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Ya lo decía Carl Jung: "Todos nacemos originales y morimos copias".

Algunos niños son soñadores; otros, intrépidos. Algunos, retraídos; otros, muy sociales. Unos son silenciosos, y otros, ruidosos. Algunos deportistas, otros artistas, otros con inclinaciones académicas. Otros, no.

Algunos seguirán alguna religión y otros serán agnósticos. Y es probable que muchos construyan su identidad de género de una manera diferente de la esperada por sus padres y la sociedad.

Cada niño es único, como únicas deben ser su crianza, su educación y tu tiempo personal con él. No servirá educar a nuestros hijos como lo hicieron nuestros padres.

¡Este mundo es otro! No servirá la educación recibida ni la que se brindó, tal vez, a otro hijo.

Al compararlos con sus hermanos o con otros niños, al apurarlos, al etiquetarlos, o al exigirles desmedidamente, los alejamos de su verdadera esencia.

Si fuimos excelentes alumnos y queremos que ellos lo sean, o somos buenos para un deporte y esperamos que ellos se dediquen a ese o a otro deporte; o al revés, si no tuvimos el logro académico deseado y tenemos miedo de que ellos tampoco lo alcancen, no estamos más que escuchando nuestra propia esencia y no la de ellos. (Y después nos preguntamos por qué hay tantos chicos desconectados, confundidos, sin un norte).

Debemos aceptar a nuestros hijos como son, no como quisiéramos que fuesen. Cuando los aceptamos sin señalarlos con el dedo, les estamos enseñando a aceptarse ellos mismos. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos?

¿Alguna vez sintieron la necesidad de recibir la aprobación de alguien o el miedo a no ser reconocido? ¡El costo energético es enorme! Imagínense pasar años tratando de ser aceptado sin decepcionar a nadie.

Tanto la aprobación como la desaprobación son dos caras de una misma moneda: el control. Debemos liberar a nuestros hijos de nuestra propia necesidad de aprobación. Algunos niños llegan incluso a mentir o a dejar de comunicarse con nosotros cuando el estrés de estar siempre tratando de agradar o de ser aceptados se convierte en una carga demasiado pesada para ellos.

Esa es la belleza del asunto: bregar por que sean únicos y personales, no alguien que no son o no quieren ser.

Debemos amar y celebrar a nuestros hijos, no juzgarlos. Debemos ayudarlos a ser ellos, no una copia de lo que nosotros hubiésemos querido ser o lo que esperamos que sean.

No están en esta vida para demostrar nada. No nos deben nada.

Al aceptarlos y amarlos simplemente por ser quienes son —sin intentar convertirlos en una minicopia nuestra—, ya estamos respetándolos y dejándolos  fluir. Tenemos que amarlos como son, sin esperar que sean alguien diferente de quienes son solamente porque nosotros anhelamos eso para ellos.

Dejémoslos probar, arriesgarse, vivir la vida como una increíble aventura —la de ellos, no la de sus padres.

¡A dejarlos brillar y a acompañarlos en el camino!

La autora es escritora, capacitadora y consultoraPreside el Congreso Internacional de Desarrollo Profesional para Profesores y Coordinadores de Inglés y el Congreso Internacional para Directivos Innovadores de Instituciones Educativas. Cursó la carrera de Traductorado Público y Profesorado de Inglés.