar hasta el último de sus días con lo que resta entre sus manos. Necesita mantener vivo al candidato para sostener de pie al Presidente.

Animado por la validación presidencial, Marcos Peña activa desde Whatsapp. El vapuleado Jefe de Gabinete convoca ahora a "dejar todo en la cancha". Dice estar convencido de que se llega al balotaje y que llegar es ganar. Apela a armar una suerte de cadena de oración electoral convenciendo a diez seguidores por cada "defensor del cambio". Hace cuentas sobre los que no votaron en agosto y desde ese argumento fogonea la ilusión.

Tampoco Alberto quiere hablar de transición. En este escenario es una mala palabra. Se reivindica candidato y solo eso. Evita ser arrastrado por la debacle económica que sobrevino a las PASO y que tuvo un riesgoso remezón el pasado lunes luego de confusos dichos acerca de la reestructuración de los bonos, una desdichada pieza de campaña que el mismísimo Guillermo Nielsen salió a desmentir. Dispuesto a colaborar con la gobernabilidad y, también consigo mismo, AF se exhibe moderado, pero cuanto más lejos de Macri mejor. ¿Qué sentido tendría quedar pegado a lo que ya es para muchos un inexorable final?

Alberto no necesita andar convocando. Todos vienen por él. Una larga fila de promesantes aguarda ser recibido. Poder entrar en el flamante santuario de la calle México donde todo huele a poder es la Meca de estos días. Quieren verlo, tocarlo, percibir cómo siente y piensa. Ahora no es un Fernández más, ahora es Alberto. Así a secas.

Otros son los problemas del nuevo hombre fuerte de la Argentina. Tiene que llegar a octubre tranquilo, sereno, moderado, sin dejarse arrastrar por fastidios ni enojos. Debe pesar cada gesto, cada palabra con la precisión de un joyero. Lo que haga o deje de hacer, lo que diga u omita decir, cuenta. Le guste o no admitirlo, corre una transición económica de la que, en el mejor de los casos, deberá hacerse cargo. Su principal tarea en estos días es aplicarse a una campaña dominada por el doble estándar. Tiene que hablar al mismo tiempo para Dios y para el diablo y lidiar hacia adentro con la propias contradicciones. No es poco esfuerzo.

Esto es lo que las PASO nos dejaron. Desnaturalizadas en su razón de ser, las primarias terminan pariendo un extraño engendro político.

El Presidente en ejercicio tiene que convivir en medio de la crisis descomunal, con un candidato devenido presidente virtual y al que, a dos meses de las elecciones generales y más de tres de un eventual el traspaso de mando, ya todos rinden pleitesía.

La anomalía genética de la fórmula del Frente, en la que la vicepresidenta elige a su presidente, un hecho absolutamente inédito en la política a nivel global, y el manotazo a la desesperada en el que Macri recurre al opositor menos pensado para que lo acompañe en la fórmula nos traen hasta aquí. Ahora el desafío es sobrevivir a esto: la PASO que los parió.

Nadie la tiene fácil. Alberto y Macri, a quién ya pocos llaman Mauricio, están forzados a una suerte de convivencia gemelar. No han coincidido en un mismo espacio ni parecen dispuestos a que esto ocurra, pero ambos saben que son interdependientes. Lo que haga o deje de hacer cada uno de ellos impacta en la sobrevida política del otro. Flotan interconectados en una misma e hirviente bolsa gestacional.

Nunca tuvieron una buena química, pero las urnas los redujeron a esta condición exasperante. Siameses políticos compartiendo órganos tan vitales como las reservas y la relación con el FMI. Los recursos que uno consume le restan vida al otro. En la lucha por la supervivencia siempre se impone el más fuerte. En este caso ya todos saben quien lleva las de ganar.

Alberto quiere que le mantengan el dólar Dylan a raya pero, a la vez, ruega que no agoten las reservas. Todo no se puede.

Macri instruye a Lacunza a cuidar a los argentinos. Dan de baja el IVA a alimentos y suben el mínimo no imponible y los gobernadores estallan. Meten plata en el bolsillo de los argentinos pero la restan de las cajas provinciales. Arde Troya. Son medidas de corto plazo, paliativos. No van mucho más allá de diciembre. ¿Qué hará con todo Alberto Fernández? es la pregunta de la hora.

No es solo plan Alivio, es plan Llegar.

El candidato del Frente de Todos dijo que en su gobierno no habrá cepo ni default. Se ve obligado a repetirlo una y mil veces para contrarrestar otras afirmaciones que inquietan.

