(Presidencia)
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Tras la designación del senador Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente del oficialismo y la plasmación del binomio Lavagna-Urtubey, culmina una etapa de conformación de alianzas y frentes electorales cargada de sorpresas y cierres inesperados.

Si bien las flamantes alianzas tienen tiempo hasta el próximo 22 de junio para confirmar en sede judicial las candidaturas, la campaña electoral comenzó su marcha irreversible hacia los las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) de agosto próximo. Sin embargo, para los principales espacios políticos el objetivo no está en las primarias de agosto ni en las generales de octubre, sino en el ballotage de noviembre que asoma como un escenario cada vez más probable.

Definidos los aliados y confirmados los adversarios, comienzan a tomar forma las estrategias de los candidatos y sus equipos de campaña. Estrategias que, necesariamente, deberán tener en cuenta su eminente lógica dialéctica, en tanto las acciones a implementar para alcanzar los objetivos planteados por cada espacio deberán siempre contemplar no solo las contingencias y los imprevistos de un contexto por cierto muy volátil, sino fundamentalmente las reacciones de rivales y adversarios que podrían obstaculizar los resultados buscados.

Así las cosas, la mejor estrategia es aquella que permite perseguir los objetivos planteados al mismo tiempo que enfrenta las mejores estrategias posibles de los rivales en la contienda.

Estrategias: ¿cómo juegan los candidatos sus partidas en ciernes?

Una de las particularidades que tiene esta campaña presidencial es sin duda la gran incertidumbre en relación con el desenlace final de las elecciones. Quizás como no se recuerda desde hace mucho tiempo, las dudas, las especulaciones y las múltiples hipótesis son las grandes protagonistas de los análisis que se realizan por estas horas.

Cabe señalar que la semana concluyó con una gran certeza. Tras la anticipación y el efecto sorpresa conseguido con el lanzamiento de la formula Fernández-Fernández hace poco menos de un mes, Mauricio Macri consiguió un impacto similar tras lanzar la candidatura de su compañero de fórmula: el peronista Miguel Ángel Pichetto. Quizás por fruto de la casuística o bien como parte de una estrategia para captar la atención de la agenda mediática, el anuncio de la flamante fórmula se produjo el mismo día en el que se suponía que Sergio Massa y su acuerdo con el kirchnerismo iban a ser los focos de atención. Como sea, Macri ganó esa partida.

Por otro lado, y con cierto delay, Roberto Lavagna dio un signo de vitalidad y no sin cierta dosis de sorpresa definió que Juan Manuel Urtubey fuese su candidato a vicepresidente, cerrando finalmente con el espacio de Alternativa Federal y sectores del centroizquierda una candidatura que buscará expresar una tercera vía frente a la polarización.

En otras palabras, se terminaron las especulaciones en términos de oferta electoral y los tres espacios más convocantes ya presentaron sus candidatos y perfilaron sus posicionamientos y estrategias.

La fórmula Fernández-Fernández parece haberse planteado como objetivo un principio básico de las campañas electorales: ensanchar la base electoral. Cabe señalar que, si bien este objetivo es el más usual, no todos los votos son necesarios para ganar. Sumar es siempre importante para ganar, pero también es clave restarles votos a los adversarios, aunque estos no vayan a engrosar las filas propias. En este sentido, con Alberto Fernández, Cristina pareció antes que nada buscar un puente de diálogo con los gobernadores, los medios, sectores del empresariado y líderes de opinión que a lo largo de su segundo mandato fueron distanciándose del kirchnerismo duro.

El acuerdo con Sergio Massa sin dudas potencia las perspectivas del espacio en la provincia de Buenos Aires, al mismo tiempo que apunta a vaciar el espacio del peronismo federal. Para el kirchnerismo Massa aporta inserción territorial en aquellos distritos hasta hoy desfavorables de la provincia de Buenos Aires, como la primera sección electoral.

El binomio Macri-Pichetto comparte algunas aristas con la fórmula Fernández-Fernández. Por un lado, ambos explicitaron la necesidad de emitir un mensaje de amplitud. Con la sorpresiva incorporación de estos dos candidatos, tanto el kirchnerismo como Cambiemos —ahora bautizado Juntos por el Cambio— apelan a que el electorado perciba una suerte de autocrítica en dichos espacios y renueve las expectativas respecto al futuro electoral.

Lejos de los comentarios negativos sobre la candidatura de Pichetto, cabe remarcar que a priori su presencia en la fórmula tiende a beneficiar más al Presidente que si un radical o uno de sus ministros lo estuviese acompañando. Esto se debe a varios factores. En primer lugar, al hecho de que Pichetto le permite a Macri construir un diálogo con gobernadores y referentes locales del peronismo. Si el binomio presidencial hubiese sido Macri y un radical, estos líderes peronistas estaban "obligados" a recurrir a Alberto Fernández. Hoy Pichetto les ofrece otra vía.

En segundo lugar, la gran apuesta de Macri es que el experimentado senador no necesariamente le acerque votos, algo por cierto que a la luz de las últimas aventuras electorales del rionegrino le ha sido esquivo, sino que le garantice gobernabilidad futura no solo de cara al peronismo, sino fundamentalmente de los mercados y el establishment financiero. A juzgar por el ya denominado "efecto Pichetto" de la última semana en el mercado cambiario y bursátil, el gesto presidencial tuvo una recepción positiva en ese mundo, y le puede permitir al Gobierno desarrollar una campaña en un clima de relativa tranquilidad en lo que respecta a los mercados financiero y cambiario. Nada mal a la luz del pasado reciente.

En tercer lugar, para el oficialismo, la incorporación de Pichetto garantiza que, en el potencial ballotage de noviembre, los votantes anti K, tendencialmente peronistas, y disconformes con Macri, tengan un candidato al cual votar con menos culpa.

Por último, en agosto y octubre, el oficialismo intentará que el actual senador nacional lleve la grieta hacia adentro del peronismo, discutiendo frontalmente con la ex mandataria, no ya como un simple adversario electoral sino como un "ex kirchnerista", y por cierto un actor clave en los diez años de gobiernos kirchneristas, que puede poner en palabras el descontento y la frustración con dicha experiencia que sienten muchos votantes.

Candidaturas paradójicas, explicaciones y propuestas

Si hay un denominador común en este cierre de listas para las elecciones presidenciales, es la sorpresa, y hasta incluso las paradojas y contradicciones. Alberto Fernández, un crítico acérrimo del kirchnerismo tras su salida del gobierno, termina siendo el candidato a presidente del espacio. Pichetto, jefe de bloque del peronismo en la Cámara de Senadores de la Nación durante los tres gobiernos kirchneristas, termina siendo el candidato a vicepresidente de Macri. Roberto Lavagna, reticente a formar una fórmula con actores de la "vieja política" y más inclinado al progresismo de los tradicionales espacios del centroizquierda como el socialismo, el GEN y algunos sectores radicales, cierra apresuradamente una fórmula con un candidato identificado con el sector más conservador del peronismo federal.

Si bien es lícito considerar que cada una de estas decisiones se ajusta a la necesidad de conciliar los deseos y expectativas de los espacios con las condiciones de posibilidad que ofrece el complejo escenario actual, el gran riesgo es confundir al electorado. Alertados de ello, todos los protagonistas se dedicaron a explicar o justificar por qué se juntan. No está mal, pero en las semanas próximas lo que deberá primar no es tanto la justificación sino la propuesta. Y en particular la propuesta de cómo solucionarles a los argentinos los problemas que los acosan en sus vidas cotidianas.

El autor es sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017).