En el tramo final de la campaña, el Gobierno sale a pedir el voto. Lo necesita. En octubre no se computa el blanco y eso cambia de manera rotunda el cálculo. El que llega al 45% gana. Basta una sola boleta para definir la situación.

Entonados por el suave pero sostenido reposicionamiento de Mauricio Macri, el empeño estará puesto en que todos vayan a votar. A mayor participación, aumentan las chances para el oficialismo. Muy especialmente en la provincia de Buenos Aires, donde el kirchnerismo mueve fuerte a la militancia. No pueden permitirse el lujo de esperar que la participación suba al 80% en octubre como ocurrió en 2015. Nada de quedarse en casa recalculando.

"No es una elección más", dijo Macri Es ahora o nunca. Al menos este es el mensaje que subyace en la apelación presidencial.

Ultra polarizados, se supone que el ochenta por ciento ya ha decidido, y con una diferencia que parece estrecharse, las PASO devienen en una virtual y dramática primera vuelta.

El Frente de Todos aparece primero en casi todos los sondeos. La distancia que separará a una de otra fuerza en las PASO es el dato clave. Si alguno supera en algo más de dos puntos el 40%, el reaseguro de un balotaje al que se aferra el oficialismo se esfuma. Si la distancia a favor de los Fernández es grande se teme una estampida de la economía, una fuerte perturbación de los mercados.

La cantidad de votantes que concurra a las urnas no es un dato menor, por eso el "voto meteorológico" también cuenta. De todos modos, rige una extraña paradoja. Mientras se reza por buenas condiciones en algunos distritos, Juntos por el Cambio baila la danza de la lluvia en el Conurbano. Llegado el caso de que se venga un aguacero, las veredas, desagües y pavimentos, tan promocionados en campaña no jugarán precisamente a favor. En la tercera sección electoral el kirchnerismo arrasa.

Es curiosa la campaña que corre. La del Frente de todos, errática y bipolar. Definitivamente confusa. CFK lidia consigo misma tratando de mantener a raya su natural impulso confrontativo. Sin demasiado suceso, despliega un pretendido modo zen, aunque de tanto en tanto vuelca.

Su designado candidato a la presidencia no logra hacer pie en el perfil de moderado y componedor que se le impuso. Intenta, le pone garra, pero todo le termina jugando en contra.

Alberto Fernández pasó de la ingrata tarea de intentar neutralizar las desbocadas declaraciones de los fundamentalistas K, un activo tóxico que no logra aplacar con buenas maneras, a perder la apostura tratando de esquivar respuestas acerca de cómo pasó de la furiosa oposición al kirchnerismo a ser candidato de CFK. El asunto lo terminó enredando en horribles refriegas con los periodistas. Un bajón. Fatigado por estos traspiés, pega el volantazo discursivo echando mano a la economía y se mete en otro berenjenal.

En la arremetida hace promesas de cumplimiento que muchos suponen imposible y vuelve a toparse con preguntas fastidiosas. Consultado acerca de cómo financiará el aumento del 20% a los jubilados (se entiende, claro, que por sobre que la fórmula que se debatió en el fatídico diciembre de 2017 y que será en 2019 de más de 40%) dice que dejará de pagar los intereses de las Leliq. Para Fernández, el dólar está recontra bajo y propone liberarlo para que alcance libremente su altura de crucero. Para decirlo mal y pronto: devaluar.

La temeraria afirmación obligó a los suyos a reinterpretar sus declaraciones e incluso a desmentirlo.

Si lo que quiso decir el candidato es que va a defaultear los intereses ya comprometidos o simplemente habló de bajar las tasas de la Letras de Liquidez es a esta altura irrelevante.

Es poco probable que lo suyo haya sido un acto de ingenuidad.

En el oficialismo se da por descontado que Fernández apostó, con premeditación y alevosía, a generar inestabilidad económica en los días previos a las PASO. Algo que los más optimistas atribuyen a una conciencia de debilidad frente al achicamientos de las posibilidades de llegar al poder. Todo depende del cristal con que se mire. Por fortuna nadie parece haberlo tomado demasiado en serio. Caso contrario, los mercados ya estarían en estampida. El dólar subió pero no voló, al menos hasta este viernes.

Es poco probable que Sandra Pitta, la científica que dijo sentirse amenazada por las palabras de Fernández en un acto, pueda llevar su caso a los Tribunales, pero el revuelo que produjeron los dichos- no necesariamente malintencionados del candidato- le ocasionaron al postulante un nuevo daño al evocar en la memoria colectiva las lapidaciones mediáticas a las que supo ser tan afecta CFK. La sombra de Cristina persigue a Alberto vaya donde vaya y diga lo que diga.