Felipe Solá habla de desdoblamiento cambiario y trae a cuento la necesidad de una intervención en el mercado de granos. Kicillof no descarta alguna suerte de control de cambios. Nadie pronuncia cepo, otra palabra maldita. AF se ve obligado a recordar que sería poner una piedra en la puerta giratoria.

Atrapados en el juego de la oca. AF logra avanzar seis casilleros y entra el que sigue y retrocede cuatro. Carlos Melconian plantó una figura. Alberto no para de sacar agua de la canoa. Un ejercicio agotador.

Después de unos días de recogimiento, Macri reapareció en modo candidato. Desde escenario del Malba, frente a un auditorio círculo rojo, pidió que hable Cristina. A Macri le genera intranquilidad el silencio de CFK. Que la ex mandataria permanezca guardada le hace ruido.

El pasado 11 de agosto se votó con el bolsillo. La elección se perdió en las góndolas de los supermercados. No llegar a fin de mes mete más miedo que los esperpentos del tren fantasma. Si de llegar a noviembre se trata, no parece ser por ahí.

En Juntos por el Cambio no bajan la guardia. "Lilita" la pelea. Se define como una porrista. Le pone garra. La líder de la Coalición Cívica apuesta al desorden. Dice que no cree que el desorden económico deje al gobierno en una situación tan desesperada.

"Cuando hay caos, la gente vota el orden", asegura. "Orden en este país es Mauricio Macri", vocifera exultante.

Más incontinente que nunca cierra filas con Marcos Peña y como al pasar tira munición gruesa contra Rogelio Frigerio, a quien acusa de intentar fortalecer los vínculos con los gobernadores del PJ. Una tarea a la que a lo largo de toda su gestión el ministro del Interior se dedicó con especial empeño.

La idea de ampliar la base de sustentación política de Cambiemos no parece haber entusiasmado mucho a MM quién prefirió la zona de confort del núcleo duro PRO. Un ámbito cerrado y un tanto negador de la realidad que lo terminó separando de sus hombres más politizados y donde lo encuentra refugiado la feroz golpiza electoral.

"Hay algo patológico en todo esto", concluyen los que vivieron estos avatares desde adentro mismo del poder.

"El PRO es a Cambiemos los que La Cámpora es al peronismo", sostienen los que quería construir una fuerza amplia que incluyera a sectores del peronismo no K. Una iniciativa que se estrelló contra la cerrazón política de los PRO puros. Desencantados se repliegan mientras definen este momento como "el principio del fin". Dicen que Mauricio nunca generó "affectio societatis", que ninguneó a los suyos y que trasunta una "soberbia de clase" diluyendo los vínculos personales que amalgaman la fuerza de cualquier proyecto político.

Son crudos para describir las dificultades de la primera línea PRO para generar empatía social. Atribuyen este déficit a una marca de naturaleza y origen social. Subestimar a la gente no les rindió, concluyen. Esa disociación que empezó de arriba hacia abajo, ahora sube de abajo hacia arriba.

En orden a entender cómo se llegó hasta aquí, argumentan que Marcos Peña envolvió a Macri con impronta de cortesano cerrando el paso a todos los que percibía con ideas propias. Ostentaron a Durán Barba y se apoltronaron en la desintermediación de las redes y la comunicación digital depreciando las formas tradicionales de la política, esas que demandan poner el cuerpo y el alma en el contacto con los otros.

"Llegamos como Cambiemos y nos gobernó el PRO", mascullan por los rincones. Son los mismos que esperan el 10 de diciembre para armar algo nuevo, algo transversal. No quieren ni imaginar un gobierno de La Cámpora y desde ahí se predisponen a encontrar un lugar en la que ya imaginan una lucha sin cuartel al interior del peronismo por el reparto del poder.

Espantados por el desdén cambiemita los gobernadores del PJ ahora arropan a Fernández. Hasta el cordobés Juan Schiaretti habló esta semana con Alberto. "A Schiaretti le creció el peronismo", dicen los que lo siguen de cerca.

No solo el peronismo más o menos K se predispone a acompañar a Alberto. Buena parte del establishment económico encuentra a AF "rubio y de ojos celestes". No son pocos los que piden pista y aguardan su turno en lista de espera. Lo perciben como el último dique de contención frente a un escenario de radicalización política y económica y se preparan para respaldarlo.

A este punto las leyes de la física cuentan más que los cálculos matemáticos El poder siempre atrae más poder. Ejerce una atracción magnética difícil de resistir. Muy especialmente en tiempos de crisis.