Para los candidatos del kirchnerismo es "una tragedia", el día "más negro de la historia Argentina" o, en el caso más suave -del candidato presidencial Alberto Fernández– una amenaza "preocupante". También salieron los primeros sindicalistas a advertir que todos los trabajadores industriales se quedarían en la calle, si algún día se concreta en los hechos el tratado de libre comercio firmado entre el Mercosur y la Unión Europea. Por ahora es solo una carta de intención.

¿Qué hará el gobierno de Mauricio Macri ante estos ataques a esa oportunidad tan trascendente de integrar a la Argentina al mayor bloque económico del mundo y volver a la senda del desarrollo, abandonada hace tantas décadas?

Si va a repetir el esquema de comunicación actual, los campesinos franceses, archi enemigos del acuerdo con el Mercosur, tendrán en el presidente Mauricio Macri un inesperado aliado. Hasta ahora la estrategia de comunicación del Gobierno ha seguido férreamente una suerte de dogma que tiene como autor a su asesor estrella, Jaime Durán Barba.

Los postulados centrales de ese dogma: no explicar nada, porque a la gente no le interesa escuchar hablar a los políticos y, por el contrario, medir bien a la opinión pública para entender qué quiere, qué no quiere y cuáles son sus anhelos y temores. Luego tratar de darle mucho de lo que quiere y en lo posible nada de lo que no quiere.

Este dogma, de efectividad arrasadora en campaña electoral, no ha funcionado para gobernar. Tampoco estaría funcionando bien en una campaña electoral en la que Macri ya no es más el challenger, sino el defensor de un título con muchas materias pendientes.

Siguiendo su dogma comunicacional, el gobierno de Cambiemos decidió que a los argentinos en 2016 no se les podía explicar que el país debía emprender importantes reformas estructurales de todo su sistema estatal y económico para poder curarse de la enfermedad argentina: gasto público excesivo, déficit fiscal crónico, asfixia del estado al sector privado y desconfianza generalizada en su moneda.

En ese momento el Gobierno hubiese podido instalar un relato que entusiasmara con una visión de largo plazo de los esfuerzos que había que emprender para llegar a un país mucho mejor para todos. Hubiese tenido que mostrar mucho más dramáticamente el desastre económico que heredó y explicar por qué eran imprescindibles una reforma laboral, del estado, impositiva y previsional.

En ese momento, el Gobierno hubiese podido seducir a la sociedad con ese sueño para la que la opinión pública presionara a la política, siempre resistente a las reformas, a que no la "despierte"de su sueño. Otra opción no tenía un gobierno sin mayoría parlamentaria.

Pero ese "dogma" implicaba elaborar un nuevo relato. Y he aquí el problema: el kirchnerismo bastardeó tanto el término "relato" con sus manipulaciones de las estadísticas, de la historia, de la biografía de sus líderes y hasta de la geografía planetaria, que el equipo de comunicación de Macri decidió no tener ninguno. El término "relato" fue desterrado de la caja de herramientas comunicacionales.

Mauricio Macri buscará ser reelecto hasta 2023
Mauricio Macri buscará ser reelecto hasta 2023

Fue una decisión análoga a las tristemente célebres cadenas casi semanales con los largos y tediosos discursos de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner para glorificar su gestión y atacar a sus enemigos políticos.
Como los argentinos estaban hartos de las cadenas, el macrismo eligió que el Presidente tuviera un perfil mucho más bajo, que casi no tuviera voceros, y que sus apariciones en los medios sean cuidadosamente dosificadas. Mejor un videíto en las redes sociales antes que andar explicando planes de gobierno, relatos y sueños.

Pero un gobierno requiere una comunicación muy distinta a la de campaña electoral, especialmente en momentos de crisis: la comunicación debe ser mucho más intensa y los líderes tienen que estar mucho más presentes.
Ahora el acuerdo Unión Europea/Mercosur presenta un nuevo desafío, pero también una gran oportunidad de rever los viejos dogmas comunicacionales de que no se le puede proponer a la gente nada que choque contra sus prejuicios ancestrales.

Un par de datos que muestran la composición tan singular del cerebro de los argentinos deja en claro que, sin cambiar esa mentalidad tan única en el planeta, cualquier intento de reforma fracasará: Según el Pew Research Center, una de las encuestadoras más prestigiosas de Estados Unidos, el argentino tiene la mentalidad más anticapitalista del mundo de los 32 países encuestados. Esto incluye a Venezuela, China, Vietnam y Rusia: los argentinos somos los campeones del mundo en anticapitalismo.

La encuestadora argentina Quiddity sondeó a los argentinos en comparación con brasileños, mexicanos y colombianos: de esos cuatro países latinoamericanos, los únicos que prefieren que las empresas sean estatales y no privadas, son los argentinos.

El terreno mental es fértil para los políticos que les aseguran que este acuerdo es una tragedia o los sindicalistas que vaticinan que todos los obreros industriales terminarán "entregados" al capitalismo europeo.

Pero si Mauricio Macri logra su reelección, la visión de que Argentina podría recorrer un camino similar a la de la España subdesarrollada que firmó los pactos de la Moncloa en 1977 y ocho años más tarde ingresó a la Comunidad Europea, podría ser un fantástico relato para entusiasmar a los argentinos a que presionen a sus políticos y sindicalistas a que no se atrevan a boicotear las reformas que tendrá que hacer el país para beneficiarse con el libre comercio con Europa.

España llegó a los años 90 como una potencia próspera y desarrollada. En tan solo 13 años, pasó de ser un país más pobre que la Argentina de aquel entonces a integrar la liga de los más prósperos y desarrollados del mundo.

El problema es que para lograr descolonizar la mente de los argentinos de los virus que le impiden ver más allá de la mediocridad de un país estancado desde hace décadas, Macri deberá dejar de lado los propios dogmas comunicacionales de su gobierno. Deberá empezar a aceptar que necesita instalar un relato con una visión y un sueño de futuro mejor que entusiasme a la opinión pública para que ésta indirectamente presione a la política a que no la despierten de ese sueño.

Los políticos, cuando ven que la sociedad no quiere escuchar sus vaticinios apocalípticos, se adaptan y cambian. Son bastante flexibles, como quedó demostrado luego del cierre de listas de cara a las elecciones de este año.
Hasta ahora, el "dogma" del macrismo era que explicar y convencer no tiene sentido, porque es una práctica "de la vieja política" y a nadie le interesa más allá de ese incierto "círculo rojo", que Durán Barba una vez dimensionó en una minoría de 4%.

Para eso no solo tendrá que hablar y explicar Macri y la mayor cantidad posible de funcionarios, cuando el Gobierno hoy prefiere tener la menor cantidad de voceros posibles. Va a tener que aprender a sacar a la cancha de los medios a evangelizar -y si quiere también de las redes sociales- a "terceros creíbles": empresarios, intelectuales, economistas, líderes extranjeros, periodistas, argentinos que emigraron a los países que prosperaron. Va a necesitar un equipo mucho más amplio que el que manejó la comunicación hasta ahora.

Y así como toda la economía argentina precisará adaptarse a ese nuevo y exigente mercado, para llegar ahí, Macri tendrá que adaptar su comunicación.

* Editor de la revista Imagen y conductor de La Hora de Maquiavelo