La elección de octubre presenta una curiosa paradoja. Si Macri resulta reelecto, ello ocurrirá a pesar de la economía y gracias a los méritos de su campaña y los defectos de la campaña del Frente de Todos. Si en cambio la fórmula de los Fernández resulta vencedora, ello será a pesar de su campaña y gracias a la economía.

Que Juntos por el Cambio sea una fuerza competitiva y con chances de retener el poder es un hecho altamente inusual en las actuales circunstancias. En América Latina son escasísimos los casos de triunfos electorales de oficialismos carentes de logros tangibles para los votantes en materia económica. Este es el principal obstáculo a la reelección de Macri.

Pero no todo se reduce a la economía. La presencia de Cristina Fernández de Kirchner -incluso si se encuentra diluida en el segundo lugar de la fórmula presidencial del Frente de Todos y con apariciones públicas en cuentagotas- explica en buena medida por qué el oficialismo aún cuenta con chances. La centralidad de la expresidenta, una figura que genera niveles elevados de rechazo, pero que a la vez cuenta con un núcleo duro de votantes superior a cualquier otra figura en el justicialismo, representó un obstáculo para la generación de un liderazgo nuevo y competitivo en el peronismo.

La elección se anuncia polarizada y con una diferencia entre las dos principales fórmulas que ha venido acortándose de acuerdo a lo que muestran las encuestas. En un contexto económico más o menos estable, serán las campañas electorales las que definan la elección.

Hasta ahora, las estrategias que están implementando Juntos por el Cambio y Frente de Todos para atraer los votos de indecisos y "del medio" dejan traslucir fuertes diferencias y, en algún caso, sorprendentes debilidades.
La campaña del principal candidato opositor, Alberto Fernández, presenta no pocos problemas y carencias. En sus apariciones públicas, Fernández discute continuamente con su pasado. Desde su salida del gobierno kirchnerista en 2008 se volvió un duro crítico de su ahora candidata a vicepresidente y su candidato a gobernador de Buenos Aires. La difusión de su archivo es una de las mejores herramientas de campaña a favor
del oficialismo.

Decidido a mostrarse como moderado y componedor, Fernández asumió una campaña sin anuncios de futuro ni mensajes contundentes que le permitan aprovechar más que su principal contendiente la polarización en marcha. El "poner las cosas en orden" -mensaje central de la campaña de Alberto Fernández- refleja una vocación conservadora, expresa una propuesta de mantener más que de transformar lo existente, como si él estuviera gobernando y en busca de la reelección. Para llegar al poder una propuesta opositora debe ofrecerse como instrumento del cambio, como móvil de la alternancia; Fernández no lo hace.

Sólo recientemente Alberto Fernández incorporó en su comunicación conceptos nuevos que buscan diferenciarse de la fórmula del oficialismo para atraer votos que no tiene, como su promesa de aumentar jubilaciones y salarios con los recursos que se ahorre de los intereses que pagan las Letras de Liquidez (Leliq), que entrarían por lo tanto en default.

Un tercer elemento es la fragmentación de la campaña. Podría decirse que si en el gobierno hay un mensaje y varias voces que lo difunden, en el Frente de Todos hay una pluralidad de voces y mensajes que se contradicen y generan confusión. La moderación de Alberto Fernández contrasta con el discurso de su compañera en las presentaciones del libro Sinceramente.

Alberto Fernández fue supuestamente elegido cabeza de fórmula por su candidata a vicepresidente apuntando a unificar al peronismo y desarticular Alternativa Federal de Lavagna-Urtubey, pero también buscando diluir el rechazo a Cristina, corriéndola del centro de la escena. Sin embargo, la moderación de Alberto se contrapone a la reivindicación del pasado kirchnerista sin hacer concesiones, y a las declaraciones, por ejemplo, de dirigentes K como Mempo Giardinelli y el intendente de San Antonio de Areco Francisco Durañona sobre la necesidad de contar con un poder judicial militante.

La fórmula Macri-Pichetto ofrece "seguir con el cambio", lo que le permite reformular y relanzar su promesa, y ubicar su propuesta de futuro en la transformación. De esta manera, diluye en el debate los malos resultados macroeconómicos de su gestión y, favorecido por el deficiente posicionamiento de su principal adversario, logra compararse (y que lo comparen) con el pasado K.

