La competencia entre Estados Unidos y China es más profunda y amplia que un conflicto aduanero o de hostilidades arancelarias. Se trata de una pulseada geopolítica que persigue el predominio tecnológico. Estados Unidos lo percibe como un fenómeno que va más allá de usos civiles y patentes, e interpreta que incide de modo directo como amenaza a la seguridad de Estados Unidos. El último capítulo se concentra en las sanciones al gigante de la telefonía celular china y desnuda ambiciones del control de la inteligencia artificial, clave de la economía digital. El New York Times adelanta que Huawei no será la única empresa afectada por medidas de represalia, ya que en la lista negra se encuentra, por ejemplo, Hikvision, de cámaras de vigilancia.

Es probable que la lucha entablada por la supremacía tecnológica abarque gradualmente a nuevos sectores clave de alta tecnología como la computación y las comunicaciones cuánticas, los biocombustibles, la nanotecnología, la aeroespacial, satelital e incluso la energía nuclear. El plan chino, "Hecho en China 2025", que tendría la intención de inyectar miles de millones de dólares en áreas como robóticas y microchips, está en la mira de Washington. También evitar que el eje de la tecnología avanzada pase de Silicon Valley a Shenzen.

Un informe del Congreso de la Estados Unidos señala que los esfuerzos chinos por construir grandes grupos empresariales en una gama amplia de tecnologías sensibles complementan los esfuerzos de proyección internacional del ejército chino, y ello trae aparejado implicancias militares serias. El documento destaca, entre otros, el temor que China controle las comunicaciones y el almacenamiento de datos tecnológicos, dos cuestiones consideradas centrales en la génesis de la nueva carrera armamentista. El 5G chino, la fabricación de semiconductores y la computación cuántica figurarían en el centro de esa inquietud tal como lo reflejaba la Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno norteamericano de diciembre de 2017, que fijaba con nitidez la disputa del poder con China.

En este contexto y a título de ejemplo, uno de los campos de batalla está dado en materia de semiconductores. El desarrollo de altas tecnologías depende de microchips y Estados Unidos sigue siendo líder indiscutido. China fabrica solo el 16% de los que utiliza y en el 2018 las importaciones chinas de microchips sobrepasaron los 300 mil millones de dólares, más que el petróleo.

La disputa tecnológica entre Estados Unidos y China es la cuestión más importante de la política internacional. La guerra fría que proyecta condiciona a terceros Estados y se está desarrollando en medio de una revolución científica y en un terreno económico muy distinto al del siglo XX, en el que el intercambio entre Estados Unidos y la Unión Soviética era solo del 0,25% del comercio internacional. En el 2018, China representó el 13% del comercio exterior de Estados Unidos.

Es difícil prever resultados en la guerra fría tecnológica y en una etapa de desafíos de poder nunca antes vivida por la humanidad. Es de esperar que la próxima sesión del G20 en Osaka calme actitudes. Sin embargo, es difícil pensar que se puede tratar de arreglos definitivos. Por lo pronto, hay que estar preparados para que el decorado de la puja de poder entre Estados Unidos y China sea una característica permanente del escenario internacional del siglo XXI.

El autor es ex vicecanciller de la Nación.