En una charla entre mujeres, todas trabajadoras bancarias del gremio de Sergio Palazzo, la candidata a vice abrió otro frente a las elucubraciones preelectorales.

"Estoy absolutamente despojada de cualquier vanidad o emoción", dijo la ex Presidente en un discurso con una fuerte pátina emocional en la que cargó una vez más contra María Eugenia Vidal. Habló de recuperar la felicidad y de unir a los argentinos. Esa es su consigna para la hora. Sentimientos y sensibilidad a flor de piel.

En este contexto, el flamante "teorema de Pichetto" cobra fuerza. El candidato a vice del oficialismo pone en duda que el Frente de Todos tenga un proyecto de triunfo a nivel nacional. El senador sostiene que " la construcción que ha realizado el Frente es ir por la provincia de Buenos Aires (…) la decisión política fue darle fuerte contenido a una estructura joven radicalizada, más fanatizada". Atrincherarse en la provincia y desde ahí resistir a la espera del 2023.

"Ellos no tienen vocación de ganar", sostiene Pichetto. Buscan hacerse fuertes en territorio bonaerense, convertir el más grande de los distritos electorales en una suerte búnker para el cristinismo. La idea sería dejar que Macri haga el trabajo sucio pendiente mientras Máximo madura arropado por los suyos a la espera de que la adversidad devenga clamor. Una hipótesis que sonó a delirios de afiebramiento pero que a la luz de tanto disparate deviene verosímil.

Con los números a favor, y una muy fuerte diferencia en la populosa tercera sección electoral, Axel Kicillof, un candidato súper competitivo que retiene todos los votos del Cristinismo, tampoco la tiene fácil.

Al ex ministro de economía K le toca lidiar con los que se van de lengua naturalizando las peores escenas de la violenta política bonaerense. El caso de Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverría, quien, en tren de banalizar las amenazas denunciadas por María Eugenia Vidal, aseguró que a él lo amenazan y lo tirotean de tanto en tanto y no anda haciendo aspavientos por los canales como Vidal, que vive en una base aérea porque le dejaron "un cosito así", en alusión a un cartucho de escopeta que le dejaron en su casa de Castelar. Horrible.

En el oficialismo se celebran estos dislates. A Axel "le desarman todo el tiempo la campaña", comentan entretenidos. Saben que el niño mimado de CFK también tiene que luchar con el fuego amigo que le disparan los intendentes pejotistas. Está condenado convivir con quienes no lo quieren bien. No le conviene dormirse.

Vidal sigue abajo en los números de las encuestas, pero los suyos hablan de un escenario mucho más favorable que unas pocas semanas atrás. No compran el optimismo de las consultoras que la ubican solo dos puntos abajo, sino que piensan que aún con cuatro tienen todo dado para llegar bien a octubre. No es resignación sino realismo. Tampoco creen poder aspirar a un corte de boletas por encima de los 6 puntos como ocurrió en octubre de 2015, pero no descartan en entre el 2% y el 3% de los votantes bonaerenses peguen un tijeretazo en la papeleta electoral.

Las picardías electorales están a la orden del día. El delivery de boletas incluye una novedad: las boletas plegadas. Una suerte de creativo origami, que de acuerdo a cómo se aplique el doblez termina ocultando la imagen de Mauricio Macri, una figurita que en el caso del conurbano lejos está de ayudar. La imaginación al poder.

A una semana de las primarias, la campaña fluye mediocre e insustancial. 

De las reformas pendientes en materia de trabajo y previsional, de la generación de empleo genuino, de qué se piensa hacer con la educación en un país en que el 39,3% de los estudiantes que ingresan a primer año no llegan a terminar en tiempo y forma el ciclo secundario no se habla. De todo eso no se habla.

Todo lo que propone Roberto Lavagna es hermoso. Afectado por otro teorema, el de Baglini, que cuanto más lejos se está del poder, más livianamente se hacen promesas políticas, el candidato de Consenso Federal baja consignas irresistibles. La idea es "poner plata en el bolsillo de la gente". Propone consumo e inversión. Todo muy tentador .

Jose Luis Espert, mucho más pragmático y consecuente con su ideario, habla de "desembolso en especies para los que no quieran trabajar". Nada de planes sociales ni cosa que se le parezca. Así es poco probable que sume caudal electoral.

Asfixiados por la creciente polarización, terceras y cuartas fuerzas, suman empeño en los últimos días hacia las primarias. Saben que después del 11 de agosto vendrán por ellos a desguazar lo mucho o poco que hayan podido acumular.