Boris Johnson, sucesor de Theresa May como primer ministro del Reino Unido (Reuters)
Boris Johnson, sucesor de Theresa May como primer ministro del Reino Unido (Reuters)

El próximo primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, deberá dar sentido estratégico al denominado espléndido aislamiento al que ingresará el Reino Unido post Brexit y, a la vez, enfrentar un baño de realidad sobre el peso específico de Londres en el escenario internacional. Hasta ahora la apariencia de actor relevante estaba oculta por nostalgias del pasado y la pertenencia a tres instituciones que actuaban como multiplicador de fuerza, la Unión Europea, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la membresía con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Algunas colonias y el arsenal nuclear completaban el perfil de gran potencia.

El Brexit plantea un panorama distinto como tiempos inusuales para la diplomacia británica. Por primera vez en la historia de Naciones Unidas, un Miembro Permanente ha dejado de integrar un órgano principal del sistema, como es el caso de la pérdida de un juez británico en la Corte Internacional de Justicia. La Asamblea General de la ONU también arrinconó al Reino Unido al solicitar que el archipiélago Chagos sea restituido a Mauricio. Integrantes del Commonwealth, en otro ejemplo, han reducido el hábito de buscar orientación en Londres en asuntos internacionales.

La Unión Europea dejó de ser neutral respecto a Gibraltar, calificó la presencia británica como colonial y puso a España en un status preferencial. Tampoco Londres podrá seguir actuando como spoiler en el Consejo Europeo en la forma que lo hacen Francia e Italia. La razón por la que Washington deba consultar a Johnson cuando discuta con Berlín o Moscú ya no resultará tan obvia ni automática. También Rusia y China podrían eventualmente dejar de lado a 10 Downing Street al desvanecerse como articulador central de la alianza occidental. La situación desatada con Irán será un caso testigo.

Sin embargo, el excéntrico Primer Ministro, aunque no tenga la virtud de la moderación, puede sorprender. El tiempo dirá si es capaz de sacar al Reino Unido de la actual situación de impasse como de resolver los obstáculos económicos y de presencia internacional que enfrenta. Es probable que tenga el temple necesario al haber demostrado en los últimos meses la capacidad de levantar el ánimo de su partido en estado de depresión. Quizás logre hacer lo mismo con el Reino Unido.

Fiel a un estilo poco diplomático, es previsible que no le haga la vida fácil a la Unión Europea respecto al Brexit ni a España con el Peñón. En un artículo en The Sun advirtió que no tolerará una retirada suave de la UE o que pareciera indefinida. También ha descartado un nuevo plebiscito. En una nota en el Telegraph siendo canciller, fue enfático sobre la negativa a encarar con Madrid la cosoberanía de Gibraltar, calificando de infame a la actitud del gobierno español.

A pesar de haber rendido homenaje en Buenos Aires a los héroes argentinos caídos en Malvinas y de proponer un acuerdo de libre comercio, es poco probable que Boris Johnson pueda impulsar un proceso bilateral demasiado estimulante, en particular con relación a Malvinas. Diversos comentarios siendo Canciller, como las referencias a España, no permiten mayor optimismo.

No obstante, es de esperar que la nueva etapa le permita al Reino Unido iniciar una perspectiva diplomática más acorde con las circunstancias. Es hora que ponga en práctica los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, como la eliminación del colonialismo, que el Reino Unido contribuyó a redactar en San Francisco. Como dijera Winston Churchill, las actitudes son más importantes que las aptitudes.

Ex vicecanciller