La campaña del gobierno está enfocada sobre todo en ganar la provincia de Buenos Aires (sin descuidar otras provincias con muchos electores, como Córdoba) y permitir la reelección de la gobernadora María Eugenia Vidal en octubre, de tal manera de facilitar la victoria del presidente Macri en una eventual segunda vuelta de noviembre.

Es que de haber segunda vuelta, perder la provincia de Buenos Aires en octubre asestaría al oficialismo un duro golpe psicológico que podría dejarlo groggy de cara al balotaje, tal como le ocurrió al peronista Daniel Scioli en 2015. De ahí la centralidad que la reelección de Vidal tiene para un eventual triunfo de Macri.

El cálculo que hace el oficialismo es que el corte de boleta a favor de Vidal podría no ser suficiente para asegurarle la reelección, con lo cual la estrategia de su campaña apunta ahora a mejorar la imagen de Macri, sobre todo en el conurbano y entre los jóvenes.

En octubre de 2015 Vidal sumó cerca de 450.000 votos más que Macri en la provincia de Buenos Aires, casi cinco puntos porcentuales, lo que le permitió imponerse al peronista Aníbal Fernández. Vidal obtuvo esa diferencia de parte de los que votaron a Scioli (casi dos puntos porcentuales) y a Sergio Massa (tres puntos porcentuales).

A diferencia de 2015, en la próxima elección de octubre en la provincia de Buenos Aires los votos "de la vía del medio" podrían rondar a lo sumo el 10 por ciento, mucho menos que la mitad de los de Massa en 2015. Lo que era una ancha avenida se ha transformado en un estrecho pasaje.

El otro interrogante de cara a octubre es si Kicillof podrá evitar defecciones por parte de los barones del conurbano. Los intendentes del peronismo tienen incentivos para defeccionar: Vidal, a diferencia de Kicillof si es electo, no tiene reelección en 2023; los intendentes resultaron perdidosos tanto en el armado de las listas como en la elección de la fórmula a gobernador; Kicillof no es uno de ellos y la perspectiva de su triunfo favorecería las chances del kirchnerismo de despejotizar las intendencias del conurbano en 2023. Sin embargo, resulta muy difícil predecir si los potenciales incentivos a defeccionar tendrán impacto decisivo en la elección, a tal punto de volcar su resultado.

Por su parte, el gobierno tiene debilidades estructurales en la provincia de Buenos Aires que juegan en contra de sus chances electorales. Los crecientes niveles de pobreza y marginalidad en el conurbano y la deficiente penetración en los segmentos jóvenes se conjugan con la presencia de intendentes justicialistas que gobiernan los municipios más poblados. Para tratar de revertir marginalmente esta realidad, el gobierno ensaya por estos días un combo de ayuda directa, obras y servicios públicos y promesas de fuerte impacto en estos segmentos, como la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico.

La primaria de agosto se ha convertido en un turno relevante no solo para medir la voluntad popular sino para orientar las campañas de tal manera de buscar ganar en la primera vuelta electoral. Kirchnerismo y macrismo han coincidido en la necesidad de polarizar en agosto. El Frente de Todos apostó mediante la dilución de Cristina en la campaña y la desarticulación de Alternativa Federal -coronada por la integración de Massa en las
listas K- a proyectar un triunfo de primera vuelta mediante un resultado contundente en las PASO. La principal fórmula opositora había asumido en mayo pasado de manera apresurada que el desencanto de la mayoría del electorado con el gobierno sería irreversible, asegurando su paseo triunfal hacia octubre, una tendencia que, por ahora, no prosperó.

El gobierno apuesta a que las PASO marquen el inicio del camino, buscando un resultado que se parezca al de la primera vuelta de 2015, en la que Macri terminó tan solo tres puntos debajo de Scioli. La momentánea estabilidad cambiaria y una inflación más acotada, acompañadas por una buena campaña electoral, es el instrumental que buscará desplegar el oficialismo para alcanzar la reelección de Vidal y Macri. Sin embargo, si en agosto el resultado es peor al esperado, habrá que lidiar con la reacción de los mercados y reconvertir la campaña hacia la primera vuelta electoral del octubre.

Para ganar las próximas elecciones el gobierno confía sobre todo en su campaña electoral, mientras que el kirchnerismo apuesta a que la situación económica resulte suficiente para definir su triunfo.