A lo largo del siglo XX hubo dos momentos en que la convulsión social pareció llevarse todo al mismo infierno. Una falla tectónica del sistema político abrió una brecha por donde corrió el torrente social, que sin control y enardecido desbordó los espacios públicos y privados. La Semana Trágica de 1919 y el Cordobazo, cincuenta años después, el 29 de mayo de 1969. En las dos situaciones debió actuar el Ejército, pues las fuerzas policiales, superadas, retrocedieron mudas de espanto. En las dos instancias, para entender, la primera mirada debe dirigirse al orden mundial.

En 1919, el ascenso de las luchas obreras marcó la agenda. El triunfo de la Revolución rusa conmocionó de tal forma a Occidente que marxismo y anarquismo, no obstante sus enormes diferencias, iniciaron lo que el historiador Ernst Nolte denominó "la guerra civil europea". En nuestro país el clima anti rojo ganó a buena parte de la sociedad acomodada. Pero más allá del atropello empresarial del señor Vasena y de la policía brava que actuó con brutalidad, similar a la de los obreros enardecidos (el historiador anarquista Diego Abad de Santillán decía: ¨Éramos muy jóvenes, impulsivos, inmaduros. Creíamos que la revolución social era inminente y recurríamos a cualquier extremo.¨), en la cima del poder político hubo un resquebrajamiento, una fractura que habilitó el aluvión social.

Primero, Yrigoyen se hallaba enfrentado con la elite tradicional del país. Eso era esperable. Lo grave fue la fractura de su partido, que ya se avizoraba. Solo a manera de ejemplo, pero sin ampliar, pues no es el objetivo del presente artículo. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, José Camilo Crotto, frente a la gravedad de los acontecimientos, buscó una entrevista con el presidente Yrigoyen. Entrevista que se le negó, pues Hipólito le manifestó al secretario del gobernador: ¨Dígale usted al doctor Crotto que él es uno de los grandes culpables de la situación actual. Toda esa gente enemiga del gobierno y del orden ha encontrado en el doctor Crotto su mejor aliado".

En el Cordobazo la situación no fue diferente en lo que hace a la uniformidad del gobierno. Ciertamente era un gobierno militar llegado al poder por medio de un golpe, pero como el desplazado era un gobierno surgido con el 24% de los votos y la proscripción del peronismo, el lamento no fue generalizado. Sectores medios, urbanos y rurales expresados por la UCRP fueron los más doloridos. Observación que agudamente realizó Juan Perón en carta al sindicalista José Alonso, cuando le escribió: "Ahora no estaremos solos enfrentando la proscripción".

Pero antes de meternos de lleno en los aspectos locales de las crisis que desembocaron en el Cordobazo corresponde una somera reseña del panorama mundial. A diferencia de los años 20, en la década de 1960 había un alza o, para decirlo con terminología moderna, un empoderamiento de las clases medias en Occidente. Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania Occidental, Italia, Checoslovaquia son solo algunos ejemplos. Historiadores tan disímiles como Paul Johnson o Eric Hobsbawm observan este fenómeno de efervescencia estudiantil con la misma lupa. Por otro lado, los extraordinarios progresos tecnológicos de la Unión Soviética empujaron a este estudiantado a adherir a veces ortodoxamente y otras vagamente a un socialismo que inexorablemente asomaba en el horizonte de la humanidad y que había ganado al profesorado universitario, la intelectualidad bien pensante, artistas y cantantes, entre otros.

Los estudiantes argentinos fueron presa de la misma fuerza. Y esto hay que adelantarlo ya, las jornadas de alzamientos provinciales que desembocaron en el Cordobazo han sido en lo fundamental convulsiones estudiantiles. Promovidas y provocadas por este sector de la clase media argentina. Por lo tanto, ajenas en su esencialidad al peronismo y a la clase obrera, dividida en tres sectores bien definidos: dialoguistas (Augusto Vandor, José Alonso, Ramón Baldassini), ortodoxos (algunos gremios del sector servicios, los expresaba la CGT de los Argentinos, donde había independientes y comunistas) y los participacionistas (Rogelio Coria o Juan Taccone). Y una 62 Organizaciones que no lograba hacer pie. Resultado, un movimiento obrero dividido y sin iniciativas de encarar una revuelta, a excepción de la CGTA. Trabajadores de las automotrices y metalúrgicos cordobeses estuvieron en las calles, pero por cuestiones puntualmente gremiales.

El gobierno

El general Juan Carlos Onganía, no obstante sus austeras capacidades personales, había logrado constituir un bloque de poder fuerte, quizás el más sólido desde 1955. El campo, las empresas extranjeras, el gran y pequeño empresariado nacional representados por la UIA y la CGE, el comercio, la banca, dirigentes gremiales, medios de prensa acompañaron los sucesos con expectativas y entusiasmo. Al igual que la mayoría de los partidos políticos, incluida la UCRP, expresada por Ricardo Balbín.

El paseo de Onganía por el predio de la Rural en el carruaje que usó la Infanta Isabel en 1910 fue una foto que hablaba mucho más que un discurso. Pero tres años después ese bloque social se había quebrado. El campo a comienzos de 1969 se alzó contra el gobierno de Onganía y así abrió una brecha por donde se colaron los revoltosos.

El ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena, como todos los que vinieron después y hasta nuestros días, se halló frente a una situación fiscal deficitaria, así como también a una parálisis de las exportaciones. ¿Qué se le ocurrió al ministro? ¡Una reforma tributaria! ¿En qué consistía? Entre otras cosas, establecía un impuesto a la renta potencial de la tierra. Naturalmente, el proyecto buscaba recaudar más, claro está. Sin embargo, lo novedoso y significativo es que procuraba aumentar la producción al obligar a los ruralistas al trabajo intensivo de la propiedad agraria o su traslado a otras manos, porque el proyecto proponía identificar zonas midiendo su índice de productividad presunta y aplicar el impuesto sin interesar la renta que esa empresa rural produjera. El campo se conmocionó. La Sociedad Rural Argentina afirmó entonces: "El impuesto es de corte marxista y se sostiene en una filosofía distante de la que identifica al gobierno de la Revolución Argentina". Otras entidades del campo, CARBAP y CONINAGRO se expresaron de igual modo. Desde enero de 1969 el campo se hallaba en estado pre-insurreccional.

Se desarrollaron asambleas ruralistas en todo el país, pero el epicentro fue Córdoba. En la primera asamblea, en julio de 1968, en Villa María, cuatro mil productores se declararon en rebeldía respecto de los impuestos. Se extendió a La Cumbre, Funes, La Falda, Río Cuarto, Córdoba capital y muchos municipios más. La DGI, con órdenes de allanamiento y acompañada por el Ejercito, ingresó a campos en distintas provincias, especialmente en Corrientes, Chaco y Córdoba. La última fecha para el empadronamiento era el 9 de mayo. El presidente del Centro de Propietarios de Córdoba, Luis Revuella, advirtió: ¨No vamos a pagar un solo peso ni a la provincia ni a la municipalidad¨.

El dirigente gremial Liberato Fernández, del Sindicato Obreros Marítimos Unidos (SOMU), declaraba en enero del 69: ¨El edificio social no tiembla por el presunto extremismo obrero, sino por la intransigencia de los productores agrarios¨. El 31 de enero Enrique Vicario, ex seminarista al frente de los centros vecinales de la ciudad capital cordobesa, protagonizó una marcha sobre la casa de gobierno. Reprimido brutalmente, su foto, caído de cúbito dorsal, circuló por todo el país. Lo acompañaban dirigentes de la UCRP. Vicario pidió a los productores que no paguen los impuestos y aseguró que Dios caería sobre los fariseos. El gobernador de Córdoba, Carlos Caballero, no percibió el volcán que se estaba generando en su provincia.

En síntesis, el campo y el comercio rompieron con el gobierno y estaban sublevados. Hay que tener en cuenta que buena parte de los estudiantes de la Universidad de Corrientes, donde se iniciaron los conflictos como los de Córdoba, provenían del interior de sus provincias, gran parte de ellos vinculados a la economía rural.

Mientras tanto, la política

El gobierno de Onganía estaba profundamente dividido. El general, escaso de entendimiento, se jactaba de haber logrado una amalgama entre las dos grandes corrientes del pensamiento argentino. En su gabinete había liberales y nacionalistas, y él creía posible la convivencia. La historia le era ajena al general de Caballería. Se hostigaban permanentemente. Anulando la acción de gobierno. Onganía mismo desacreditaba a Krieger Vasena.

Fracturado el bloque social que le dio origen y fracturado su gobierno, era esperable una explosión en las calles, en tanto se trataba de un gobierno militar que auguraba muchos años más en el gobierno.

Sorpresivamente, en 1969, en un reportaje a Perón en la revista Panorama, el exiliado habla por primera vez de solucionar los problemas argentinos mediante una convocatoria a elecciones abiertas. Daniel Paladino, su delegado personal, replicó el mensaje. En otra nota, al mes siguiente, el general Pedro Eugenio Aramburu insistió con el mismo planteo: elecciones sin ningún tipo de proscripciones. Arturo Frondizi, en la misma revista, por el contrario, cree que el camino es la profundización de la Revolución Argentina (Onganía) y que las elecciones nada solucionarán. Juan Carlos Coral, del Partido Socialista, afirmaba: ¨Reclamar en estos momentos una convocatoria a elecciones es, como solución práctica, un absurdo¨.

En síntesis, un gobierno fracturado y un parate político asfixiante, que el exiliado olió rápidamente, así como también el general Aramburu. De esa inmovilidad se salió por las puebladas de provincia, que ya muchos han relatado y que a ellos remito. Más de lo mismo, no tiene caso. Es como repetir que la causa de la Primera Guerra Mundial fue el crimen de Sarajevo.

Insisto, por si el lector, llegado a este punto, no tiene claro las corrientes profundas de la crisis. La fractura social y política del gobierno militar, las desavenencias políticas de qué hacer para salir del pantano y la ebullición mundial del estudiantado fueron el combustible del Cordobazo. La brecha abierta en el murallón dictatorial y el torrente que se derramó sin control.

La mentada alianza obrero-estudiantil en esas jornadas es para pensarla nuevamente. El asesinato de Vandor, jefe indiscutible de la CGT, y las 62 Organizaciones a manos de una generación volcada a la violencia proveniente de los sectores medios, evidencia lo que hasta aquí se dijo. Se lo responsabilizó de la inmovilidad obrera.

Hay una carta interesantísima y esclarecedora del general Perón a un dirigente de izquierda fechada en Madrid, en julio de 1969, donde le dice a Antonio Caparrós respecto de la conducta y crimen de Vandor. Por la respuesta del general puede apreciarse la postura del intelectual progre: ¨Si la UOM nombra su secretario general, no tenemos otra cosa que aceptarlo, máxime en el caso de Vandor que ha sido siempre peronista. Y cuando comenzó a actuar al servicio de la conducción del Movimiento Peronista con una misión de gran importancia, fue asesinado. Sus asesinos no son peronistas. Pueden inferirse entonces las causas y los autores intelectuales del hecho¨.

Todo dicho. Cuando llueve, llueve y cuando hay sol, se ve.