Es 1987. Argentina vive un momento de turbulencia. Su democracia joven y frágil acaba de sobrevivir el levantamiento carapintada en aquella dramática Semana Santa. "Felices Pascuas, la casa está en orden", dijo Alfonsín a una multitud que había salido a la calle a defender el sistema constitucional. Un deseo más que una realidad, pues lo del orden no era enteramente cierto.

Ni mucho menos. Los sublevados continuaron organizados y con sus amenazas de golpe intactas. Las palabras del Presidente—pronunciadas desde el legendario balcón de la Casa Rosada aquel abril y acompañado por Antonio Cafiero, entre otros dirigentes de la oposición—habían intentado ser un tranquilizador para la sociedad. Sin embargo, la incertidumbre se palpaba en todos los rincones de la vida de la nación.

La situación económica también contribuía al clima de inestabilidad. Era la época de la crisis de la deuda, con recesión persistente y una inflación indómita. El Plan Austral había transformado su éxito inicial de 1985 en rotundo fracaso. Ya se perfilaba el Plan Primavera, un intento a la postre fallido de controlar los precios y frenar la corrida cambiaria. La oposición, el peronismo, además estaba dividido.

Un sector del mismo se había constituido en oposición leal. Liderada por Cafiero, justamente, la Renovación había emprendido el camino democrático, transformando ese movimiento de inspiración corporativista en un partido político normal capaz de funcionar en una democracia con alternancia. Fue especialmente Cafiero quien entendió que era contradictorio ampliar derechos políticos y sociales—las banderas clásicas del peronismo—a costa de las libertades individuales y las garantías constitucionales.

El sermón de Alfonsín había llegado a oídos peronistas: hacer justicia social a expensas de otros tipos de justicia es falaz. El voto del 83 fue el castigo de la sociedad a aquella fuerza política que quemaba ataúdes. El recuerdo es pertinente. Así como la Renovación expresaba a un peronismo en democracia, Herminio Iglesias representaba a aquel peronismo del suma-cero y el "aprete", el de los ataúdes incendiados en un cierre de campaña. ¿Suena familiar hoy?

Acompáñeme el lector ahora en un ejercicio contra-fáctico. Era el cuarto año de Alfonsín, pero imaginemos que la Constitución actual ya estaba vigente. Es decir, un periodo presidencial de cuatro años con una reelección. Alfonsín vuelve a presentarse, como se espera de un presidente en ejercicio, e invita a Cafiero como candidato a vicepresidente. Cafiero acepta por la democracia y la consolidación institucional del país. Es una hipótesis retrospectiva y digo aquí que plausible.

Treinta y dos años más tarde, ¿suena familiar? Este es el sentido de la decisión de Macri de llevar a Miguel Pichetto como compañero de fórmula. La coyuntura actual destaca rasgos de largo alcance del sistema y la historia política argentina. Y ofrece la oportunidad de recrear y ampliar los consensos básicos.

Que no son sobre partidos ni candidatos sino acerca de diseños institucionales, definiciones del tipo de sociedad del futuro. Alfonsín dejó un legado, una gramática y un vocabulario nuevos: la democracia, la certeza de que no hay otro orden político capaz de proteger los derechos fundamentales de las personas. Menem también dejó un legado en los noventa: que los paises prósperos, los socios de Argentina en inversión, comercio e integración, son capitalistas. El secreto era que ese capitalismo comenzara a funcionar en base a reglas transparentes. Que, además, ese legado fuera de un peronista, no fue poca cosa.

Argentina arribó así a un amplio consenso en favor de la democracia capitalista, consenso que De la Rúa y Duhalde intentaron mantener y que hoy está pendiente de consolidación. Esto expresa la fórmula Macri-Pichetto, la necesidad de concluir las grandes realizaciones institucionales.

Los peronistas siempre cuentan una leyenda: que solo ellos pueden gobernar, que solo ellos terminan un mandato. Es falso, olvidan que Duhalde tuvo que terminarlo antes y que Isabel Perón comenzó a caer antes del golpe, cuando Casildo Herreras "se borró". Los no-peronistas, a su vez, tambien repiten mitos: esa suerte de sobredeterminacion peronista, la variable que explica todas las desgracias. Es la calamidad que no pudo haber surgido allí sino de alguna mitología antigua, Hidra omnipresente que Argentina debe eliminar.

Pierden así la objetividad del juicio histórico, no ven que el peronismo contribuyó a forjar una Argentina democrática y capitalista, y confunden peronismo con kirchnerismo, diferencia que es imprescindible subrayar en el análisis y el debate. La presencia de Pichetto en la fórmula de Cambiemos articula cabalmente dicha diferencia.

Néstor Kirchner se dio cuenta antes que nadie de la profundidad de la crisis de 2001 y de la irreversibilidad de la fragmentación, ilustrada por aquellos tres peronistas que compitieron entre sí en 2003. Pues Kirchner profundizó dicha fragmentación desde el Estado. El boom de precios internacionales le otorgó recursos sin precedentes para ejercer el poder y reescribir la historia a discreción, el tan remanido relato.

Así surgió el kirchnerismo, que se imaginó continuador del peronismo como mera narrativa funcional a su propia perpetuación en el poder. Pues no podría haber sido más diferente.

Si fuera como el original habría organizado al sindicalismo de forma monopólica para centralizar su representación, pero lo fragmentó también. Habría estimulado la industrialización, pero su política cambiaria—el cepo al dólar—impidió a los sustituidores acceder a las divisas necesarias para importar bienes de capital. Habría hecho política social contra la pobreza, pero ni siquiera la medía y, por el contrario, ejerció una auténtica voracidad fiscal aún con los sectores de bajos ingresos.

En el camino de 12 años en el poder, agréguese la corrupción como política de Estado y las decisiones en base a caprichos: nacionalizaciones y defaults descabellados, como Aerolíneas Argentinas y los holdouts, y cancelaciones de deuda irracionales, como el pago en efectivo al Club de París. Todo con un falso barniz de nacionalismo económico.

Y a propósito de contrastes, los peronistas de hoy vuelven a tener la misma opción que en los ochenta: ir con quien apoya a un presidente democrático, y que es capaz de acompañarlo desde el propio balcón de Perón, como hizo Cafiero, o ir con los incendiarios de ataúdes, esos que hoy expresan una suerte de neo-chavismo criminal y prometen venganza, tal como hacía Herminio Iglesias. La historia siempre ocurre dos veces, y en esta segunda oportunidad sí que es farsa.

La democracia argentina continúa en proceso de transformación. El peronismo como tal cada vez es más parte de la historia. Es una nueva república, dije el 22 de noviembre de 2015. Lo repito, el PRO, partido del siglo XXI, va camino a constituirse en el centro de gravedad del sistema político, congregando a un Radicalismo que ya no tiene el monopolio de la representación de la clase media y a un peronismo capaz de reconocerse en una economía de mercado con equidad social y un orden constitucional con alternancia y separación de poderes, es decir, una democracia liberal.

Del otro lado queda el abismo, el kirchnerismo bolivariano. Esas son las opciones. Yo voy con Macri-Pichetto.