G.K. Chesterton
G.K. Chesterton

Decía Gilbert Keith Chesterton: "Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón".

Discusiones, peleas y debates, todos ellos movidos desde la razón propia. La única. Y en esa pelea por hacer triunfar nuestra razón gastamos energía, rompemos vínculos, manipulamos la palabra, defendemos lo indefendible y malgastamos el tiempo. Y en el final de la batalla creemos generalmente que ganamos, ya que teníamos por seguro la razón. Y nos quedamos con la razón. Pero solo con la razón. Y solos.

Toda discusión lleva el sello de una disputa de poder. Con un socio, con un cliente, con el vecino, con un hijo o con la pareja. Esa pequeña y a veces hasta miserable cuota de poder, que nos hace creer que podemos hacer lo que queramos con el otro. En el fragor de la lucha podemos llegar a decir cosas que ni siquiera nosotros creemos, y los sentimientos comienzan a no reconocerse entre sí. En la intensidad de la pelea llegamos a preguntarnos: ¿cómo pude alguna vez amar a esta persona que tengo enfrente?, y unos días después del conflicto, cuando el maremoto de furia se apacigua, nos preguntamos: ¿fui yo quien dijo todas esas cosas? A decir de Oscar Wilde: "Se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable".

Por todo eso, y a modo de sugerencia, aquí van las tres preguntas que uno debe formularse como filtro antes de entrar en cualquier discusión.

La primera es: ¿Desde qué lugar discutimos? Uno de los más grandes problemas que tiene el otro es que es otro. Tiene otra forma de ver las cosas, otro timing para responder, otra agenda, otra formación, otros fracasos y otros éxitos. Otras prioridades, otras realidades, otras necesidades y otras responsabilidades. Cuando decimos en la discusión: "Yo hubiese dicho así" o "Yo hubiese hecho esto de tal manera", ingresamos en una falacia argumental. Vos hubieses dicho o hecho las cosas así. Pero el otro no.

En el Tratado de los Padres (2:5) Hilel, el gran sabio y maestro de la Mishná, decía: "No te apartes de la comunidad, y no confíes demasiado en ti hasta el día de tu muerte, y no juzgues a tu prójimo hasta estar en su lugar".

Ponerse en el lugar del otro es abandonar absolutamente todo lo que hace que seas vos. Todo tu backgound, tu historia, tus aspiraciones y hasta las ganas de ganar esa pelea. Es pensarse el otro para ver realmente qué dirías o qué harías en su lugar. No desde el propio.

Un debate con altura es un debate desde lo que llamaría el "daltonismo de las ideas". La persona que es daltónica ve el pasto de color naranja. Si uno le dice que en realidad es verde, ¿acaso comenzará a ver el pasto de color verde? En última instancia, ¿cuál es el verdadero color del pasto? Un debate en el que todos ganan es el que entiende que el pasto es tan naranja como verde. Lo importante es disfrutar del sol en ese mismo pasto, pero juntos.

La segunda de las preguntas es: ¿Cómo discutimos? Si vamos a discutir, hay que hacerlo con altura. Con glamour.

Tip 1. A veces pensamos que el volumen o el tono de la voz es directamente proporcional a la capacidad de comprensión del otro. Uno va in crescendo en el tono y cree entonces que el otro va a escuchar o entender mejor. Y es justamente al revés, si querés que te escuchen, hablá más bajito, más sereno. Van a intentar escucharte con más atención.

Tip 2. Hay una diferencia entre escuchar y esperar. Es clave estar presente y escuchar realmente lo que el otro está diciendo. Generalmente estamos esperando (con suerte) a que el otro termine mientras vamos pensando todo lo que tenemos para decir. Escuchar es otra cosa.

Tip 3. En la discusión nunca digas la palabra "nunca". Ni tampoco la palabra "siempre". Nunca el otro hizo nunca nada, ni tampoco hace siempre lo mismo. Técnicamente imposible. Comenzar la discusión con algo poco real es poco serio.

Tip 4. Hay palabras y frases de las que no se vuelve. Un insulto descalifica de manera automática. Decirle a un hijo "te voy a matar" es bravo, pero como sabemos que no sucederá, de eso se vuelve. Pero la denigración, el menosprecio y el desprecio no pueden tener lugar. Si le decís a tu hijo: "Sos un estúpido", de eso definitivamente no se vuelve.

Tip 5. Al discutir sobre una cuestión se debe discutir sobre eso, y no traer a la mesa la historiografía de todas las peleas de los últimos 25 años. Hay una ley acerca de las discusiones: lo que ya se discutió, lo que ya se habló y ya se cerró, terminó. Una discusión sana necesita dar vuelta la página, para poder abrir el conflicto nuevo sin viejas exigencias ni antiguos rencores.

La tercera y última pregunta es: ¿para qué discutimos? Pasar por el filtro de esa pregunta antes de entrar en la lucha nos regala tiempos de mayor tranquilidad espiritual, equilibrio emocional y paz en los vínculos. ¿Para qué voy a discutir esto? ¿Qué es lo que voy a ganar y qué es lo que estoy a punto de perder?

De todas las peleas, enojos y agarradas que tuviste este último mes, en la calle, con el auto, con tus hijos, las angustias, con la gente del negocio, con los proveedores, con el país, las presiones, la mala sangre con la familia, con la pareja, ¿cuántas de esas peleas te acordás? ¿De qué, del porqué? ¿Cuánto tiempo mal invertido en angustia por no habernos preguntado antes de entrar: para qué?

Montesquieu decía: "A la mayoría de las personas prefiero darles la razón rápidamente antes que escucharlas".

Amigos queridos, la vida es demasiado breve. Se escapa. Se va. El tiempo es corto y no hay vueltas atrás. La vida se va rápido y a veces invertimos demasiado en cosas que no rinden nada. Invertimos demasiada angustia, energía, pasión y nervios en el qué discutir, en el cómo discutir y en el cuánto discutir. Y al fin de cuentas ni siquiera nos acordamos para qué.

Por supuesto que hay cosas que definitivamente tienen un para qué sagrado e ineludible por el cual poner nuestras convicciones, ideales y sueños sobre la mesa de debate. Pero hay tantas luchas estériles, peleas sin sentido y discusiones absurdas que nos quitan el tiempo para ahondar en el verdadero sentido del todo, que quizá sea simplemente intentar que la mayor parte del tiempo precioso que tenemos lo usemos para sonreír más.

¿En verdad estás enojado o peleado con esa persona tan importante por aquella pequeñez? La vida se escapa, y quizá haya que apostar al reencuentro, a disfrutar más, a reír más, a vivir más alto. A vivir mejor.

Dijo Nietzsche: "En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón". Y tenía razón. Quizá la verdadera y más hermosa locura sea enamorarnos más fuerte. Y entender que a veces no importa tener la razón, pero sí importa tener más corazón.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.