(Nicolás Aboaf)
(Nicolás Aboaf)

A muy pocos días de que la Justicia electoral tenga en sus manos la formalización de los frentes, las alianzas y las candidaturas de cara a las PASO de agosto próximo, el foco de atención primordial en relación con los armados electorales recae una vez más sobre la figura de Sergio Massa. Como se diría en el ámbito futbolístico, "el mercado de pases está abierto", y la decisión respecto a su futuro electoral acapara casi toda la atención.

Así las cosas, el tigrense vuelve a tener que decidir, como le ocurrió en 2015, si se alía o no a otro candidato como forma de preservar su capital y futuro electoral. Con la apuesta por el debilitado espacio de Alternativa Federal fuera de la ecuación, y un posible acuerdo con María Eugenia Vidal y el oficialismo prácticamente descartado, el ex jefe de gabinete se acerca lenta pero inexorablemente a un acuerdo electoral con su ex jefa.

Massa es sin duda un actor central de la escena política en nuestro país, pero curiosamente su protagonismo no se debe a su posicionamiento como un candidato a presidente realmente competitivo, sino a que su decisión de apoyar o no a un candidato con mayores chances que él puede inclinar definitivamente el fiel de la balanza electoral.

Para el líder del Frente Renovador, como señalara el gran filósofo de Treveris: "La historia se repite dos veces". Habrá que ver si, como dice la máxima marxista, la primera como tragedia y luego como farsa.

Uno más uno no siempre es dos: matemáticas electorales

El presupuesto básico de una alianza electoral como la que le está planteando el kirchnerismo a Massa responde a la idea de que, al incorporar dirigentes políticos, sobre todo peronistas, los votos que hoy las encuestas les atribuyen se podrían sumar y consolidar la intención de voto del espacio.

Sin embargo, en política uno más uno no siempre da dos. El electorado no funciona como una simple suma de números naturales, sino que detrás de los votos lo que hay es personas con emociones, demandas, anhelos, sueños y aspiraciones. En este marco, sumar a un nuevo aliado a un espacio ya bastante consolidado puede caerle bien a ciertos votantes, pero pésimo a otros. Lo que está claro es que los votos que hoy detenta el tigrense, si decide apoyar la fórmula kirchnerista, no se transmitirán de manera espontánea hacia el binomio Fernández-Fernández de Kirchner.

Si este fuese el caso, la campaña electoral del kirchnerismo asumirá un nuevo desafío. Como si ya no fuera casi una epopeya tener que matizar la dureza con el que el espacio liderado por Cristina Fernández de Kirchner concluyó su gobierno en 2015, ahora también deberá diseñar e implementar una estrategia para acercar a aquellos votantes —peronistas o no— que, enojados con el kirchnerismo, apoyan a Massa desde 2013. El riesgo de no hacer esto es la posibilidad de que, persuadidos por la lógica de la polarización, los votos de Massa vean en Macri la opción anti-kirchnerista más atractiva.

Este diagnóstico no es en absoluto antojadizo: el mandato presidencial de Macri concluye con una polarización sostenida a lo largo de su gestión. Tanto el oficialismo como el kirchnerismo han sabido alimentarla y nutrirse de sus mieles. No sorprende, entonces, que la grieta se comió —nuevamente— a los terceros partidos.

Según algunos sondeos que trascendieron en la semana, la mitad de los votos que hoy acumula Massa pueden clasificarse como anti-kirchneristas, es decir que nunca votarían por Cristina, mientras que la otra mitad son anti-macristas y como tal, nunca se inclinarían por Macri como una nueva opción de gobierno.

De esta forma, una tendencia clara en estos comicios es la manifestación de rechazo que los electores tienen por los principales dirigentes. Lo que comparten los candidatos es que todos tienen una imagen negativa superior al 50% y sus perspectivas electorales no se definirán por sumar votos sino por hacer que sus rivales pierdan los que al día de hoy tienen.

Campañas electorales: una carrera de resistencia y no de velocidad

Usualmente se suele pensar que la contienda electoral se resuelve a favor del candidato que más hable, que más publique contenidos en redes sociales, que más participe en programas de TV, y más polémica genere. En otras palabras, el que mayor actividad tenga.

Si bien esto influye, lo cierto es que ninguna campaña puede prescindir de una estrategia que comprenda el desarrollo integral de la campaña. Como decía el considerado decano de la consultoría política moderna, Joseph Napolitan: "Una estrategia correcta puede sobrevivir a una campaña mediocre, pero incluso una campaña brillante puede fallar si la estrategia es errónea".

El caso de Roberto Lavagna es, en este sentido, paradigmático. La necesidad que la sociedad expresaba a finales del año pasado y principios de este sobre una oferta electoral que no se identifique ni con el kirchnerismo ni con el macrismo encontró en el ex ministro de economía un candidato viable. Sin embargo, dicha expectativa hoy parece haberse desvanecido en el aire. Ya no basta con aparecer en una foto con sandalias y medias. El electorado espera otra cosa de él.

Estrategias frente al voto: ¿PRO puros o algo más?

Mientras el kirchnerismo, Massa y Lavagna parecieran encaminarse a dirimir cómo ensanchar su base electoral a partir de un juego de alianzas, el oficialismo recurre nuevamente a una fórmula que ciertamente le ha sido útil hasta ahora: la polarización y la fragmentación del voto opositor.

Sin embargo, la difícil coyuntura y la tensa convivencia con el radicalismo les exigen repensar su tradicional esquema de una fórmula de "PRO puros".

Tanto en la Ciudad de Buenos Aires —primero con Gabriela Michetti y después con María Eugenia Vidal— como luego en la nación —repitiendo el binomio con Michetti— Macri procuró expresar un valor esencial: proyectar una imagen de lo nuevo en política, lo puro. Sin embargo el pragmatismo le gana la partida a lo conceptual, y hoy se baraja en Balcarce 50 que la candidatura de Macri esté acompañada por alguien del radicalismo, preferentemente una mujer e identificada con reivindicaciones de género.

Lo que está claro es que cada espacio político tiene objetivos propios y estrategias disímiles hacia el electorado. Es tiempo de desechar recetarios clásicos y entender que lo más importante reside en comprender al electorado, escuchar no tanto a la dirigencia política y a los voces del microclima, sino a quienes es imprescindible interpelar en el camino de la persuasión, que no son otros que los votantes.